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Mostrando entradas de septiembre, 2014

EL SÍNDROME DE PINOCHO

Vivimos a diario con la mentira. Y es buena una cierta dosis de mentira. Nuestros padres nos mienten cuando nos hablan de los Reyes Magos o del Ratoncito Pérez; pero mientras creemos eso, somos felices. Yo, con cincuenta años, ya no creo en los Reyes Magos, pero si en duendes, hadas y elfos.
Los hijos también mentimos a los padres. ¿Quién no ha engañado en la adolescencia; quién no se ha fumado un pitillo a escondidas o no ha usado a una amiga como coartada para estar con el noviete de turno? Eso era en mi época, supongo que ahora se miente por cosas distintas.
A veces también mentimos por no hacer daño. Si vemos en la calle a una amiga que ha engordado diez kilos no se nos ocurre decirle que se ha puesto como una foca. Obviamos el asunto, lo cual es una forma distinta de mentira. Se supone que ella ya tiene espejos en su casa y las buenas personas no usan la crueldad de manera gratuita o al menos no de manera habitual.
Pero, ¿qué pasa con aquellos que mienten por necesidad? La vid…