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NOVELA 7


Como siempre que se sentía insegura, Amanda buscó consuelo en abrazarse a sí misma para darse calor. Era algo que hacía desde que era una niña pequeña y ni siquiera se daba cuenta. El la miró pensando que o era una magnífica actriz o aquella chica llevaba dentro una tremenda inseguridad. Pero ese sentimiento apenas le pasó medio segundo por la cabeza; él no estaba allí para compadecerse de una chica boba y caprichosa que se había empeñado en hacerle la vida difícil.
-Yo tengo que desayunar; no soy persona sin mi zumo y mi café-le dijo Amanda sin mirarle. ¿Quiere acompañarme?
-¿A dónde? ¿Es que desayuna fuera?
Pasó las manos por el pelo, en el enésimo intento de alisarlo y sacudió la cabeza rogando a Dios que le diese fuerzas para no soltar una barbaridad. Aquel hombre tenía la extraña virtud de sacarla de quicio y dejarla luego con la sensación de que había hecho el ridículo más espantoso.
-Voy a preparar el desayuno para mí, y por educación le estoy invitando a que lo compartamos, pero si no quiere, o ya ha desayunado, peor para usted. Yo necesito comer algo y sobre todo tomarme un café.
-Ah, bueno, desayunaré con usted. Es que no le había entendido-le dijo sentándose sin que nadie le invitase. Habla muy raro; en este pueblo no estamos acostumbrados a tanta prosopopeya.
-Ya lo veo-le contestó entre dientes mientras ponía la cafetera al fuego y cortaba rebanadas de pan para tostarlo. ¿Cuántas tostadas?
-Tres-le contestó con voz neutra mientras encendía un cigarrillo.
Y ella, aunque no le dijo nada porque en aquel momento carecía de fuerza para confrontaciones, pensó que era un tremendo maleducado. ¿Quién le había dado permiso para fumar? Como estaba enfadada, sacó del armario de cocina tazas y platos con más fuerza y ruido del necesario. El la miraba de reojo, apurando el cigarrillo como un desesperado y sin decirle nada. Se preguntó a si misma qué necesidad tenía de aguantar a ese cafre insoportable en su cocina a aquellas tempranas horas en las que lo único que quería era sentarse a desayunar en silencio con el periódico en la mano. Tostó el pan y cuando el aroma a café inundó la estancia entera, lo sirvió en dos tazas desparejadas, las primeras que encontró. Le puso delante el café y el zumo como si arrojase margaritas a los cerdos pero él ni se inmutó. Siguió fumando y ni siquiera hizo amago de darle las gracias. En silencio untaron sus tostadas de mantequilla y en silencio también se las comieron. Amanda miró a través de la ventana. La bruma mañanera se había ido poco a poco y ahora el jardín lucía en todo su esplendor invernal pero que ya anunciaba la primavera. Un arce solitario guardaba el portón de entrada y estaba segura de que las hortensias pronto florecerían. Le gustaban mucho estas flores humildes y que no necesitaban especiales cuidados. Con este clima húmedo nacían en cualquier sitio, sin necesitar apenas cuidados. También había rosales y algún rododendro. De las visitas a su tía cuando era pequeña recordaba los altísimos pinos en la parte trasera de la casa y los acebos que crecían al lado del cobertizo. Mientras tomaba su café se preguntó si sería demasiado tarde para plantar bulbos. Quería tener tulipanes, gladiolos, narcisos y jacintos. Y ya en noviembre dalias y crisantemos. Animada con esta perspectiva sonrió para sí misma, aunque a tenor de la cara de su acompañante, él también se dio cuenta.
-Quizá si en vez de quedarse ahí sonriendo como una pazguata subiésemos al desván para tomar medidas, la mañana sería más productiva. Algunos tenemos que ganarnos la vida para vivir.
Se volvió hacia él con la ira de una hidra venenosa, pero pensó que no merecía la pena darle a entender lo mucho que le molestaba. Ensayó una sonrisa falsamente amable y le habló en voz suave.
-Perdóneme, se lo ruego. Es que no estoy acostumbrada a tratar con plebe y siempre me olvido de que ustedes se rigen por horarios y esas cosas tan absurdas. Cuando usted quiera; no deseo ser la responsable de que no llegue a fin de mes.
Después de haberle parado los pies de esta manera, los dos se quedaron tan sorprendidos; ella de haber sido capaz y él de descubrir que después de todo la gatita tenía uñas afiladas, que apenas pronunciaron más que las palabras precisas para ponerse de acuerdo sobre la distribución del desván.
A las cuatro en punto de la tarde, tal y como habían quedado, Miguel acudió a recoger a su posible clienta y Amanda descubrió con agrado que en modo alguno era tan brusco como su amigo el arquitecto. Más bien se trataba de un joven amable, de modales suaves y ojos cálidos que la llevó hasta el concesionario y se ocupó en cada momento de que se sintiese cómoda. Ella le confesó sin tapujos que no sabía nada de coches y que confiaba en él para que la aconsejase. Miguel le presentó cuatro posibilidades y finalmente ella se decidió por un coche pequeño y fácil de manejar. Hacía mucho tiempo que no conducía y no quería complicaciones. Miguel le prometió que al día siguiente él mismo en persona le llevaría el coche hasta su casa después de resuelto el papeleo necesario. Pero Amanda le pidió que lo retrasase dos días para que le diese tiempo a ir a la ciudad a ver a Inma y recoger en su ático más ropa. Llegó a la casa de la colina cuando ya había anochecido, satisfecha de que por fin las cosas estuviesen empezando a resolverse. Estaba muy cansada y sólo pensar en ponerse a cocinar para ella sola la hacía sentirse peor todavía. Suspiró pensando que esta era una de las esclavitudes de vivir lejos de la ciudad. Si estuviese allí ahora mismo pediría comida preparada a los cientos de lugares dispuestos a traérsela a su casa. Aquí debía contentarse con hacerse unos huevos revueltos y unas tostadas.

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ESPERA

Hemos regresado, amor,
de muchas vidas pasadas,
de amaneceres ocultos
entre brumas que le
daban a la felicidad
la espalda;
de miedos robados al
tiempo, de deseos silentes
que no pronunciábamos en
voz alta.

Y ahora, de la mano,
destejemos embrollos
que a veces nos velan
la mirada,
limpiamos de guijarros
el camino, abrimos
veredas donde antes
solo había zarzas
y montes de espinos
que en las plantas
de los pies
se nos clavaban.

¡Y es tan largo el
camino, amor, que
algunas noches yo
llego a la cama cansada!
Y ansío tus brazos
que me arrullen sin
palabras, quiero
tus dedos recorriendo
mi espalda,
trazando surcos
en mi carne,
abriendo una veta
en mi vientre
como lo hace la azada
en la tierra, en la
hierba la guadaña.

Solo dime que tras
el invierno llegará
la primavera, verde
y blanca, preñada
de flores hermosas,
cargada de nubes
que no huelan a
amenaza.

PIEZAS ROTAS

Como las piezas rotas de
un juguete desechado,
como las alas arrancadas
de un pájaro enjaulado,
como trozos de hueso
que estaban desencajados,
así, amor,tú yo
nos hemos juntado.

Y de dos realidades
dolidas y amargas
poco a poco y
en silencio,
mezclando risas y lágrimas,
estamos creando un
muevo mundo,
un lugar en donde
ocupe el sitio
principal la Esperanza.

Y a veces daremos pasos
de ciego,
caminaremos en falso,
nos dolerá la espalda
de cargar con un
equipaje que no es
nuestro, que alguien
nos ha ido prestando,
casi de soslayo
y sin dar la cara.

Pero si tus manos me sujetan,
podré, amor, subir la montaña,
llegar sonriente a la meta
y vaciar mi mirada en la tuya,
mientras mis dedos recorren
tu cara.

Y tu risa será mi trofeo,
tus abrazos los que apaguen la
sed de mi garganta,
tu pecho mi refugio,
y tus ojos mi mar
por fin en calma.

UN MAÑANA

Han huido en silencio
las palabras.

Se ha secado de repente
mi garganta,
todo me huye, como si
con mis manos hubiese
levantado un puente
de plata que me abre
otro camino, que de todo
lo viejo me separa.

Un camino que me aleja
poco a poco de un dolor
inútil del que ya
no va quedando
más que un rescoldo,
ese que nunca se apaga.

No sé qué decir,
mejor será no
decir nada.

Se ha congelado mi
voz, solo puedo
quemar antiguas esperanzas
y tejer un nuevo
manto que abrigue
mi Mañana.

CONFÍO

Llévame de la mano
por campos nevados,
hazme ver la luz de
la luna que asoma
entre torres de aurora,
quémame en tus brazos,
déjame oír junto a ti
el mar que asoma
entre los recovecos
de una caracola.

En ti confío, noche
y día, mañana y tarde,
invierno y verano; a tu
lado camino
con el viento
acariciando mi cara,
y cada vez que
te digo que te amo
la bruma del norte
me susurra que avanzamos
despacio, que el camino
es arduo, pero merece
la pena pararse a labrarlo.


POESÍA

Miro la vena azul
de mi muñeca,
azul de cielo, de vida.
de sangre roja que
se hace azul mediante
no sé qué maravilla.

Me toco la garganta,
me late a rienda suelta
la vida.

El sol me acaricia
la cara, una nube de algodón
hace que sonría.

Me traspasa la piel
el aullido del lobo,
poco a poco se me
abre una herida
que no duele,
una herida que
te ata a mi nombre,
que me acaricia.

Y mis dedos se deslizan
en este papel, quizá
solo buscan
una salida.
o tal vez, por
breves horas,
ha regresado
la Poesía.