27 de mayo de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 2



No tengo hambre, pero son las dos de la tarde, y tengo que comer, aunque sea por obligación. Bastante peso he perdido ya. Acabo de mirarme en el escaparate de una tienda y parezco un espantapájaros con este abrigo negro que me baila en los hombros. Por primera vez en mi vida, no estoy contenta de haber adelgazado. Me siento en una mesa al lado de la ventana; ya que estoy sola, me gusta ver pasar a la gente por la calle. Cuando llega el camarero le pido una ensalada y un vaso de agua. No soy capaz de comer nada más; la comida me produce náuseas y lo único que mi estómago tolera son las sopas y ensaladas. Me entretengo mirando a la gente que come en las mesas de al lado. La pareja de enfrente está discutiendo; ella se aguanta las lágrimas mientras él a duras penas contiene las ganas de gritar. Me entran ganas de decirle a ella que no se lo permita, que no tiene porque aguantar sus improperios en un sitio público. Sin embargo, los que están sentados a mi derecha son novios; eso se nota enseguida; porque comen con las manos entrelazadas y se susurran cosas al oído. Y a mi izquierda están dos ejecutivos de traje y maletín, comiendo deprisa un bocadillo y discutiendo detalles de algún negocio. La única que está sola soy yo; pero no es nada nuevo. Creo que hace ya mucho tiempo que vivo en soledad, aunque comparta mi vida con alguien. Por eso no me arrepiento de la decisión que he tomado, porque creo que es la mejor para todos. Solo me queda tener la suficiente presencia de ánimo para exponer mis ideas, y cuando llegue el momento, defenderlas.
Son poco más de las seis cuando llego a casa; a la que hasta ahora consideré mi casa, pero que pronto dejará de serlo. Es hermosa; está en una zona tranquila, en las afueras de la ciudad, con árboles bordeando la calle ancha; con el jardín, ahora despojado de flores y cubierto por el manto invernal; pero que pronto se adornará con rosas, prímulas, tulipanes y azucenas. Yo creé ese jardín de la nada, cuando vinimos a vivir aquí, hace más de veinte años. Cuando entro en la casa, cada paso que doy me cuenta desvelos y preocupaciones por mantener un hogar acogedor, por hacer de un edificio sin alma un lugar agradable para la familia; para una familia que se desgaja, que ya no existe. Dejo el bolso en el vestíbulo y me adentro en mi territorio, en la cocina. Yo elegí los armarios de madera de roble, la mesa, las sillas. Las grecas de la pared y cada palmo de suelo fueron escogidos con mimo y ternura. ¿Seré capaz de dejarlo todo de lado y marcharme? Se que me costará; por más que sean tan solo cosas materiales todo tiene para mi un significado, ha sido parte de mi trabajo, de mi quehacer diario. En mi habitación, que ahora es solo mía, pues Arturo hace dos años que duerme en el cuarto de invitados, está todo aquello que me define, que habla de mis gustos y de cómo soy. Mis libros en la salita contigua, mi ropa, mis zapatos, el cuarto de baño con cada bote de crema, de champú o de perfume. Las fotos de mis padres, de mi hija; toda mi vida en unos metros cuadrados que me han envuelto y protegido del exterior durante mucho tiempo; como si fueran un cálido edredón. Pero la crisálida que me protege ha de romperse, yo misma tengo que romperla, para salir a la luz y disfrutar de claridad el poco tiempo que me quede. Solo me falta el valor necesario para contarlo a las personas que deben saberlo. Esta noche daré el primer paso; y lo demás tendrá que ir poco a poco. Nunca he sido valiente, y me cuestan mucho los cambios.
Para calmar mis nervios me meto en la cocina, en mi reino protector, y entre fogones, ralladores, cuchillos y perolas, me olvido de los problemas que me acechan y doy rienda suelta a mi creatividad. Me gusta cocinar, me ayuda a evadirme de la realidad, y al aferrarme a cosas tan cotidianas como un trozo de buena carne, unas setas, un par de chalotas o el trabajo de ligar una salsa, hacen que me olvide de todo lo demás. Solo existo yo y los olores que se desprenden de mis fogones.
Cuando ya está la mesa puesta, oigo la puerta trasera, la que da al garaje. Eso quiere decir que Arturo ha vuelto; y me extraño, porque es temprano; pero quizá querrá cenar y luego saldrá; lo ha hecho ya muchas veces. Creo que le parece raro que nunca le pida explicaciones, ni le llame si tarda mucho; que no le agobie con preguntas como hacen la mayoría de las esposas. Pero lo que él no sabe es que yo no me siento ya esposa; más bien me veo como un ama de llaves privilegiada.
Arturo, quizá por costumbre, me besa en la mejilla al entrar; o más bien ambos besamos el aire; eso que se hace en los saludos por compromiso.
-Llegas temprano-le digo
-Si, estoy cansado, quiero cenar pronto y acostarme.
-Vaya, pensé que ibas a salir.
Me mira, como sospechando que quiera sonsacarle, y se limita a decir que no, que hoy le apetece quedarse en casa y quizá ver una película.
-Pues yo había pensado que podíamos hablar.
-¿Hablar? –Creo que si le hubiera propuesto que nos lanzásemos en paracaídas no se hubiese sorprendido más. ¿De qué tenemos que hablar?
La verdad es que no pensaba tratar el tema en la cocina, pero decidí que era un momento tan bueno como cualquier otro.
-Arturo, el lunes me iré a Galicia, tal vez me quede una semana en la casa del pueblo.
-Pero está alquilada, ¿Qué vas a hacer allí?
-Bueno, ya sabes que llegamos al acuerdo de que en verano o vacaciones podríamos usar la parte libre de la vivienda. El inquilino solo utiliza la habitación de huéspedes. En realidad quiero conocerle, porque tengo que hacerle una propuesta.
Se quedó callado, esperando que yo continuase.
-Después de que pase la Navidad-empecé a decir- cuando Ursula se marche de nuevo a Estados Unidos, me iré a Galicia.
-¿Por cuánto tiempo?
-Para siempre.
Arturo me miró, asombrado, como si me hubiera vuelto loca.
-¿Qué bobadas dices? ¿Qué significa para siempre?
-Se que tienes una amante, Arturo, lo se desde hace tiempo, así que no necesitas hacer una comedia delante de mi. No te voy a montar ninguna escenita, ni te haré reproches. Creo que tienes derecho a vivir tu vida como quieras, pero debes entender que yo también soy libre de elegir la mía. Y quiero marcharme a mi tierra; estoy harta de la ciudad, y como mi hija ya no está, nada me ata a Madrid. No soy feliz aquí.
-Has vivido aquí más de veinte años, Elena. ¿Desde cuándo has descubierto que no eres feliz?
-Desde que no tenemos nada que decirnos, desde que me he vuelto invisible, y desde que he pasado a ser tu criada en vez de tu mujer. Pero no creas que te estoy culpando de nada, ni que te estoy reprochando. Los dos, o quizá ninguno, somos los culpables. El amor es como una planta que hay que cuidar con cariño, y nosotros la hemos dejado sin agua y sin alimento mucho tiempo. Y se ha muerto, así de sencillo.
-Entonces, debo entender que me estás proponiendo que nos divorciemos.
-Eso me da igual; lo dejo a tu elección. Después de todo, tú eres el abogado. Yo lo único que quiero es marcharme.
-¿Y por qué tanta prisa? ¿No prefieres pensarlo?
-Tengo prisa, si, porque no se de cuanto tiempo dispongo.
-No entiendo.
-Tengo cáncer, Arturo. En un pecho. Y parece ser que está avanzado; así que comprenderás que no voy a ponerme ahora a pensarlo mejor. Ya está todo dispuesto; si no me marcho ya es porque no quiero que Ursula se entere todavía. Cuando me haya ido de aquí se lo diré. Quizá la llame por teléfono o le escriba. Hay cosas que es más fácil hacer con una distancia.
No me contestó nada; supongo que eran demasiadas novedades para que las digiriese tan rápido. En el fondo, me dio lástima.
Si, porque Arturo ha sido siempre un hombre débil. Yo, que le conozco tan bien, lo se. La gente le ve como el abogado de éxito, el hombre con la solución para todo, con la palabra adecuada a cada momento; pero en su yo interior, es débil y miedoso. Yo tampoco soy demasiado valiente, pero cuando ya he tomado una decisión, sigo adelante con ella, aunque me cueste.
-Si estás enferma-dijo cuando se recuperó de la sorpresa-razón de más para que no te vayas. ¿Quién cuidará de ti?
-Aquí también estoy sola, no lo olvides.
-Eso no es verdad. Esta es tu casa. No te voy a dejar sola ahora, a pesar de que si, es verdad, reconozco que estoy viendo a una mujer.
-Es Paula. No le estaba preguntando, la mía era una afirmación.
Si la situación no fuese trágica, me reiría en su cara; se le quedó la boca abierta de la impresión, y buscó el apoyo de una silla.
-¿Cómo lo sabes?
-Porque no soy idiota del todo, aunque tú creas que si. Cuando empezó a trabajar en el despacho, hablabas de ella sin cesar; te llamaba la atención por su gran valía como abogada, pero en cuanto empezasteis otro tipo de relación, se acabaron los comentarios. Y eso me puso sobre la pista. Y además, las dos veces que he tenido que acompañarte a comidas y cenas de empresa, ella se pasó todo el tiempo rehuyendo mi mirada; cuando antes era la primera que se acercaba a saludarme. Blanco y en botella…
-¿Y no dices nada?
-¿Qué quieres que diga? Hace dos años que no nos acostamos juntos, que no tenemos una vida de pareja normal; pues la verdad es que no ha sido una sorpresa. Ya me lo esperaba; y me alegro por ti. Mereces ser feliz.
Estaba anonadado; le costaba hasta respirar.
-¿No me odias?
Me eché a reír
-No lo tomes a mal, Arturo, pero no me importas tanto como para eso. Te quiero mucho, pero como a un amigo, me atrevería a decir que casi como a un hermano, no te veo como mi marido o mi amante. Por eso no hay sitio para el odio. Reconozco que cuando me enteré me sentí algo dolida, pero sobre todo por tu engaño, por tu deslealtad y tu falta de confianza. Si yo me enamorase de otro hombre, te lo diría, no llevaría una doble vida.
-No es fácil confesar esas cosas a una mujer que ha compartido veinticinco años con uno.
-¿Es más fácil engañarla y tratarla como a una tonta?
-No se, Elena. Te pido perdón, te he fallado. Pero ya está hecho. Lo que ahora quiero es ayudarte; no pienso permitir que pases sola esa enfermedad.
-La pasaré sola porque no quiero a nadie a mi lado, Arturo. Es mi decisión, y no hay más que hablar. La enfermedad siempre es dura, pero cuando hay amor, todo se supera. Cuando se cuida de alguien por obligación, es insoportable para las dos partes.
-Pero, ¿Qué harás en Galicia? Allí ya no conoces a nadie.
-Conozco a un buen oncólogo, que es todo lo que me hace falta. Y cuando me encuentre peor, contrataré a una enfermera que se ocupe de mí.
-Por el dinero no te preocupes.
Le toqué el brazo para que dejase de hablar.
-No quiero nada tuyo. Simplemente, he hecho un cálculo de cuanto te cobraría un ama de llaves, cocinera, niñera, anfitriona y secretaria, por los años que hemos estado juntos. Y el montante, que ahora no recuerdo, pero que he anotado en mi agenda, será lo que me lleve en el reparto de bienes. Inmediatamente se lo cederé a Ursula. Yo tengo lo suficiente para vivir.
-¿El qué? Nunca has trabajado, ¿piensas vivir de la renta de la casa de tu madre y de alquilar la del pueblo?
-No. Pienso vivir de una herencia que he recibido hace un año, de la cual no te he dicho nada. Tengo la mitad de una clínica privada en La Coruña, que deja unos rendimientos bastante altos, y dos gasolineras.
Se quedó callado, sin habla. Era la noche de las sorpresas.
Quizá aquella noche tuvimos la cena más animada desde hacía muchos años, porque al menos hablamos. Arturo quería saber quien me había dejado la herencia, pero tan sólo le dije que era un familiar del cual no sabía ni que existía hasta que murió el año anterior. Se quedó con la mosca tras la oreja, pero era cuanto pensaba contarle. Ese secreto me pertenecía tan sólo a mí, y también a mi hija, claro. Ella se enteraría cuando yo faltase, porque una de las cosas que tenía pensado hacer en Galicia era escribir cuanto recordaba de la historia de mi familia. Sería un regalo para Ursula, para que recordase de donde provenía, y también era una especie de confesión de aquellos secretos que todas las familias guardan, y de los que yo me había enterado hacía poco tiempo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario