16 de junio de 2014

Fragmento novela

Ambas se miraron al terminar de leer la carta y Amanda la dobló pulcramente y la guardó de nuevo en su sobre. Se levantó para preparar un té y mientras ponía al fuego la tetera y buscaba el azúcar y la leche volvió a pensar en las joyas que su tía guardaba en la caja de seguridad del banco. Se preguntaba si serían un regalo de ese hombre. Por un momento pensó en hablarle a Michael de las cartas pero enseguida se arrepintió. Aunque apenas le conocía estaba segura de que si sabía algo de su tía nunca se lo diría. Había tantos misterios en la vida de Irene Cuesta que a veces le parecía que se trataba de dos personas distintas la Irene que ella conoció y la que empezaba a atisbar como entre brumas. Como si le hubiese leído el pensamiento Inma se refirió a las joyas de su tía.
-¿Has pensado lo que harás con las joyas que están en el banco?
-Dejarlas allí, supongo-le contestó mientras servía te para las dos.
-Pues es una pena.
Se encogió de hombros.
-No puedo hacer otra cosa. No necesito dinero, con lo cual venderlas queda descartado.
-Podrías ponerte alguna.
-Sí, para atender la recepción cuando el hotel esté abierto, o mejor, para ir al mercado. Inma, baja a la Tierra. Si no llevo siquiera ni un mal anillo, ¿cómo podría ponerme esos pedruscos que parecen salidos de las revistas del corazón que leía mi madre?
-Tienes razón. Pero digo yo, ¿por qué las tendría tu tía?
-Eso estoy yo preguntándome desde que me enteré de la existencia de las dichosas joyas. Hay tantas cosas en la vida de mi tía que no entiendo…
-¿Y tu madre nunca te contó nada?
Ella negó con la cabeza. Y eso era algo que le dolía, aunque intentase no pensar mucho en ello. Siempre había creído que su madre y ella tenían una relación especial y que no había secretos entre ellas. Una prueba más de que no conocía a las personas de su familia tanto como ella pensaba. Y en el fondo, si había de ser sincera, se daba cuenta de que nadie es ajeno a los secretos. Todos, de una manera o de otra, guardamos cosas para nosotros mismos.
-¿Qué te vas a poner esta noche?
La pregunta de su amiga la sacó de sus pensamientos. Volvió a encogerse de hombros, quitándole importancia a la pregunta.
-Cualquier cosa. No es una cita ni nada parecido, así que no pienso pasarme una hora decidiendo qué ponerme.
-Con esa actitud no llegarás muy lejos.
-Con llegar al pueblo de al lado, cenar y volver…me conformo.
Y con un gesto dio la conversación por terminada. Además, providencialmente, sonó el teléfono, lo cual evitó que Inma insistiese.
Cuando colgó estaba desconcertada y su amiga le hizo un gesto interrogante al ver su mirada.
-Era una señora llamada Vera Ravenscroft, que al parecer era muy amiga de mi tía. Ha visto la página que hemos hecho del hotel y ha reservado una habitación para la próxima semana.
-¿Y qué tiene eso de extraño?
Amanda extendió las manos, con las palmas abiertas, como para dar a entender su sorpresa, su desconcierto y sobre todo su miedo.
-Todo esto me resulta aterrador.
-¿Aterrador?
-Sí, aterrador-repitió. Crecí con la idea de que tía Irene era algo así como la oveja negra de la familia, la solterona aburrida y amargada que no conocía a nadie, que no tenía amistades y que vivía recluida en este pueblo perdido. Y ahora resulta que era rica, tenía un montón de joyas, al parecer un amante secreto y que todo el mundo la echa de menos y habla de ella como de la Virgen Santísima. Michael me ha dicho que sintió su muerte casi tanto como cuando perdió a sus padres. Y me he dado cuenta de que cada vez que habla de ella se emociona.
-Puede que fuese una persona encantadora.
-Pues lo disimulaba muy bien. Recuerdo como una pesadilla los pocos días que pasé a solas con ella. Creo que yo no le gustaba en absoluto.
Inma se levantó del sofá para estirar un poco las piernas. El embarazo, que ahora empezaba a hacerse evidente, la hacía sentirse algo pesada, como si fuese un globo inflado de aire. Además, siempre se encontraba cansada y con sueño.
-Pues si no le gustabas no sé por qué te dejó todo lo que tenía. ¿Acaso no tenía más sobrinos?
-Sí, cinco más. Por eso no daba crédito cuando el notario me llamó por lo de la herencia. Y supongo que me estoy portando como una desagradecida cuando me ha salvado literalmente la vida con esta casa, el dinero y la conservera.
-Y además te ha proporcionado un socio al que miras con ojos de carnero degollado.
-No inventes, que te encanta inventar-la amenazó con el dedo.

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