8 de julio de 2014

MOJITO`S CLUB



A veces la vida nos lleva por lugares ignotos a los que nunca habíamos pensado llegar. Mi madre solía decir que a quien se muda, Dios le ayuda. Ella es que siempre ha sido muy de refranes. Yo no estoy tan segura, pero sí sé que cuando hay que hacer un cambio, lo mejor es cerrar los ojos e ir hacia delante.
Hace unos meses me reuní con unas amigas con las que comparto mi afición a la Historia, a las piedras antiguas, al arte y…a los mojitos. Las cosas hay que decirlas claramente. He de confesar que yo me aficioné tarde y así un poco a lo tonto, que es como suelo hacer las cosas. Pero también he de confesar que cuando me decido a algo…me lo tomo en serio. Y esta afición la he tomado como algo personal. Ellas…también. Así que de vez en cuando nos vemos; cenamos, charlamos, damos cuenta de unos mojitos y nos ponemos al día en nuestras aventuras y desventuras. Mucho me temo que haya más de lo segundo.
El caso es que la última vez que nos encontramos a todas, de alguna manera, nos había afectado esta crisis que ya está durando más que una boda gitana en episodios.
La primera en llegar fue Clara; una de las socias más jóvenes, pero también más aplicadas del club. Como siempre estaba contenta y con ganas de divertirse a pesar de que se había quedado sin trabajo. Pero la juventud puede con todo. Poco a poco fueron apareciendo las demás: Alba, Paula, Alicia y Marta.
Nos pusimos al día sobre las últimas novedades y entre mojito y mojitos nos fuimos dando cuenta de que la que no se había quedado sin trabajo tenía un sueldo que no le daba para llegar a fin de mes. Yo decidí que había que hacer algo para remediarlo. Y como vivíamos en una ciudad con mucho universitario, pusimos en marcha un pequeño negocio que no nos ocupaba todo el día pero que no resultó ser tan rentable como parecía. Tele Mamá le llamamos, y consistía en preparar la comida a unos veinte mocosos consentidos que solo hacían tragar y tragar, pero que pagaban cuando les daba la gana y encima, los muy desgraciados, pretendían meternos mano cuando íbamos a entregarles la comida. La verdad que sobre todo a Clara y a Paula, que para eso son las más jóvenes, pero hasta a mí, que ya peino canas, me tiraron los tejos. No sé qué les dan de comer a estos chicos de pequeños, que les puede el vicio y están todo el día pensando en guarrerías.
Y eso me hizo recapacitar. Si los hombres entre doce y noventa años siempre piensan en lo mismo… ¿seríamos tan idiotas de desaprovecharlo? Por encima de mi cadáver. Cité a las chicas para exponerles mi plan, que yo esperaba que fuese un plan genial.

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