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NOVELA 5




-Ah, claro, encima. Supongo que el favor será honrarme con tu presencia benefactora y cordial
-Vete a la mierda. La Barbie esa de los cojones quiere comprarse un coche. Así que vete a verla mañana por la tarde y la traes aquí para que elija. Ah, que tiene que ser automático. Encima la imbécil no sabe conducir como una persona normal.
Cuando Amanda se quedó sola tras la discusión con el arquitecto decidió que ya había habido bastante adrenalina flotando en el ambiente y que lo mejor sería relajarse; así que subió al primer piso y decidió hurgar en los armarios de Tía Irene. Necesitaba ropa blanca y antes de empezar a comprar sería buena idea ver lo que había. Si la tía era como su madre, seguro que tendría una buena provisión de sábanas y toallas. Abrió el armario de la habitación principal y tal y como esperaba se encontró con sábanas bordadas, algo amarillentas, pero nada que con un buen lavado y planchado no se pudiese solucionar. Hizo un montón y haciendo equilibrios por el pasillo se encaminó al cuarto situado al lado de la cocina, donde estaba la lavadora, la secadora y un improvisado rincón para la plancha. Llenó el tambor de la lavadora, puso detergente y suavizante y usó el programa para la ropa de algodón. Desde que era pequeña le encantaba el olor de la ropa recién lavada. Sonrió para sí misma al pensar que tantos años de lucha por la liberación de la mujer y ella disfrutaba todavía haciendo la colada y planchando la ropa. Todavía quedaban muchas sábanas qué lavar así que empezó a colocarlas en el cesto de la ropa sucia. Algo crujió cuando colocó la última de las toallas y al revolver entre la ropa descubrió un sobre color marfil. Se sentó en la bancada bajo la ventana y lo abrió despacio. Pensaba encontrarse con una carta o tal vez una factura, pero lo que había era una foto de un hombre de mediana edad y con las sienes blancas por las canas. Lucía un bigote también blanquecino que le daba cierto aire severo desmentido por unos mansos ojos claros con un fondo líquido que hablaban de una persona sensible. La foto amarilleaba ya en algunos lugares. Parecía muy manoseada, como si la hubiesen mirado muchas veces. ¿Quién podría ser? No le recordaba a nadie de la familia, al menos que ella hubiese conocido o que hubiese podido ver en algún retrato en la casa de sus padres. Y que ella supiese, a su tía nadie le conoció ningún novio ni relación. Su madre le había contado que su único novio, cuando eran casi adolescentes, se mató en un accidente de coche y Tía Irene no había vuelto a salir con nadie más. Le picaba la curiosidad saber quién sería pero como tampoco no había nadie a quien preguntar, aparcó la pregunta en el rincón de su cabeza que guardaba para las cosas sin solución y guardó el sobre con la foto en el bolsillo de su pantalón. Luego, cuando tuviese tiempo y revisase todas las cosas de la tía, ya vería lo que hacía con ella.
Y mientras trasteaba en la cocina para prepararse algo de cenar pensó que era ya momento de llamar a Inma, su mejor amiga, casi su hermana, para contarle sus planes. En realidad era a la única que se lo diría porque aunque conociese a mucha gente solamente a ella la consideraba su amiga. Cuando terminase su frugal cena la llamaría.
Supo inmediatamente, nada más oír su voz, que algo le pasaba. Eran amigas desde que iban a la guardería y no había nadie en el mundo que supiese tanto de su vida como ella. Por eso cuando Inma contestó al teléfono ella sabía que algo iba muy mal. A pesar de que al principio lo negó, acabó confesándole que Lucas, su novio desde hacía cinco años, la había abandonado por una compañera de trabajo. Aunque le costó mucho decirlo, Amanda se dio cuenta de que ahora era como un dique que había roto sus compuertas y era imposible que dejase de soltar agua. Siguió hablando, llorando, hipando y gimiendo hasta que tenía la voz tan ronca que era imposible entender lo que decía. Fue entonces cuando Amanda se hizo cargo de la situación e intentó calmarla. Tras más de una hora de charla la convenció para que viniese a pasar unos días con ella. Ya estaba convencida de que necesitaba un coche y ahora con más motivo. Mañana le compraría uno al amigo de ese indeseable de arquitecto y al día siguiente iría a la ciudad para recoger alguna ropa de su ático y traerse consigo a Inma. Tendría que hablar con su casero, aunque estaba segura de que la obligaría a cumplir todo el contrato de arrendamiento, que se acababa en dos meses. Mejor, pensó para sí, de esa manera podría retirarlo todo despacio y sin prisas.

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