2 de julio de 2014

MAS NOVELA

Vera Ravenscroft resultó ser una señora de unos setenta años muy bien llevados, con los pómulos altos y todavía definiendo el resto del rostro, y con un moño bajo de un sospechoso color negro que Amanda atribuyó a los milagros de la química. Le sobrepasaba en media cabeza y al menos en veinte kilos. Hablaba español con bastante corrección, aunque arrastraba ligeramente las erres y tendía a hacerse un lío con algunos verbos irregulares. Llegó en un taxi con dos pesadas maletas y una sombrerera. Amanda la miró sorprendida; pensaba que esas cosas solo pasaban en las películas. ¿La gente todavía viajaba con sombrereras? Al parecer esta señora, sí. La recibió con la mejor de sus sonrisas a pesar de que no había pegado ojo en toda la noche. Estaba preocupada no solo por su llegada, sino porque se preguntaba si Michael la llamaría. Le había dicho que estarían en contacto pero también que odiaba el teléfono; así que no sabía a qué atenerse.
Cuando dejó acomodada a su huésped se dijo que no tenía sentido seguir haciéndose preguntas estúpidas que nadie le podía contestar. Había mucho que hacer y no estaba dispuesta a seguir como un alma en pena esperando una llamada de su amante de una noche. Quizá precisamente para él solo se había tratado de eso, y a ella no le quedaría más remedio que aceptarlo. No hablaron de qué había entre ellos, tan solo se dejaron llevar por el momento y ahora mismo se arrepentía profundamente de haberlo hecho.
Durante la noche había estado a punto varias veces de echar un vistazo al whatsapp de Michael para ver cuándo se había conectado por última vez, pero se mantuvo firme y no lo hizo. En cierto modo le parecía una bajeza similar a espiar por una puerta que se ha quedado abierta. Pero ahora, a las doce del mediodía, cansada y nerviosa después de una noche en vela, sucumbió a la tentación con la misma facilidad con la que se rompe una dieta ante un pastel de crema. Vio que se había conectado hacía quince minutos. Y no había tenido ni siquiera la decencia de saludarla. ¿También odiaba los mensajes? Aunque ella era una persona bastante tranquila y que rara vez perdía la calma, se sentía muy enfadada, estafada y defraudada a partes iguales. Con gusto hubiese estrellado el teléfono contra la pared recién pintada del pequeño despacho que había acondicionado al lado de la recepción. Hervía de ira por dentro y como sabía que la mejor medicina para intentar olvidar era el trabajo, encendió el ordenador y decidió comprobar en la cuenta del banco si un par de clientes de la conservera habían hecho los pagos. Pero sólo ver el nombre de Michael como cotitular de la cuenta la obligó a cerrar la pestaña. No podía ver su nombre allí, hiriéndole los ojos, como burlándose de ella. Pensó en echar un vistazo a su correo. Llevaba varios días sin hacerlo y estaría lleno de mensajes de publicidad y propaganda. Hizo una limpieza y a punto estuvo de desechar uno que le había llegado de un remitente desconocido. Lo abrió con algo de miedo pero también con cierta curiosidad. Se llevó las manos a la boca en un gesto de incredulidad y se puso a dar saltos como una quinceañera en un concierto. Era de Michael. Solo le decía “te echo de menos”. Pero esas cuatro palabras fueron como un bálsamo. Sin embargo, cuando se calmó un poco y su mente volvió a funcionar de nuevo se preguntó cómo había conseguido su dirección. Quizá a través de Magdalena, o del notario. Ya se había dado cuenta de su facilidad para averiguar cualquier cosa que le interesase.

2 comentarios: