26 de mayo de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 1


Camino con ligereza bajo el sol invernal que me calienta el alma y me da fuerzas para continuar adelante con el plan que me he trazado. Las calles están llenas de gente que se afana en las compras navideñas; de madres arrastrando a niños cansados y mohínos; de jóvenes amantes que se enlazan por la cintura y se dicen al oído palabras de amor y de deseo; pero también de muchas personas solas, como yo, que pasean su soledad por la cruel ciudad que a todos nos engulle en su panza hambrienta de agonías y de penas.
He sentido lástima del joven médico que me ha dado la noticia. Quizá sea la primera vez en su vida que lo hace, y tengo el sentimiento de haberle robado la posibilidad de consolarme. Pero yo no quiero ni necesito consuelo, y menos de un desconocido que nada significa para mí. Nada nuevo me ha contado, no me ha dado ninguna noticia que yo no esperase ya desde hace tiempo. He retrasado mi visita precisamente porque estaba haciendo acopio de energía para enfrentarme a la realidad de mi vida. ¿He dicho vida? Siento deseos de reírme, y lo hago a carcajadas, en la calle; a pesar de que la gente me mira con disimulo; preguntándose tal vez si esta señora de mediana edad, bien vestida y de aspecto correctísimo, no habrá bebido demasiado en la reunión del viernes con sus amigas. Vida, curiosa palabra, ahora que precisamente la mía se me escapa como agua entre los dedos.
Y ahora que lo pienso, ¿es que yo he tenido vida propia alguna vez? ¿Qué he hecho yo para justificar mis casi cincuenta años en este mundo? He parido a una hija, la he criado, he cuidado de una casa, de una familia, y poco a poco, me fui haciendo invisible para todos; como el perchero del vestíbulo, que está ahí para colgar el abrigo, pero a nadie se le ocurre preguntarle cómo está, o qué piensa. Ahora que se acerca el momento en el que tendré que hacer examen de mis días en este mundo, temo no tener nada que examinar, nada que calificar de bueno, malo o regular.
Por eso pienso que hay cosas que debo cambiar, ahora que se que me queda poco tiempo. No es posible acallar los gritos de mi corazón diciendo que mañana; porque quizá mañana no amanezca. Hay cosas que debo cambiar sin tardanza, y lo haré, por más complicado que sea.
No tengo ganas de volver a casa todavía, quizá porque allí no me espera nadie y en la calle, al menos, hay gente alrededor, aunque cada uno vaya a lo suyo. Creo que si se cometiera un crimen en esta acera por la que camino, nadie movería un dedo para evitarlo; quizá ni se darían cuenta, porque todo el mundo camina deprisa, mirando fijamente al frente. Parecemos autómatas, robots que salen de casa programados cada mañana para hacer aquello para lo que han sido construidos, pero que son incapaces de salirse del guión. Y precisamente eso, salirme del guión, es lo que yo pretendo, y lo que haré, le pese a quien le pese. Voy a esperar a que pase la Navidad, porque no quiero estropear la estancia de mi hija aquí, cuando venga para las fiestas. No se merece eso, porque bastante mal lo está pasando en su primer año en el extranjero. Le contaré todo cuando se haya ido; a veces es más fácil hacerlo por teléfono o a través de eso tan moderno, que es el correo electrónico. Sin embargo, echo de menos recibir y escribir cartas. Ahora el cartero solo trae multas, requerimientos de Hacienda y facturas pendientes de pago; es decir, malas noticias.

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