28 de febrero de 2014

CONSEJOS


Cuánto daño han hecho los aficionados a la Psicología y a dirigir la vida de los demás al mundo en general. ¿Qué se puede hacer con alguien que no sabe ni siquiera cómo atarse los zapatos solo en cuestión de amor, de amistad, de relaciones sociales y se permite dar consejos?
Ay los consejos. La mayoría de la gente no entiende que solo se pueden dar cuando se requieren y aún en ese caso, son como los dictámenes del Consejo de estado, valiosos pero no vinculantes. Dicho en Román paladino, señores, que si me da un consejo, sobre todo cuando no lo he pedido, daré las gracias educadamente, que una es muy mirada; pero haré lo que me dé la realísima gana. Porque si algo he aprendido en casi medio siglo es que el arte de equivocarse es algo que debe practicarse en solitario.
Y además, que muchos de los consejos que se van regalando a tontas y a locas suelen ser más interesados que el Día de la Madre en el Corte Inglés. Y si el consejero es listo y taimado cual la serpiente del Edén que convenció a la boba de Eva, podemos estar incluso ante un ataque subliminal a la voluntad; es decir, una comedura de coco en toda regla; para que al final una acabe dudando hasta de su propio nombre.
Si ya lo dice el refrán: “consejos vendo y para mí no tengo”. Al siguiente que me diga “yo que tú haría tal o cual” le arreo un sartenazo en la cabeza que no lo va a conocer ni la madre que le parió, Alfonso Guerra dixit.

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