4 de enero de 2015

PAPÁ



Mañana será la Noche de Reyes y yo extraño dos cosas:
La primera es que mis hijos ya no son pequeños y ya no existe aquella ilusión de poner comida y agua para los camellos y algún dulce para Sus Majestades.
La segunda y quizá mucho más dolorosa es que en esta noche de reyes, como desde hace catorce años, ya no estará mi padre. No hay un solo día en que no le recuerde. Pero ahora mucho más. La persona que soy, aparte de que me haya legado algunos genes, como el pelo rubio, o los dedos de manos y pies de una manera característica, o la forma de las cejas; se la debo a él. Me enseñó a leer, a escribir, a ser honesta y leal con todo el mundo, a decir la verdad, a no engañar, a intentar siempre ser buena persona.
Él era quien me llevaba a la cama cada noche, quien me arropaba y me contaba un cuento. Pero nada de bobadas de princesas; los suyos eran de bosques, de lobos, de jabalíes y de animales que hablaban.
Nunca, ni siquiera cuando era una mujer hecha y derecha, me faltó su abrazo y su consuelo. Sin preguntas, porque el suyo era un amor incondicional. Y ahora que ya no está, echo mucho de menos su enorme manaza de dedos blancos y largos acariciando mi pelo

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