31 de enero de 2014

¿POR QUÉ ESCRIBO?



Hace poco me preguntaba para qué escribir. Hoy quiero saber por qué escribo, cual es el motivo que me lleva a esto que hago a diario. Desde hace ya mucho tiempo sé que así como hay gente que necesita, para sentirse bien, hacer deporte, o cantar, o bailar, o coser… yo necesito escribir. Pero además, pensando y analizando muchas cosas me he dado cuenta de que para mí el escribir se ha convertido, además de en una importante terapia, en un acto de poder y de soberbia.
Si…mal que me pese reconocerlo, es así. Yo no soy por naturaleza una persona a quien le guste mandar o controlar. Tampoco me gusta estar del lado contrario; es decir, odio que alguien me diga lo que tengo que hacer. Mi lema siempre ha sido “vive y deja vivir”. Pero esto de escribir tiene tanto encanto porque me permite jugar, por un momento, a ser Dios.
Cuando escribo una novela o narro un cuento, no importa la extensión de lo que escriba, estoy creando personajes, dando vida, interviniendo como mano ejecutora en la cadena de sucesos que tienen lugar. Yo soy la única que mueve los hilos, que, a imagen del paterfamilias romano, tengo poder de vida y muerte sobre mis criaturas. Lloran cuando yo estoy triste, se alegran si me encuentro contenta; sufren y aman a mi antojo y hasta puedo convertirlas en personajes furibundos que digan las cosas que yo no me atrevo o que cometan actos que en mi sano juicio yo nunca haría; lo cual no implica que no desease hacerlos, aunque sea en mi parte no del todo consciente.
Cuando escribo y creo personajes de la nada me siento tremendamente poderosa, como un hada con una varita mágica, o quizá como una bruja removiendo en el caldero patas de rana y ojos de culebra y esperando a ver qué sale.
Sin embargo, si he de ser del todo sincera, he de decir que esta sensación de omnipotencia me dura menos que un caramelo a la puerta de un colegio. Mis personajes, díscolos donde los haya, se me rebelan al cuarto o quinto capítulo, y empiezan a campar por sus respetos. Cuando la novela va por menos de la mitad ya hacen de su capa un sayo y a mí sólo me usan para que les haga decir lo que ellos quieren. En ese momento cambia todo, y paso de ser la doctora Frankenstein a que el monstruo haga de mi lo que le dé la real gana. Me imagino que será algo así como estar poseída. La diferencia es que yo no bajo las escaleras haciendo el pino puente, más que nada porque mi espalda no lo aguantaría, ni tampoco hablo lenguas extrañas ni vomito cosas repugnantes; me limito a veces a soltar discursos que nadie me ha pedido.
Como este, para no ir más lejos.

2 comentarios:

  1. A veces es necesario un discurso como el que acabas de regalarnos.
    Despojar de prendas nuestros sentimientos e inquietudes es un estriptis muy saludable. Te lo digo por experiencia.
    Y no dejes nunca de escribir o realizar aquello que te llene o te haga feliz.
    Un abrazo

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  2. Gracias María José. No, no podría dejar de escribir. Lo necesito para mantenerme cuerda. Un abrazo y bienvenida. Es un honor tu presencia

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