15 de septiembre de 2014

EL SÍNDROME DE PINOCHO






Vivimos a diario con la mentira. Y es buena una cierta dosis de mentira. Nuestros padres nos mienten cuando nos hablan de los Reyes Magos o del Ratoncito Pérez; pero mientras creemos eso, somos felices. Yo, con cincuenta años, ya no creo en los Reyes Magos, pero si en duendes, hadas y elfos.
Los hijos también mentimos a los padres. ¿Quién no ha engañado en la adolescencia; quién no se ha fumado un pitillo a escondidas o no ha usado a una amiga como coartada para estar con el noviete de turno? Eso era en mi época, supongo que ahora se miente por cosas distintas.
A veces también mentimos por no hacer daño. Si vemos en la calle a una amiga que ha engordado diez kilos no se nos ocurre decirle que se ha puesto como una foca. Obviamos el asunto, lo cual es una forma distinta de mentira. Se supone que ella ya tiene espejos en su casa y las buenas personas no usan la crueldad de manera gratuita o al menos no de manera habitual.
Pero, ¿qué pasa con aquellos que mienten por necesidad? La vida, además de darme arrugas, me ha enseñado a no juzgar. Casi todo el mundo cambiaríamos cosas de nuestras vidas. Pero hay gente que cuando no puede o no halla la fortaleza necesaria para esos cambios, recurre a la mentira compulsiva. Yo le llamo el síndrome de Pinocho, y no creo que exista, pero como no soy psicóloga, hay licencias que puedo permitirme. A veces tenemos una vida tan vacía, tan distinta a la que desearíamos tener que sólo podemos sobrevivir inventando una existencia paralela. Y quien esté libre de pecado que tire la primera piedra. Aunque la mentira tenga un sabor tan amargo…prefiero intentar comprender antes que juzgar. No es por bondad ni mucho menos; es que soy muy menuda y la toga me sentaría fatal.

2 comentarios:

  1. es todo un placer leerte un beso carlos

    ResponderEliminar
  2. Muchas gracias Carlos. También para mi es un placer que me leas. Un beso

    ResponderEliminar