29 de abril de 2015

NOVELA 6


Con las ideas ya más claras en la cabeza, decidió irse a la cama. Aquella noche dormiría en la que había sido la habitación de su tía. Era la más grande de todas las de la casa, y desde su ventana se veía una parte del puerto. Cuando se metió bajo las sábanas notó el silencio que lo invadía todo, y por un momento echó de menos su cuarto y estar rodeada de gente, aunque de igual manera estuviese sola. Pero en la ciudad al menos sabía que tenía vecinos; poco importaba que no se conociesen de nada. Aquí no había nadie; si le pasaba algo de noche no tendría a quien llamar. Eso le hizo anotar mentalmente que debía solicitar una línea de teléfono. Su tía, en un alarde de excentricidad, se había negado siempre a ponerlo. Cuando su madre quería hablar con ella debía llamar a la pequeña tienda más cercana y fijar una hora para que avisasen a su hermana. Ella necesitaba teléfono y una conexión a internet para sentir que de nuevo estaba en el mundo.
Al otro lado del pueblo, en una pequeña casa pintada de azul y que daba directamente al mar, Javier Valdés también intentaba dormir, aunque no lo conseguía. Y eso le enfurecía, porque siempre se había jactado de que incluso en los peores momentos de su vida había sido capaz de conciliar el sueño sin problemas. Ahora se notaba extrañamente nervioso y desvelado y culpaba a la recién llegada. Algo tenía esa mujer que le hacía perder su escasa paciencia y también que sacase la parte más huraña y desquiciante de su carácter. De pequeño había sido el menor de cinco hermanos y el único con problemas de salud. Hasta los doce años siempre se recordaba a sí mismo enfermo y vacilante, sin poder seguir el mismo ritmo que sus amigos. Pero milagrosamente, en su decimotercer cumpleaños empezó a cambiar. Se dio cuenta de que le sentaba bien el ejercicio físico y empezó a correr diariamente. Al principio apenas aguantaba diez minutos cada día y terminaba empapado en sudor; pero cada día iba resistiendo cinco minutos más y llegó el momento en que corría durante dos horas. Aunque siempre había sido enclenque y canijo fue entonces cuando empezó a crecer hasta alcanzar su actual estatura, al tiempo que todo su cuerpo se fortalecía. Aquello le dio una nueva seguridad que nunca había sentido y le hizo darse cuenta de que en la vida solo dejamos de conseguir aquello que no intentamos. Por eso se hizo ahora el firme propósito de que esa chica tonta de ciudad no le ganaría la partida.
Y a la mañana siguiente Javier salió a correr sus diez kilómetros de rigor con el corazón más ligero por la decisión que había tomado la noche anterior. No estaba acostumbrado a que le ganasen la partida; se había hecho a sí mismo pedazo a pedazo, como el escultor que talla su obra maestra. Cada trozo de determinación e independencia le había costado demasiado como para que ahora llegase alguien con ínfulas y dinero y lo echase abajo. Se había tomado como algo personal hacer que aquella casa no perdiese su espíritu y no iba a consentir que esa niñata lo echase a perder. Sin embargo, no era tan idiota como para no darse cuenta de que en rigor ella podía hacer lo que le diese la gana; la casa era suya y el dinero también.
Al llegar se dio una ducha casi fría y después de vestirse tomó una taza de café sin sentarse y sacó el coche del garaje. Tenía demasiada prisa para desayunar adecuadamente; quería ir a primera hora a la casa de la colina para medir de nuevo el desván. Aparcó delante de la verja y la empujó para entrar. Chirriaba ligeramente. Antes de tocar a la puerta se giró para mirar el jardín y el paisaje. Dada su situación, encima de un promontorio, se divisaba el puerto, a aquella temprana hora de la mañana todavía envuelto en una ligera bruma que le hacía parecer algo fantasmal, como los paisajes de esas películas inglesas de misterio. Olía a mar y a pinos; los que protegían la casa en su parte trasera. Y también a brezo y retama, mezclado con el aroma a tierra mojada por la lluvia de anoche. Javier era todo menos un romántico, pero en ese momento pensó que la vida, a veces, era agradable.
Estuvo tentado a marcharse, pensando que no había nadie en la casa, cuando se abrió la puerta y dejó paso a una figura pequeña, con los pelos desgreñados, arropada con un albornoz que le venía demasiado grande y unas zapatillas deshilachadas. Se pasó la mano por el cabello, en el vano intento de dominar los rizos que se empeñaban en taparle la cara. Javier la miró con asombro. Eran ya las ocho de la mañana, y aquella descerebrada estaba todavía con los ojos legañosos y a duras penas aguantando los bostezos tras sus manos de niña.
-Buenos días-susurró la aparición. ¿Ha pasado algo?
-Le dije que vendría hoy a medir el desván
-Pero no le esperaba a estas horas. Son las ocho de la mañana.
-Hora de empezar el día, me parece-le contestó con su voz ronca, apartándola ligeramente para entrar.
Ella se hizo a un lado para dejarle pasar, mirándole con cierto asombro mezclado con enfado por la irrupción y…algo de miedo también. Había una dureza innata en la mirada de aquel hombre que la sobrepasaba y hacía que se sintiese como una niña pequeña a la que han pillado robando caramelos en la tienda de la esquina.

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