13 de abril de 2015

ADELANTE, SIEMPRE ADELANTE





A mi edad he aprendido pocas cosas, y esas pocas han sido, todas, fruto del sufrimiento. Y no es que yo sea partidaria de que la letra con sangre entra. Simplemente, me ha sucedido así.
Quizá por eso he intentado sacar provecho hasta de las peores situaciones que me ha tocado vivir. Por ejemplo, cuando a mi hijo mayor le detectaron un linfoma, yo di gracias a Dios porque fuera del tipo Hodgkins, que tiene mejores probabilidades, y que se hubiese detectado a tiempo. Preferí eso a ser una constante plañidera, aunque he de reconocer que lloré mucho.
Ahora acabo de aprender, también con algunas lágrimas y sobre todo con mucho dolor de corazón y de una total decepción, que la vida fluye hacia delante y que no se puede intentar vivir lo que ya ha pasado. Eso es ir contra natura, y quizá como castigo al pecado de haberlo intentado, tengo ahora que aprender, con dolor, que es inútil revivir el pasado. Hay que vivir el presente y en todo caso tener la vista puesta en el futuro. Pero sobre todo, vivir el presente. Los cuentos de hadas no existen, aunque sean parte de hermosas canciones.
Esta noche me siento vieja y cansada. He estado recogiendo cosas, poniendo orden, mirando algunas fotos antiguas. Y he intentado ver en mi la niña que fui. Pero no la veo. Es como si la hubiesen matado, como si me hubiesen robado, de repente, los recuerdos. Y eso me duele mucho, quizá porque me recuerda a mi padre, que se murió sin recuerdos. En su caso se lo debe al Alzheimer. En el mío, quiero pensar que al destino o a la mala suerte.
Pero como decía Kira Argounova en la genial novela de Ayn Raind, “Los que vivimos”, mi lema es “adelante, siempre adelante, como un buen soldado.
Y eso es lo que voy a intentar. Sé que me caeré en el camino, pero también sé que me voy a levantar. O al menos lo intentaré.

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