15 de abril de 2015

PAPÁ Y FRESAS





Hoy he pensado mucho en mi padre. Siempre lo hago; pero cuando no estoy bien, mucho más. Le hablo. Ya sé que puede parecer una estupidez, pero mientras estoy sola en casa; poniendo lavadoras, limpiando, escribiendo o simplemente sentada, le hablo mucho. Y quizá lo más extraño es que yo sé que me escucha.
Cuando era pequeña me parecía que mi padre era el hombre más guapo del mundo. Ahora que ya tengo edad para ser abuela, también me lo parece. Era muy guapo por fuera: alto, rubio y con muy buen porte. Pero era mucho más guapo por dentro. Me enseñó a escribir, a leer, a no cometer faltas de ortografía, a cerrar las puertas sin hacer ruido, a tener modales en la mesa, y sobre todo me enseñó a ser una persona honesta y leal. Siempre recuerdo que me decía “nacemos desnudos, y morimos desnudos”. A él le debo no ser materialista y quizá también apreciar a las personas que de verdad merecen la pena.
No sé si mi padre, desde donde está, se siente orgulloso de mi. Pero creo que si. Una parte muy importante de la mujer que soy se la debo a él. Recuerdo una vez, hace muchos años, en que entró en la sala y me encontró llorando. No dijo nada; solo me abrazó, me recogió en su pecho, y mientras acariciaba mi pelo con sus manos grandes, tan iguales a las mías excepto en el tamaño, me dio un beso en la frente. Hoy, si estuviese vivo, haría lo mismo. Y yo, como siempre que no me encuentro demasiado bien, le escribo , y le digo en silencio: Papá, no me dejes nunca. Y sé que no lo hará.
Ahora mismo estoy comiendo fresas y me acuerdo de él. Solía traerme fresas en esta época cuando llegaba a casa del trabajo. Y cada vez que mis dientes rasgan una de ellas y su sabor, entre dulce y picante, baja por mi garganta, yo digo, callada: Papá, quédate conmigo. Tu niña te necesita; dime que todo irá bien y que vas a cuidar de mí, como cuando era pequeña y el mundo era un lugar seguro tan sólo porque tú estabas en él.

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