30 de mayo de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 7



Luís Sandoval, al que yo amé como padre y así le traté siempre, era un hombre bueno del que guardo los mejores recuerdos y al cual, con la distancia que me proporciona el tiempo que ha pasado, le sigo queriendo como al único padre que conocí. Aunque él sabía que no era mi padre biológico, se que me quiso como a su verdadera hija y me inculcó muchos de sus principios y su forma de ver la vida. Parte de la mujer que actualmente soy es obra suya. Pasaba con él mucho tiempo, porque mi madre trabajaba como secretaria en la consulta de un médico, y era mi padre quien estaba en casa cuando llegaba del colegio, y quien me ayudaba con los deberes. El también trabajaba; pero lo hacía desde casa, con lo cual era el que tenía más tiempo para dedicarme. Mi padre había dado clases de inglés antes del accidente y luego se hizo traductor para poder trabajar desde casa con más comodidad.
De Ernesto Montes, mi verdadero padre, solo se lo que Diego me ha contado. Mi madre nunca me habló de él, por más que yo insistiese. Desde que supe que era totalmente imposible que mi padre fuese Luís, y dado que él ya estaba muerto, la acosé incesantemente con preguntas; pero lo único que pude sacar en claro era que yo estaba en lo cierto; Luís no era mi padre biológico, pero como era agua pasada no iba a decirme quien era el hombre que me había engendrado. Algunas veces me insinuó que ya estaba muerto, pero nunca me contó nada de manera clara.
Nunca me llevé bien con mi madre, ni siquiera cuando era una niña. La función maternal de dar calor, abrazos, besos y mimos la cumplió con creces mi abuela. Quizá por eso cuando nació mi hija fui una madre que besaba, acariciaba y mimaba sin cesar. Todavía hoy, cuando Ursula es ya una mujer de veintidós años, me gusta recibirla y despedirla siempre con besos y abrazos, y no era extraño que por la calle fuésemos cogidas de la mano, al menos hasta que se hizo adolescente. Doy mucha importancia al contacto físico, porque es lo primero que nos acerca a las personas. A veces, una caricia o una palmada en el hombro valen más que mil palabras.
Pero mi madre, aunque se que me quería y trataba de que yo tuviese lo mejor, estaba demasiado herida por la vida para darme a entender lo que significaba para ella. No era feliz, ansiaba otra vida distinta y creo que la mayor parte de los años de mi infancia y adolescencia los pasó como encerrada en una cárcel, avistando por la ventana, entre los barrotes, la manera de volar lejos y no volver. Nunca lo consiguió y se murió añorando una vida que nunca tuvo. Eso lo entendí con el paso del tiempo; pero cuando era niña solo sabía que ella nunca estaba a mi lado cuando la necesitaba; y que solo se hacía presente para castigar o regañar.
Llegué cuando ya anochecía y me metí directamente en la cocina para preparar la cena. No sabía si Daniel estaba en casa; quizá estuviera en su cuarto, pero de todos modos no era asunto mío. Cumpliría con mi parte del trato, prepararía la cena y si no llegaba a tiempo se la dejaría en el horno para que se mantuviese caliente. Cuando estaba aliñando la ensalada oí cerrar la puerta del garaje y Daniel entró a la cocina. Llevaba un envoltorio bajo el brazo.
-Buenas noches-saludó desde la puerta. ¿Has cenado ya?
-No, estaba acabando de prepararla. Es que he estado fuera todo el día, hace poco que he llegado.
Me entregó el envoltorio, que resultó ser una botella de vino.
-¿Y esto?-le pregunté.
-Mi humilde contribución a la cena. No se cocinar, pero tengo buen gusto para los vinos, y como es la primera cena que compartimos…
-No era necesario; pero de todos modos te agradezco mucho el detalle. Me haces sentir todavía más culpable.
-¿Culpable de qué?
-De faltar a mi palabra, de obligarte a compartir la casa.
-No, no me has obligado. En todo caso he sido débil por caer en la tentación del soborno.
Nos sentamos a cenar, y aunque pueda parecer extraño no me sentía incómoda de compartir la mesa con alguien que era un completo desconocido para mí. Quizá porque llevaba ya muchos años cenando con mi marido, que también se había convertido en un desconocido. Este desconocido, al menos, podría tener algo novedoso que contarme.
-Me llama la atención que te hayas fijado en este lugar para recluirte-le dije. Aunque, desde luego no es asunto mío. Pero nunca pensé que una persona que no hubiese nacido en la zona se sintiese a gusto aquí.
-A mi me gusta precisamente porque está apartado de todo. Necesito paz para trabajar.
-¿Podría preguntarte en que trabajas, o sería de muy mala educación?
Se echó a reír, y después de servirse pollo por segunda vez, me contestó.
-No, no creo que sea de mala educación. Soy periodista; pero me he tomado un año sabático para encerrarme a escribir un libro.
-¡Qué interesante! A mi también me gusta mucho escribir, pero como aficionada, claro.
-Bueno, yo tampoco soy escritor profesional. De hecho, es la primera vez que escribo un libro. No tiene nada que ver con escribir artículos.
Se levantó para hacer café. Y mientras trasteaba buscando la cafetera y las tazas, me preguntó que era lo que me gustaba escribir.
-Bah, nada importante. Simplemente cuando estoy triste suelo poner por escrito lo que en ese momento se me ocurre. No se escribir, lo hago solo para sacar tensiones. Aunque en este momento lo que me apetece es escribir acerca de mi familia; recuerdos que quiero dejar a mi hija, para que nunca se olvide de donde viene.
-¿Y no sería mejor que se lo contases?
-Mi hija está estudiando en el extranjero, y nos vemos menos de lo que a mi me gustaría. Y lo escrito tiene más valor que lo que se dice. Si consigo acabarlo, será algo que tenga de mí, y que pueda dar luego a sus hijos.
Daniel me miró fijamente, entornando sus ojos grises, y dijo algo que me hizo recordar por qué estaba aquí.
-Hablas como si te estuvieses despidiendo.
Era muy perspicaz. Quizá por eso no le contesté. No me apetecía hablar de lo que ocupaba mi mente todas las horas del día.

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