25 de abril de 2015

FELIZ CUMPLEAÑOS



Hace treinta y dos años, a estas horas, estaba muy contenta. A las once de la mañana había dado a luz a mi primer hijo. Cuatro kilos de niño y cincuenta y dos centímetros, que se han convertido con el tiempo en 1,86 y muchos kilos de músculos. En aquellos momentos yo solo sabía ser feliz, pero recuerdo que en unos instantes en que me quedé a solas con él, le acerqué a mi y le miré a los ojos, a pesar de que sabía que los suyos todavía no podían verme. Podría reconocerme por la voz o quizá por el olor, pero todavía no me veían. Y lloré. No de emoción, ni de alegría, o tal vez de las dos cosas mezcladas. Pero sobre todo lloré porque sabía que a mi hijo le tocaría sufrir. Esas cosas tontas de madres que no se le cuentan a nadie. Tampoco es que estuviese muy equivocada, al fin y al cabo, todos los seres humanos tenemos un billete al país del Sufrimiento. En todo caso, quizá los dos mejores momentos de mi vida hayan sido cuando nacieron mis dos hijos. Al menos me queda el consuelo de que cuando me muera habrá algo de mi que se quedará aquí unos años más; y también de que mi vida ha servido para algo.

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