29 de junio de 2014

Novela


Después de aquella cena en la que intimaron más, siguieron tres días en los que pasaron juntos mucho tiempo con el pretexto de que Amanda se pusiese al corriente en el tema de la conservera. Una noche en la que volvían de allí, al llegar a la finca en lugar de ir directamente a su casa al fondo del jardín pasó a la habitación de Michael para retirar unos papeles que había que llevar al notario. No habían vuelto a mantener ningún contacto físico desde la cena, pero como si la familiaridad del dormitorio les hubiese desinhibido a los dos, les pareció del todo normal avanzar el uno hacia el otro hasta que con una pasión que tenía mucho de hambre adolescente, sus labios se unieron, sus lenguas se buscaron y cuatro manos ávidas rompieron todas las barreras, desabrochando botones, bajando y tironeando de cremalleras rebeldes. Él le susurraba al oído palabras en inglés que ella no lograba entender del todo y que tampoco se molestaba en interpretar. Lo que importaba no era lo que se decía, sino la ternura susurrante de su voz que la acariciaba con más lentitud que esas manos que, voraces, parecían correr sobre su carne abriendo surcos, como lo hace el arado en la tierra que se ha mantenido estéril durante mucho tiempo. Fue un acto en el que, a partes iguales, como en un plato creado por un buen cocinero, se mezclaban ternura y brutalidad descarnada. Cuando todo acabó Amanda tenía los labios magullados, varios morados en el cuello y el alma plena. Para ambos había sido un acto salvaje y fiero pero a la vez tremendamente tierno. Se quedaron dormidos abrazados el uno al otro.
Él tenía que marcharse al día siguiente muy temprano. Amanda la despidió en el jardín, con el todavía frío aire de finales de marzo cortándole los labios ya heridos. Michael la besó con suavidad.
-Volveré en una semana. El viernes, para ser exactos.
-¿Volverás?-no quería parecer una niña perdida, que era cómo se sentía realmente.
-Lo haré. Siempre cumplo mis promesas. Una cosa…-dudó antes de seguir, pero al final continuó hablando. Tienes mi teléfono, pero te agradecería que no me llamases a menos que sea algo muy urgente que no pueda esperar. No me gusta hablar por teléfono.
Ella se quedó callada, como a la expectativa. No quería parecer ansiosa ni decepcionada, pero la advertencia le parecía fuera de lugar. Así que no dijo nada. Permaneció a la espera, mirándole fijamente, tratando de atisbar en sus ojos azules algo que le diese la clave de un hombre que, ahora lo sabía, le traería problemas.
-Estaremos en contacto-dijo para consolarla, pellizcándole ligeramente la mejilla.
Y se marchó hacia el coche, dejándola en medio del jardín, con las manos hundidas en los bolsillos del abrigo y un frío helador instalado en medio del pecho. ¿Se había equivocado al ceder a sus impulsos? Esto no tenía nada que ver con lo ocurrido con Javier Valdés. Si él no la llamaba o no volvía…le haría daño. Aunque se conociesen tan poco, ese hombre extraño, serio y divertido a la vez, tierno y distante al mismo tiempo, le había calado muy hondo. Vio como el coche giraba al salir por el portón de la finca y lentamente caminó hacia la casa, silenciosa todavía. Por suerte Inma se levantaba tarde y ella pudo ducharse con tranquilidad y prepararse luego zumo y un café. Tenía una sensación muy extraña, una mezcla de plenitud y vacío que la hacía sentirse desconcertada. Por suerte, había muchas cosas qué hacer. La misteriosa señora Ravenscroft llegaría al día siguiente y había que supervisar la habitación. Le había destinado la que había sido de su tía. Era la más grande de la casa y había conservado la cama, alta y enorme, de la tía Irene. El cabecero era de bronce, con intrincados dibujos vegetales. Repasó el edredón floreado hasta que no quedó ninguna arruga y arregló también el embozo de las blanquísimas sábanas bordadas y los almohadones. Había puesto cortinas nuevas en un suave tono rosado que hacían juego con la alfombra y destacaban en la tarima rubia. Mañana a primera hora pondría flores frescas. Comprobó que en el baño las toallas estuviesen en su sitio, colocó hojas secas en un cuenco y una cestita con varios jabones minúsculos de lilas y lavanda. Eran los pequeños detalles que un hotel no pareciera serlo del todo. Quería hacer de su casa el lugar del que el huésped se va con el deseo de regresar pronto.

4 comentarios:

  1. Amor con hambre atrasada, la aventura perfecta la marcha de el, aumenta el deseo en los días posteriores, soñando entre nubes de algodón su vuelta, super romántico.
    Un besito Mabel.

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  2. Muchas gracias Amparo.Me alegra que te haya gustado. Besos

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  3. El vuelto a leer tu relato, no pretendo ser demasiada pesada pero permíteme unas cuantas lineas más: Creo que este hombre es de los nunca vuelven pero NUNCA,NUNCA te dejan, el quid es saber controlar tu mente, es decir ¿ cuantas horas al día o a la semana quiero dedicar a este amor? no permirtir que eso invada tu mente, al reves que te sirva de estímulo para el caminar cotidiano, ahora eso si hasta que aparezca una nueva ilusión.

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  4. La verdad Amparo es que aun no tengo al personaje bien definido y ni yo misma sé por donde va a salir. Pero...me gusta. Se parece a alguien. Los personajes siempre se parecen a alguien

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