22 de junio de 2014

DE VENGANZAS



Cuando era joven, hace ya un tiempo, tomaba muy en cuenta cada ofensa, real o imaginaria, que me hacían. Y siempre juraba cumplida venganza. Pero creo que nunca llegué a vengarme de nadie. En primer lugar porque no sabría cómo hacerlo.En segundo lugar porque, al ser de naturaleza volcánica en aquellos tiempos, mi ira duraba bastante poco. Y en tercer y último lugar porque poco a poco me fui dando cuenta de que la venganza no es necesaria. Y no lo es porque la vida o el tiempo se encargan de poner a cada cual en su lugar.
Y por eso decidí que en lugar de vengarme me convenía más ejercitar el bendito don de la paciencia. Cuesta mucho y requiere una gran capacidad de sacrificio y autocontrol, pero realmente merece la pena. Es como lo de las dietas para adelgazar: al principio cuesta renunciar a lo que engorda, que es casi todo; pero al descubrir que entras de nuevo en aquellos vaqueros de hace veinte años...ya no vuelves a probar una patata frita aunque amenacen con arrancarte las uñas de los pies o con comerse a tus hijos. Decides que es preferible ir siempre por la vida con zapato cerrado y que al fin y al cabo estos chicos son un par de desagradecidos que se ríen de ti, te chupan la sangre y acabarán metiéndote en un asilo cutre con habitaciones interiores y sin televisión por cable ni WIFI.

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