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MIENTRAS LLEGA MAÑANA 5


Después de ponerme de acuerdo con Daniel, todo lo demás me parecía fácil; hasta la visita que tendría que hacer al oncólogo al día siguiente. Pero primero tenía que encender el coche para ir a comprar lo más necesario; yo no iba a alimentarme de comida enlatada, de eso estaba segura. En el garaje estaba el todoterreno que solíamos usar en verano; pero cuando quise ponerlo en marcha, no hacía ni siquiera amago de encender. Seguí insistiendo, porque tenía cierto reparo de molestar a mi inquilino. Al decirle que estaba en trámites de separación, no quería que se hiciese una idea equivocada y pensase que estaría todo el día pegada a él, llorando mis penas y pidiéndole que me sacase de algún problema. Sin embargo agradecí que entrase en el garaje y por propia voluntad le echase un vistazo. Me avergonzó bastante cuando me dijo que no encendía porque la batería estaba desconectada. Seguramente Arturo lo había hecho así la última vez que estuvimos en la casa, como precaución, pero la verdad es que no me di cuenta. Mis conocimientos de coches solo me alcanzan a encenderlos y hacerlos rodar; pero que nadie me obligue a solucionar averías. En unos minutos me conectó de nuevo la batería y me fui a hacer una compra rápida; de momento lo más elemental para un par de días. Quizá lo malo de vivir en este lugar es que queda muy apartado, y el pueblo más cercano, Pontedeume, está a unos quince kilómetros. Cuando llegué y conseguí aparcar el mercado estaba cerrando sus puertas, pero todavía me dio tiempo a comprar verdura, fruta, algo de carne y un queso fresco. En un supermercado completé la compra con lo más esencial y llegué a tiempo de preparar una comida rápida y sencilla, pero sana; que fue muy celebrada por mi inquilino. Lo bueno de la gente que no sabe cocinar es que cualquier cosa les parece que es el culmen de la sofisticación en la cocina.
Me acosté temprano, porque al día siguiente tenía una consulta a primera hora de la mañana. Cuando llegué a la clínica, el oncólogo estaba esperándome ya en la puerta de la consulta. No es que yo sea demasiado importante, pero para él soy bastante especial, puesto que somos hermanastros, y nos hemos enterado hace apenas un año. Los dos pensábamos que éramos hijos únicos; y descubrir, cuando ya no falta mucho para alcanzar la cincuentena que se tiene un hermano, es una sorpresa, por decirlo de alguna manera. En nuestro caso, fue agradable para los dos; y ahora Diego era una persona muy importante en mi vida. Abrió los brazos en cuanto me vio, y me refugié en ellos; me hacía falta sentir calor humano, saber que había alguien a quien yo le importaba y en quien podía descansar mis miedos. Aunque sólo somos hermanos de padre, Diego y yo nos parecemos bastante, excepto en la estatura. El es muy alto, y yo apenas llego al metro sesenta; pero tenemos los mismos ojos dorados; color uva, a decir de mi madre; y el pelo castaño claro. Nuestros pómulos son altos y los labios gruesos. Cuando me enseñó fotos de nuestro padre, que él conoció y yo no, entendí de quien había heredado yo tantas cosas para las que no encontraba parecido en mi madre ni en Luís, el que yo pensé siempre que había sido mi padre.
Me hizo pasar y sentarme, y antes de preguntarme nada, con un simple gesto me pidió los informes del médico de Madrid. Los estuvo leyendo un buen rato, sin decir palabra, y cuando acabó, me miró fijamente y empezó a hablar con su voz suave y pausada.
-Bien, no es tan terrible como tú lo has pintado por teléfono. Está avanzado, si, pero hay remedio. Tengo que hacerte varias pruebas, pero casi con seguridad que lo mejor será operar lo antes posible.
-¿Qué significa operar? Háblame claro, Diego. ¿Me vas a quitar el pecho?
-Mujer, lo dices como si fuese un capricho mío. Lo que te voy a quitar es el tumor; dependiendo de lo extendido que esté, valoraremos lo demás.
-No quiero andar por la vida sin un pecho, como si fuese una amazona.
-¿Prefieres morirte?-me dijo con brusquedad. Y como no le contesté, siguió hablando. Si me haces caso es muy posible que, con un pecho menos, sigas viviendo. Si te pones cerril, serás un hermoso cadáver con dos pechos. Más carne para los gusanos.
-¡Qué desagradable eres cuando quieres!
Me tomó la mano, y la apretó.
-¿Por qué te digo las cosas tal y como son? Puedo entender tus temores, porque no eres la primera mujer a la que tienen que sacar un pecho; créeme, y todas lo pasan igual de mal. Pero si no hubiese otra solución, es la mejor medida que podemos tomar. Se trata de poner remedio para intentar salvarte la vida. Además, tengo un amigo que es cirujano plástico, y en el supuesto de que tuviésemos que extirpar, te haría una reconstrucción.
-¿Y tú crees que luego voy a ir con un pecho como el de una niña de quince años, y el otro caído?
Se echó a reír y sacudió la cabeza.
-Siempre poniendo pegas. Te dejaremos que elijas entre varios modelos, y te puede dejar los dos como los de una jovencita.
Era un alivio tener a alguien como Diego en estos momentos.

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