30 de abril de 2015

NOVELA 7


Como siempre que se sentía insegura, Amanda buscó consuelo en abrazarse a sí misma para darse calor. Era algo que hacía desde que era una niña pequeña y ni siquiera se daba cuenta. El la miró pensando que o era una magnífica actriz o aquella chica llevaba dentro una tremenda inseguridad. Pero ese sentimiento apenas le pasó medio segundo por la cabeza; él no estaba allí para compadecerse de una chica boba y caprichosa que se había empeñado en hacerle la vida difícil.
-Yo tengo que desayunar; no soy persona sin mi zumo y mi café-le dijo Amanda sin mirarle. ¿Quiere acompañarme?
-¿A dónde? ¿Es que desayuna fuera?
Pasó las manos por el pelo, en el enésimo intento de alisarlo y sacudió la cabeza rogando a Dios que le diese fuerzas para no soltar una barbaridad. Aquel hombre tenía la extraña virtud de sacarla de quicio y dejarla luego con la sensación de que había hecho el ridículo más espantoso.
-Voy a preparar el desayuno para mí, y por educación le estoy invitando a que lo compartamos, pero si no quiere, o ya ha desayunado, peor para usted. Yo necesito comer algo y sobre todo tomarme un café.
-Ah, bueno, desayunaré con usted. Es que no le había entendido-le dijo sentándose sin que nadie le invitase. Habla muy raro; en este pueblo no estamos acostumbrados a tanta prosopopeya.
-Ya lo veo-le contestó entre dientes mientras ponía la cafetera al fuego y cortaba rebanadas de pan para tostarlo. ¿Cuántas tostadas?
-Tres-le contestó con voz neutra mientras encendía un cigarrillo.
Y ella, aunque no le dijo nada porque en aquel momento carecía de fuerza para confrontaciones, pensó que era un tremendo maleducado. ¿Quién le había dado permiso para fumar? Como estaba enfadada, sacó del armario de cocina tazas y platos con más fuerza y ruido del necesario. El la miraba de reojo, apurando el cigarrillo como un desesperado y sin decirle nada. Se preguntó a si misma qué necesidad tenía de aguantar a ese cafre insoportable en su cocina a aquellas tempranas horas en las que lo único que quería era sentarse a desayunar en silencio con el periódico en la mano. Tostó el pan y cuando el aroma a café inundó la estancia entera, lo sirvió en dos tazas desparejadas, las primeras que encontró. Le puso delante el café y el zumo como si arrojase margaritas a los cerdos pero él ni se inmutó. Siguió fumando y ni siquiera hizo amago de darle las gracias. En silencio untaron sus tostadas de mantequilla y en silencio también se las comieron. Amanda miró a través de la ventana. La bruma mañanera se había ido poco a poco y ahora el jardín lucía en todo su esplendor invernal pero que ya anunciaba la primavera. Un arce solitario guardaba el portón de entrada y estaba segura de que las hortensias pronto florecerían. Le gustaban mucho estas flores humildes y que no necesitaban especiales cuidados. Con este clima húmedo nacían en cualquier sitio, sin necesitar apenas cuidados. También había rosales y algún rododendro. De las visitas a su tía cuando era pequeña recordaba los altísimos pinos en la parte trasera de la casa y los acebos que crecían al lado del cobertizo. Mientras tomaba su café se preguntó si sería demasiado tarde para plantar bulbos. Quería tener tulipanes, gladiolos, narcisos y jacintos. Y ya en noviembre dalias y crisantemos. Animada con esta perspectiva sonrió para sí misma, aunque a tenor de la cara de su acompañante, él también se dio cuenta.
-Quizá si en vez de quedarse ahí sonriendo como una pazguata subiésemos al desván para tomar medidas, la mañana sería más productiva. Algunos tenemos que ganarnos la vida para vivir.
Se volvió hacia él con la ira de una hidra venenosa, pero pensó que no merecía la pena darle a entender lo mucho que le molestaba. Ensayó una sonrisa falsamente amable y le habló en voz suave.
-Perdóneme, se lo ruego. Es que no estoy acostumbrada a tratar con plebe y siempre me olvido de que ustedes se rigen por horarios y esas cosas tan absurdas. Cuando usted quiera; no deseo ser la responsable de que no llegue a fin de mes.
Después de haberle parado los pies de esta manera, los dos se quedaron tan sorprendidos; ella de haber sido capaz y él de descubrir que después de todo la gatita tenía uñas afiladas, que apenas pronunciaron más que las palabras precisas para ponerse de acuerdo sobre la distribución del desván.
A las cuatro en punto de la tarde, tal y como habían quedado, Miguel acudió a recoger a su posible clienta y Amanda descubrió con agrado que en modo alguno era tan brusco como su amigo el arquitecto. Más bien se trataba de un joven amable, de modales suaves y ojos cálidos que la llevó hasta el concesionario y se ocupó en cada momento de que se sintiese cómoda. Ella le confesó sin tapujos que no sabía nada de coches y que confiaba en él para que la aconsejase. Miguel le presentó cuatro posibilidades y finalmente ella se decidió por un coche pequeño y fácil de manejar. Hacía mucho tiempo que no conducía y no quería complicaciones. Miguel le prometió que al día siguiente él mismo en persona le llevaría el coche hasta su casa después de resuelto el papeleo necesario. Pero Amanda le pidió que lo retrasase dos días para que le diese tiempo a ir a la ciudad a ver a Inma y recoger en su ático más ropa. Llegó a la casa de la colina cuando ya había anochecido, satisfecha de que por fin las cosas estuviesen empezando a resolverse. Estaba muy cansada y sólo pensar en ponerse a cocinar para ella sola la hacía sentirse peor todavía. Suspiró pensando que esta era una de las esclavitudes de vivir lejos de la ciudad. Si estuviese allí ahora mismo pediría comida preparada a los cientos de lugares dispuestos a traérsela a su casa. Aquí debía contentarse con hacerse unos huevos revueltos y unas tostadas.

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