6 de febrero de 2015

LA REBELIÓN DE LAS MÁQUINAS



Hace ya muchos años, cuando leía y me gustaba Stephen King me llamó mucho la atención uno de sus relatos cortos. Contaba cómo los coches, los camiones, los tractores, se rebelaban contra los humanos, les acorralaban, les atacaban y pretendían exterminarlos. Me pareció una idea curiosa, ingeniosa, y el cuento me gustó.
Tengo que confesar que soy una adicta a los electrodomésticos. Me resulta muy reconfortante sentarme a escribir en la cocina con el ruido del lavaplatos de fondo, y el calorcillo del horno cuando horneo una tarta o hago una lasaña me calienta también el corazón. Como también soy adicta a lavar incluso sin necesidad, escuchar la lavadora cuando cruzo el pasillo me produce un placer rayano en la lujuria. Y ¿qué decir de la secadora? Eso de que la ropa salga seca, calentita y las toallas más suaves que el beso del más tierno amante…eso ya me lleva al nirvana más absoluto.
Y hablando de nirvanas, doy gracias a Dios o a los dioses por estar inmersa en mi etapa zen. Porque si esto me pasa hace un par de años me subo por las paredes, me hago el sepukku, me rajo las venas en directo y ametrallo a quien se me ponga por delante. El caso es que hace tres semanas que estoy sin secadora. Una máquina último modelo, de esas todo electrónica y que parece una nave espacial, con menos de dos años, me deja en la estacada. Pero eso no es lo grave. Porque se llama al técnico y él agita su varita mágica y…voilá. Con lo que yo no contaba era con que la dichosa secadora es de la marca…X, no quiero ser mala persona y dar nombres, y cómo la empresa se ha ido al traste, pues que las piezas tardan lo que tengan que tardar. Eso me pasa por fiarme de las marcas de toda la vida; se paga todo más caro y en estos tiempos inciertos que nos han tocado, ya nada es para siempre; ni siquiera las máquinas. Nunca me gustó el Futurismo; ahora me explico por qué. Pero no hay mal que por bien no venga; ahorraré en luz y a ver si me desintoxico de mi manía de lavar las cosas por el mero placer de hacerlo. Tengo que repetirme mil veces al día: sólo se lava la ropa cuando se necesita y no hace falta semejante despilfarro de toallas. No sé yo si mi nueva vida zen va a llegar a convencerme de esto último. Rogaré porque así sea. Amén Jesús

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