8 de julio de 2014

NOVELA SIN NOMBRE

La señora Ravenscroft paladeó con fruición el zumo de naranja y para sorpresa de Amanda le pidió que se sentase a su lado. Ella dudó. Sabía que no era correcto alternar de aquella manera con los huéspedes; pero no podía desairarla y además…no había nadie que pudiese verla.
-Por favor, tome un café conmigo o hará que me sienta extraña de verla ahí sentada sin acompañarme.
Amanda asintió y se sirvió una taza. No sabía qué decir, así que se mantuvo callada y a la espera. Pero su vecina de mesa parecía estar muy cómoda en silencio. Así que por fin fue ella quien se hizo cargo de la situación. Aquella mañana la paciencia no era su fuerte.
-Señora Ravenscroft… ¿hay algo que me quiera decir? Tal vez el cuarto no sea de su gusto. Si lo desea la pondré en la habitación que da al jardín; desde allí no se oye el mar y…
-Por favor, llámame Vera y permíteme que te tutee. Tengo edad más que suficiente para ser tu madre. Y quédate tranquila, estoy muy cómoda en mi habitación. No te he hecho sentar aquí para quejarme de nada, sino para darte algo que tu tía me entregó para ti hace unos meses.
-¿Mi tía le entregó algo para mí?
La anciana asintió con rostro serio.
-Vine a verla a principios del verano pasado. Solíamos pasar juntas un par de semanas al año. Ya se encontraba mal. Yo creo que sabía que no le quedaba mucho. Fue aquella la primera vez que me habló de ti. Y me dio este paquete par que te lo entregase. Y no, no sé lo que contiene-le dijo, al ver su gesto interrogante.
Le dio una caja pequeña que Amanda se colocó en el regazo. Apenas pesaba; puede que dentro hubiese papeles. ¿Serían más cartas?
-¿Usted conocía mucho a mi tía?
-Sí, bastante. Éramos muy amigas. Irene era…especial y maravillosa en muchos sentidos.
-La verdad es que yo nunca la vi de esa manera-le confesó, algo avergonzada. Me parecía una mujer que siempre estaba de mal humor y amargada. Cuando venía a verla, de pequeña, no dejaba de regañarme y siempre se quejaba a mi madre de que estaba muy maleducada, que era gritona y revoltosa, que le ponía la casa patas arriba y no la dejaba tranquila. Yo creo que odiaba a los niños. Aunque al no haber tenido hijos puedo entender que no tuviese paciencia conmigo.
Vera se colocó el cuello de la blusa y acarició un camafeo que casi nunca se quitaba.
-Pero tu tía tuvo una hija que murió con diez años. Era mi ahijada.
-¿Se llamaba Elena?
-¿Cómo sabes su nombre?
Y entonces Amanda le contó la historia de la pulsera que había aparecido en el baúl. Por fin las piezas del puzzle empezaban a encajar. Miró directamente a su huésped, y tomando por un momento su mano arrugada le pidió que le hablase de su tía y de aquella niña que también llevaba su sangre. Puede que la muñeca que encontró días atrás fuese de su prima Elena. Estaba empezando a ver a Irene Cuesta desde otro punto de vista completamente diferente.
Vera se acomodó el sillón de mimbre y miró a través de la ventana francesa que daba al invernadero. El día seguía gris y oscuro pero al menos las flores proporcionaban un ambiente agradable. Empezó a hablar despacio. A veces le costaba encontrar la palabra adecuada y tenía que recurrir al inglés. Amanda la escuchaba con mucha atención y sin interrumpirla.
-Cuando nació Elena tu tía estaba muy contenta. Me ofreció ser su madrina y yo acepté encantada. No he tenido hijos y esa niña llegó a ser muy especial para mí. My baby, so cute.
Se detuvo para tomar un sorbo de café, pero ya estaba tibio. Amanda aprovechó que Carmen había llegado para pedirle que les trajese café recién hecho.
-Hasta los dos años la niña se crio bien-prosiguió-aunque dormía poco y era muy llorona. La pobre Irene estaba en los huesos, y completamente agotada. Apenas conseguía dormir dos horas seguidas. También le preocupaba mucho que Elena nunca hubiese gateado, que tardase en caminar y que apenas dijese más que Mamá. Pero los médicos la tranquilizaban y supongo que ella prefería hacerles caso y pensar que solo era una niña difícil de criar. Que todo iba bien
-¿Y no era así?
-Desde luego que no, Darling.
La anciana se secó suavemente los ojos con un pañuelo que había sacado del bolsito que siempre la acompañaba, aunque solo fuese para salir de su habitación a vestíbulo.
-Nada iba bien. Con cuatro años caminaba torpemente y tenía el vocabulario de una niña de dos. Todavía llevaba pañales y tenía una infección de oídos y de garganta tras otra. Tampoco había conseguido dormir y a medida que crecía su carácter se hacía más y más difícil. Le daban unos terribles ataques de rabia que no sabíamos cómo calmar. Había días en que ni siquiera parecía conocer a su madre y se pasaba las horas sentada en la alfombra, balanceándose adelante y atrás.
-¿Qué le pasaba?
-Después de recorrer los mejores médicos de Europa y alguno en Estados Unidos, al final le diagnosticaron una enfermedad muy rara, de la que apenas se sabía nada. El síndrome de Sanfilippo-terminó, mirando tristemente sus zapatos. Nunca llegó a tener el desarrollo intelectual de una niña de su edad y solo quería estar con su madre o conmigo. Algunos días que se encontraba algo mejor también aceptaba a su padre, pero no era frecuente. A los diez años murió. Irene se quedó desolada. Sabía que su hija nunca sería una niña como las demás, pero era su niña. Y nunca se recuperó de esa pérdida. Quizá esa sea la explicación de que no fuese cariñosa contigo. Creo que le recordabas demasiado a Elena.

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