19 de enero de 2014

¿PARA QUÉ ESCRIBIR?



Esta pregunta, que puede parecer banal e inútil, yo me la he hecho muchas veces. La gente suele hacer cosas que le reportan beneficios, eso se da por descontado; bien sea en lo económico, socialmente, que aumentan su ego o su autoestima. En mi caso la escritura no me da de comer y creo que nunca lo hará, tampoco hace que la gente me detenga por la calle para pedirme autógrafos o darme las gracias por mi labor, con lo cual ni mi prestigio social aumenta por ello ni tampoco mi ego se hincha.
Entonces, ¿para qué este desgaste emocional y a veces hasta físico de escribir todos los días, de sacar horas al sueño y al tiempo libre? La respuesta es a la vez muy simple, pero también complicada. ¿Nos preguntamos por qué comemos o bebemos a diario? Por necesidad, supongo; para seguir viviendo. Lo mismo me ocurre a mi con este ejercicio diario y cotidiano en que se ha convertido sentarme ante una hoja de papel y un lápiz si se trata de poesía y directamente ante el teclado de esta máquina cuando escribo una novela: lo necesito, para sentirme viva, para saber qué existo y que mis estados de ánimo tendrán su vía de escape vertiéndolos directamente en versos o bien creando personajes que sean capaces de decir y vivir cosas que quizá a mi me están vedadas.
La poesía es para mi la desnudez del alma; la valentía y el descaro, a partes iguales, de presentarme ante el que quiera leerme sin ropajes que disimulen mis defectos ni que aumenten mis virtudes. Ser capaz de asumir la propia condición y en lo posible hacer de todas las circunstancias que me rodean algo que pueda expresar de manera que resulte agradable, aunque sea de manera mínima.
La novela, en cambio, me da la oportunidad de dar rienda suelta a mi imaginación y dar a luz unos hijos que son solo míos: mis personajes, esos que han nacido de mi cabeza y de mi corazón y que buenos o malos, solo a mi me pertenecen. Al principio les voy creando con mucho dolor, dando pasos de ciego, tanteando el camino. Más tarde ellos se adueñan de mi voluntad y son los que me exigen una dirección; me la imponen sin que yo pueda hacer nada. Y luego hay un paréntesis, que hasta ahora por suerte siempre ha sido breve, en que se me resisten, como el corredor de fondo que a medias piensa en abandonar la carrera. Es entonces cuando me toca hablar con ellos, convencerles y a veces hasta suplicarles que me permitan seguir adelante, que no me dejen anquilosada en medio de la Nada. Ahora mismo escribo mi sexta novela y estoy precisamente en esa fase tan dolorosa y desesperante, cuando dudo si debería tirar la toalla, porque encuentro que no tengo nada qué decir y estos hijos que antes me parecían perfectos ahora se me antojan falsos, vacíos de vida, y hasta peligrosos en su crueldad hacia mí. Es como vivir con un enemigo que se ha instalado en nuestra casa. Por fortuna, hasta el momento siempre he conseguido superar esta prueba y he salido de ella más encariñada con estos hijos díscolos que ponen a prueba la paciencia de quien les dio la vida.
Y al final, cuando la novela termina, siempre me queda un sentimiento agridulce: el deseo de continuar pero a la vez la certeza de saber que hay que poner el punto final. Lo comparo al dolor y a la vez la alegría de cuando los hijos reales, los que hemos parido y criado con amor, se emancipan y se van de casa. Nos duele dejar de verles a diario, pero estamos contentos porque hemos cumplido con nuestro deber y les hemos preparado para luchar en el mundo ellos solos. Con suerte, vienen a vernos en vacaciones y hasta puede que hagan llegar nuevas personas a nuestras vidas. Estos hijos literarios tampoco se van del todo; pueblan nuestras estanterías y si tenemos suerte las de otras personas que quizá puedan apreciar en ellos alguna virtud. En todo caso a mi me cabe siempre la tranquilidad de que lo he hecho lo mejor que he podido.

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