27 de mayo de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 4



El fin de semana pasó rápido. Me quedé sola en la casa; Arturo se marchó el sábado temprano y volvió el lunes por la mañana, cuando yo todavía no me había levantado, para llevarme al aeropuerto. No me esperaba tanta amabilidad, pero supongo que era una forma de acallar su mala conciencia. No permití que se bajase del coche; me dejó a la entrada, y le besé en la mejilla como despedida, diciéndole que ya le llamaría a media semana para contarle cómo iban las cosas.
Durante el vuelo, de apenas una hora, dormité algo, pero también tuve tiempo a pensar que las separaciones civilizadas, esas que tanto se alaban, en realidad solo son posibles cuando entre dos personas se ha terminado el amor. Si no queda nada, es fácil llevarse bien; a menos que existan problemas en el reparto de los bienes. Pero si algo bueno tenía ese hombre que todavía era mi marido, era su generosidad. Nunca había sido egoísta, y supongo que si le pidiese la mitad de todo, cosa que desde luego no haría, no me pondría problemas.
Llovía en La Coruña, como de costumbre. Tomé un taxi, porque nadie me esperaba, y cuando estaba llegando a la que había sido la casa de la familia de mi madre, me di cuenta de que debí haber tenido la precaución de avisar la hora de mi llegada. El inquilino sabía que era hoy, pero no le dije la hora. Sólo esperaba que estuviese en casa, porque aunque yo tenía una llave, no quería entrar la primera vez de esa manera. Primero tendríamos que hablar. La que ahora era ya mi casa está en un lugar apartado, sin vecinos cerca, si descontamos un monasterio del siglo XII, casi en ruinas; a excepción de la iglesia, donde sigue celebrándose misa los domingos. El paisaje es muy hermoso, con un río cercano y enmarcado entre montañas verdes, pobladas de pinos y eucaliptos. Habíamos reformado la casa poco antes de morir mi madre, aunque mantuvimos su estructura de piedra; solo fue un lavado de cara y una adecuación interior a las comodidades modernas. Tendría que ver si el coche que guardábamos en el garaje seguía en buenas condiciones, porque quizá la batería estuviese agotada; hacía más de un año que nadie lo encendía.
Pagué al taxista, que me ayudó a sacar la maleta, y toqué a la puerta. Tardaba tanto en abrir que pensé que habría salido, y ya iba a guarecerme de la lluvia, resignándome a esperar, cuando por fin alguien abrió.
No sabía nada de mi inquilino, tan solo su nombre; porque el contrato y todas las formalidades se habían hecho a través de una inmobiliaria. Ni siquiera sabía su edad.
Quien me abrió podría haber pasado por un vikingo; era muy alto, con pelo rubio rojizo y barba. Y cuando hablo de barba, no me refiero a que hubiera dejado de afeitarse un par de días, sino que era una barba poblada, cerrada. Llevaba unas gafas de montura negra, que se sacó cuando me vio, y sonrió, mostrando una hilera de blanquísimos dientes. Me tendió la mano, grande y fuerte.
-Hola, soy Daniel Mendoza.
-Elena Sandoval-le dije, estrechando su mano. Lamento no haber precisado la hora de mi llegada. Espero que no se haya tenido que quedar en casa esperando por mi culpa.
-No, no se preocupe, no suelo salir casi nunca por las mañanas. Pase-me dijo haciéndose a un lado.
Me cogió la maleta y entré a la cocina, que estaba agradablemente caldeada. Por el olor, estaba haciendo café, y me preguntó como lo tomaba.
-Con leche y azúcar, por favor.
Creo que los dos estábamos igual de confusos ante la situación; él porque no se explicaba mi presencia allí, y yo, porque ahora que ya estaba sobre el terreno, no sabía muy bien cómo enfocar la situación. Bebí un sorbo de café para infundirme ánimos, y decidí que lo mejor es hablar las cosas claras, sin tapujos.
-Verá-empecé a decir. Supongo que le extrañaría mi llamada
-Si, la verdad. He estado pensando qué problema puede haber, y como estoy al día en los pagos, solo se me ocurre que alguno de mis lejanos vecinos se haya quejado de mi. Aunque me extraña, porque en los dos meses que llevo aquí, no he visto a nadie. Podría dar una fiesta cada noche, y sólo protestarían los que están enterrados en el cementerio del convento.
-No-le tranquilicé. No es nada de eso. En realidad, me avergüenza un poco tener que pedirle un favor.
Tomé aliento, y al ver el gesto de ánimo que me hacía, seguí hablando. Solo esperaba explicar bien la situación.
-Soy consciente que cuando se firmó el contrato se puso como condición poder ocupar la casa en Semana Santa o quince días en el verano; y que lo que ahora le propongo se escapa de lo acordado. Por eso no me importaría rebajarle la cantidad del alquiler como compensación.
-Hablemos primero de su proposición.
-Necesitaría ocupar la casa de manera permanente-le dije de corrido, porque me estaba entrando pánico de cual podría ser su reacción. Me habían educado sobre la base de que la palabra dada nunca se rompe, cueste lo que cueste; y por primera vez en mi vida, lo estaba haciendo.
-¿De manera permanente? ¿Puedo preguntar por qué?
Eso me confundió. Soy reservada por naturaleza, y me molesta hablar de mi vida con desconocidos; pero este hombre tenía cierto derecho a saber, ya que le iba a perjudicar con el cambio.
-En fin, es algo de carácter puramente privado, y no acostumbro a tratar de mi vida con nadie, pero creo que tiene derecho a que haga una excepción con usted. Estoy en trámites de separación con mi marido, y me gustaría vivir aquí. No voy a negarle que quizá fuese posible alquilar otra casa, pero necesito calma, tranquilidad y sobre todo sentirme en un entorno familiar. Y aquí pasaba los veranos de pequeña…En fin, que lamento parecer una persona poco formal, porque le aseguro que no es así. Este tema lo he pensado mucho y creo que no tenemos por qué molestarnos. La habitación que usted ocupa tiene su propio baño, con lo cual solo tendríamos que compartir la cocina; y estoy dispuesta a cederle el uso del salón grande.
-La cocina no sería problema; yo apenas la uso.
-¿Es que no come?
Se rió, y abriendo uno de los armarios, me enseñó una buena muestra de latas.
-¿De eso se alimenta? A mi pesar, no pude evitar decirlo.
-No me gusta cocinar, y aunque una o dos veces en semana salgo a comer algo decente, el resto del tiempo, voy sobreviviendo.
Se me estaba ocurriendo una idea.
-Estoy pensando que podríamos hacer un trato. Acepte mi propuesta y yo cocinaré para los dos. A mi si me gusta cocinar; es más, creo que es de las pocas cosas que hago bien.
-¿Me está sobornando?
-Podría decirse que si.
Los dos nos echamos a reír, y me sorprendí de que una persona tan hermética como yo estuviese riéndose con un desconocido. Claro que más extraño era que fuésemos a compartir casa; en el supuesto caso de que aceptase.
Me sirvió más café, y hundiendo las manos en los bolsillos de sus tejanos, me miró despacio, como valorando lo que veía. No sabía si sentirme ofendida.
-Me parece un trato justo-dijo, por fin. Le seguiré pagando la renta que habíamos acordado, y tampoco necesito el salón para mi uso exclusivo; podemos compartirlo. Confieso que el soborno de que cocine para mi ha hecho que no me lo pensase mucho. Yo me encargaré de cortar la leña. Y…una única cosa.
-¿Si?-no pude evitar asustarme ante su expresión. ¿Qué me iría a pedir?
-Si vamos a compartir casa, será mejor que nos tuteemos, ¿no?
Sonreí, aliviada, y asentí con la cabeza.

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