29 de mayo de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 6



Porque cuando uno piensa que el suelo se hunde bajo sus pies, que todo está perdido; encontrar un hombre amigo en el que recostarse, y que además es capaz de bromear y desdramatizar la situación, ayuda mucho. Y todo eso lo había hallado yo en Diego; aparte de que era uno de los mejores oncólogos del país. Me sentía segura poniéndome en sus manos, y decidí que dejaría de darle más vueltas al asunto. Haría lo que él me dijese que tenía que hacer, sin discutir. Si eso significaba vivir sin un pecho, intentaría hacerme a la idea, aunque me costase. Ante mi misma he de reconocer que el perder un pecho me asustaba, porque me hacía sentirme incompleta como mujer. Pero no estaba en condiciones de discutir ni de decidir tampoco por mi misma; ya lo hacía el mal que llevaba dentro, y lo que deseaba era atajarlo, arrancarlo de cuajo de mi cuerpo y volver a ser yo misma.
Me hicieron en ese mismo día todas las pruebas que Diego encargó, y me marché a casa bastante tranquila, porque mi hermano me había prometido que en dos días, tres a lo sumo, me informaría de lo que decidiese.
Nadie de mi familia sabía todavía de la existencia de Diego. Yo misma me había enterado el año pasado, cuando él me visitó en la casa del pueblo un fin de semana de octubre que pasé allí sola. Cuando le abrí la puerta y enfrenté su mirada, creo que en lo más hondo de mi supe que teníamos algo que ver. Fue como mirarme con mis propios ojos. Es curioso que me haya pasado media vida lamentando no tener hermanos, y ahora haya encontrado a uno que va a intentar salvarme la vida. Aunque al principio me enfurecí con mi madre e incluso fui al cementerio donde está enterrada con la absurda idea de hacerle reproches ante su tumba, poco tardé en perdonar su silencio. Creo que intentó no dañarme, que tomó la decisión de ocultar la verdad para protegerme, aunque no se bien de qué. Lo entiendo mientras yo era pequeña y mientras el hombre al que yo siempre llamé padre seguía vivo; pero luego debió decirme la verdad. En cualquier caso, ya no se puede volver atrás; y aunque Diego y yo hayamos perdido unos preciosos años de estar juntos, me gusta ser positiva y mirar hacia delante. Por eso quiero poner por escrito, ahora que tengo tiempo, la historia de mi familia; al menos la que yo recuerdo, para que mi hija sepa de dónde procede; y para que ella misma tenga algo que contar a sus propios hijos. La mía es una familia donde las fuertes han sido siempre las mujeres; aunque intentasen disimularlo. La primera a la que recuerdo es a mi abuela Flora, que fue una segunda madre para mí, y que me enseñó tantas cosas. En mis primeros años, ella fue más que abuela, mi madre; y era a ella a quien llamaba por las noches cuando tenía una pesadilla, y de quien me acordaba el primer día que me dejaron en el colegio, y tenía tanto miedo de que nadie volviese a recogerme. Mi propia madre estaba muy ocupada siempre, porque mi padre, o al que yo traté como padre; ya en aquel entonces estaba postrado en una silla de ruedas, y necesitaba bastante ayuda. Cuando era pequeña pensé que lo normal era que los padres no pudiesen caminar, porque el mío no lo hacía; y por eso me llevé la mayor sorpresa de mi vida cuando el padre de mi amiga Julia fue una tarde a buscarla al colegio, y le vi caminar. En mi mundo caminaban los tíos, los abuelos, los vecinos, pero no los padres.
La explicación que me dieron cuando empecé a preguntar por qué Papá no podía andar, era que había tenido un accidente con el coche. Lo que nadie me dijo, sino que yo lo descubriría más adelante, era que conducía mi madre, y que ella siempre se sintió culpable de la minusvalía de su marido. En la adolescencia, cuando me enteré, confieso que yo también la culpé; y tuvo que pasar un tiempo hasta que me di cuenta de que la culpabilidad era precisamente la fina cadena que mi padre usaba para tenerla pegada a él, aunque ella ya no le quisiera. Creo que esa fue la primera decepción que me llevé con los hombres. Si mi padre, a quien yo idolatraba, había sido capaz de ser tan mezquino y egoísta de permitir que una mujer sufriera toda su vida remordimientos, ¿qué no sería capaz de hacer cualquier otro hombre?
Nunca me dijeron la fecha exacta del accidente; pero cuando mi padre murió, buscando entre los papeles que hacían falta para solucionar problemas de la herencia, encontré el informe de su hospitalización, y fue dos años antes de mi nacimiento. Eso hizo que me saltasen algunas alarmas, porque yo siempre había pensado, o me habían hecho creer, que mi padre se había quedado inválido cuando yo era un bebé. Sabía que la incapacidad de mi padre le impedía engendrar un hijo, así que si yo había nacido dos años después del accidente, era imposible que fuese su hija biológica. Cuando lo descubrí se me cayó el mundo encima, pero de momento no me sentí capaz de decirle nada a mi madre.

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