25 de abril de 2015

NOVELA 3



Y como ella se quedase mirándole con la misma cara de sorpresa de antes se vio obligado a aclarar que era el arquitecto enviado por el alcalde. La muchacha entonces asintió con un leve cabeceo pero se quedó apoyada en el quicio de la puerta, sin decir nada más. Él se preguntó qué clase de tonta habría llegado ahora de la ciudad; aunque a primera vista la chica no estaba mal. La miró con disimulo y le gustaron sus ojos verdes, orlados de espesas pestañas oscuras, aunque su melena rizada y que le enmarcaba la cara ovalada era más bien cobriza con reflejos luminosos de un tono rojo que ahora, a la luz, despedía un cálido resplandor. No era demasiado alta, pero tenía un cuerpo bonito; cintura estrecha, pechos pequeños pero bien colocados y buenas piernas, según dejaba entrever su falda corta. Al final pareció despertar de su ensoñación y le tendió una mano pequeña y fina.
-Ah, sí, perdone, no esperaba verle tan pronto. Soy Amanda Navarro. Pase, por favor-le dijo, haciéndose a un lado. Estaba tomando café. ¿Le apetece una taza?
-Me vendría bien-le contestó ya en la cocina, balanceándose ligeramente sobre sus pies y con las manos en los bolsillos de sus vaqueros.
Amanda se sintió algo incómoda cuando se dio la vuelta para sacar de la alacena una taza y un plato. Sentía los ojos del arquitecto a su espalda, taladrándola con su mirada. No le gustaba demasiado aquel hombre, desprendía cierto aire de burla y suficiencia que la amedrentaban un poco, y ella no era de las que se solían asustar. Le sirvió el café y se puso ella misma una segunda taza.
-Me ha dicho Antonio, el alcalde, que quería usted hacer obras en la casa. Espero que no vaya a destrozar esta belleza-la acusó clavándole la mirada.
Ella se sintió molesta y se removió en la silla, dando vueltas al café. Tuvo ganas de decirle que se metiese en sus cosas, que ella haría con su casa lo que le diese la gana; pero se contuvo. Seguía mirándola con aire burlón y por alguna oculta razón hacía que su ingenio, siempre presente, esta vez se hubiese escabullido y no tuviese la respuesta a punto.
-Si le parece bien cuando acabe el café le enseñaré la casa y le diré lo que quiero hacer-repuso sin hacer caso de su acusación ni darle más explicaciones. Quería dejarle claro a este pazguato pueblerino que ella era quien llevaba la batuta y que si quería el trabajo debía respetar sus deseos, incluso sus órdenes. Ella pagaba, ella mandaba.
Y en cinco minutos iniciaron la visita guiada a la casa. Ella iba abriendo puertas y tratando de explicarle las cosas que deseaba cambiar. Ya le había contado que pensaba montar una especie de hotelito rural cómodo y sin muchas pretensiones. Poco a poco iba poniéndose nerviosa al ver que él tomaba notas en una libretita mugrienta pero no decía nada. Cuando ya hubieron visto toda la casa volvieron a la cocina y se sentaron de nuevo. Amanda esperó con las manos cruzadas sobre la falda a que él hablase, pero se tomó su tiempo.
-Perdone-le dijo al cabo de un rato, pero necesito un cigarrillo. Me voy al jardín un minuto.
-Bueno, yo no fumo, pero puede quedarse a fumar dentro, hace mucho frío y además quiero terminar la conversación cuanto antes.
-¿Tanto le desagrada mi presencia?-le preguntó, burlón.
Ella se sonrojó, enfadada consigo misma. Aquel despreciable arquitecto de segunda fila la ponía nerviosa y la hacía parecer idiota.
-No es eso-contestó poniéndole delante un platillo de café en lugar de cenicero.
-Entonces le agrada-repuso en el mismo tono de burla
Amanda resopló de la indignación y tuvo ganas de partirle la cafetera en la cabeza, pero se quedó sentada, tratando de respirar hondo y calmarse.
-Me gustaría que me dijese si es posible hacer las cosas que le he comentado y quien podría hacerlo.
No le contestó de inmediato. Siguió fumando parsimoniosamente y mirando con ojos entornados a través de la ventana de la cocina. Amanda trató de no decirle lo que estaba pensando; que era un tremendo maleducado y que la tenía harta con tanta prepotencia profesional; y pensaba que también personal. Ambas cosas solían ir unidas. Cuando estaba a punto ya de desesperar, él giró la cara y la miró a los ojos con cierto aire burlón.
-Como las habitaciones que no tienen baño son bastante grandes no habrá problema en sacrificar algo de espacio y hacer un baño; tendrá que ser común a las dos; puede ir colocado en medio.
-¿Un baño para los dos cuartos?
-Sí, no veo donde está el problema-adujo él mirándolo como si fuese lerda. Ya se estaba arrepintiendo de haber ido a verla. Él estaba acostumbrado a trabajar por libre, para clientes que se le confiaban plenamente y esta finolis tenía la mala costumbre de pensar por sí misma, al parecer.
-Yo había esperado que cada cuarto tuviese su baño independiente-siguió diciendo ella, con sus maneras suaves pero a la par con una enorme tozudez
-Bueno, pues no podrá ser-le contestó, de una manera algo brutal. Y en cuanto a lo de preparar el desván como cuarto para usted, no me parece buena idea.
-¿Ah no? ¿Y se puede saber por qué?-le preguntó elevando algo la voz. Detestaba discutir, pero este hombre conseguía sacarla de quicio.
-Pues porque sería posible sacar de ahí dos buenas habitaciones con baño incluido.
-Ya. Y entonces yo me quedo a vivir en la calle
Sin pedir permiso se sirvió otra taza de café y encendió un nuevo cigarrillo, al que dio un par de caladas como si le fuese la vida en ello.

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