22 de abril de 2015

NOVELA 2




Después de la comida y la breve charla Amanda se dirigió a un pequeño supermercado que estaba en la calle trasera a la iglesia y al ayuntamiento. No esperaba encontrar gran cosa pero al menos debía comprar lo más imprescindible para unos días. Mientras caminaba por los estrechos pasillos e iba metiendo en el cesto leche, pan, huevos, algo de fruta y verdura y productos de limpieza, pensó que tendría que solucionar el problema del transporte. Sabía conducir pero nunca había tenido coche. En la ciudad era un estorbo; nunca había sitio para aparcar, ella no tenía garaje y el transporte público funcionaba bien. Hacía la compra por internet y se la traía a casa un muchacho muy servicial que le dejaba las cajas en la cocina, listas para ser almacenadas. ¿Para qué quería las complicaciones de un coche? Sin embargo, en este pueblo apartado necesitaba moverse con independencia. Sería otro problema a resolver. Ella no entendía nada de coches. ¿A quién le podría pedir ayuda?
Mientras colocaba las cosas delante de la cajera y chica para todo del pequeño supermercado se odió a si misma por pensar en semejantes tonterías. Ahora, gracias a la Tía Irene, tenía dinero. Y con dinero se consigue casi todo, pensó mientras iba metiendo las cosas en bolsas de plástico. La muchacha la ayudó a llenar las bolsas y cuando iban por la cuarta movió la cabeza con desgana y miró fijamente a Amanda.
-No será usted capaz de llevar todo esto sola hasta la casa de la vieja
Ella se quedó muda de asombro. Ni siquiera llevaba un día completo en el pueblo y parece ser que todo el mundo sabía ya quién era.
-Puede que no; pero si no le importa dejaré aquí la mitad y luego vendré a por ellas.
-Si quiere Paco se las llevará cuando cerremos el súper-le ofreció.
-¿Quién es Paco?
-Mi hermano-le contestó la muchacha, ajustándose las gafas y mirándola como si ella fuese lerda. Parece que daba por hecho que tenía que saber quién era el tal Paco. La tienda es de nuestros padres-tuvo a bien informarle. Yo atiendo aquí y él está en el almacén y hace algunos repartos. ¿Le viene bien a las ocho y media?-preguntó sin dejar de mascar chicle.
-Sí, perfecto.
Y salió de la tienda cargando solo con una bolsa en la que llevaba lo más imprescindible; café, azúcar, unas galletas de avena y champú.
Cuando abrió la puerta se sintió extrañamente aliviada y con la sensación de que por fin poseía algo suyo. ¿Era ese el sentimiento de propiedad, de dueña del castillo del que tanto se hablaba? ¿Sería verdad que tener cosas le hacía a uno cambiar de manera de ser? En eso pensaba mientras rebuscaba en los armarios de roble lo necesario para hacerse un café. Después de mucho trastear descubrió una cafetera a presión italiana en perfecto estado. La levantó para verla mejor y el metal refulgió a la luz del atardecer que penetraba por la ventana que daba al jardín y que rebotó en las losetas del suelo. Amanda se quedó mirando, como traspuesta, el halo que había dado nueva vida a la cocina y le pareció como un presagio de buena fortuna. Era como si la casa le diese la bienvenida. Vertió con cuidado el café necesario y el agua y encendió la vieja cocina de gas, que silbó y trastabilló un poco pero se puso en marcha. Pero se dijo a sí misma que lo primero sería cambiarla, no le gustaba el gas. Sentada a la vieja mesa de madera de roble, con la taza de café calentándole las manos, se sintió por primera vez en muchos días en paz consigo mismo. La coincidencia de perder el trabajo y a Ricardo al mismo tiempo no le ayudaron a sentirse segura, y ahora, por primera vez, empezaba a pensar que el refrán tan repetido por su madre de que Dios aprieta pero no ahoga, podría ser verdad. Es más, tendría que serlo, porque ella pensaba ponerlo todo de su parte para rehacer su vida y volver a tener si no felicidad, al menos algo de paz y tranquilidad.
Cuando se iba a servir una segunda taza de café la sobresaltó el timbre de la puerta, que sonaba como una campana afónica y distante. Fue a abrir preguntándose quien podría ser. Se encontró a un hombre de unos cuarenta años; alto, delgado, con pelo oscuro y ojos castaños, separados y burlones, que la miraban con suficiencia. Su media sonrisa ladeada la hizo sentirse incómoda e insegura. Llevaba barba de varios días e iba vestido de manera informal, pero cuidada; pantalón vaquero, camisa blanca perfectamente planchada y una cazadora de cuero. Antes de que ella dejase de lado su sorpresa para decir algo, él empezó a hablar con una voz atronadora, ronca y profunda, que parecía salirle de lo hondo del pecho. Voz de fumador, dictaminó ella. Había vivido con un padre que daba cuenta de dos paquetes de tabaco al día y conocía las consecuencias.
-Soy Javier Valdés.

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