31 de julio de 2014

NOVELA; MÁS

Amanda sintió miedo y se tapó mejor con el edredón. Ni siquiera allí, en la seguridad de su dormitorio, se sentía bien. Si ya antes estaba preocupada por lo que empezaba a sentir por Michael, después de leer la carta de su tía se sentía como el que espera una condena a muerte que sabe que llegará. Ella le conocía y había sospechado que podrían enamorarse. ¿Se trataba, pues, de un don Juan incorregible que iba partiendo corazones? No lo creía así. Para empezar, no era un hombre increíblemente apuesto ni nada parecido, aunque ella pensase que era el más atractivo del mundo. No era cuestión de eso, sino que su tía parecía tener la premonición de que si ella se enamoraba de Michael, la haría sufrir. ¿Es que las mujeres de su familia estaban predispuestas genéticamente al desamor? Al parecer su tía sí lo estaba. La vida de su propia madre no había sido tampoco un lecho de rosas. Aunque nunca lo supo a ciencia cierta, sospechaba que la actual esposa de su padre ya había entrado en su vida cuando su madre estaba gravemente enferma. Quizá por eso nunca pudo perdonarles. Entendía que él tenía derecho a rehacer su vida, pero no de esa manera, rastrera y cruel. Y era del todo verdad que su tía Elvira había sufrido mucho por amor. Su marido la había abandonado con dos niños pequeños y se había ido a vivir con la mujer de su mejor amigo. El escándalo entonces fue sonado. Amanda lo recordaba perfectamente, a pesar de que era muy pequeña. En su mente estaban las tardes de domingo en que su madre la mandaba a su cuarto a entretener a sus primos mientras ella y su hermana se quedaban en la sala de estar, donde su tía lloraba y su madre la consolaba. Sus primos, de seis y cuatro años, eran dos pequeños de pelo pajizo y sonrisa tímida que la miraban con sus grandes ojos castaños siempre anhelantes, deseando que ella, una niña de apenas diez años, les diese las respuestas que los mayores les escondían. Pero poco podía hacer ella, más que inventar juegos para que al menos por unas horas olvidasen el abandono de su padre y la incapacidad de su madre para mostrarse animosa, al menos delante de sus hijos.
No estaba bien; había un par de cosas que la desasosegaban. Una de ellas era la advertencia de su tía sobre Michael, quizá porque llegaba demasiado tarde. Y la otra era el propio Michael, esa distancia que él había establecido, con mensajes cortos y muy espaciados, sin una miserable llamada. Necesitaba, ya que no podía verle, al menos escuchar su voz. Se consoló pensando que al menos en el trabajo las cosas le iban bien. El pequeño hotelito estaba funcionando y tenía reservas para los seis meses siguientes, lo cual no dejaba de sorprenderla. También la conservera estaba a pleno rendimiento y ella había establecido una buena relación con Magdalena y con el capataz. Los dos valoraban que al llegar no hubiese cambiado nada y se limitase a tratar de aprender cada día de ellos.



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