31 de mayo de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 8



¡Qué extraño me resultaba hablar con alguien que me escuchase y sobre todo que contestase a lo que yo decía! Desde hacía ya muchos años estaba acostumbrada a los monólogos a la hora de la cena. Eso en el mejor de los casos; porque últimamente estaba tan hastiada de que Arturo no me escuchase que había desistido de decir nada y nuestras cenas eran de esos encuentros solitarios en los que cada cual mira hacia su interior y no se fija en el otro. No le echaba de menos. De hecho, en los dos días que llevaba en Galicia ni me había acordado de él. Y eso me dolía, porque quería decir que había vivido más de veinte años con alguien que me había dejado muy poca huella. La voz de Daniel me hizo volver al presente.
-Te estaba diciendo antes de que tu mente se alejase de esta cocina, que te pido perdón si te he molestado con mi comentario. Te ha cambiado la cara al oírme.
-No, no hay nada que perdonar, no me has molestado. Lo que pasa es que me he vuelto algo huraña; creo que he pasado demasiado tiempo sola y ya no estoy acostumbrada a que alguien me pregunte qué pienso o que siento, o que simplemente se interese por lo que digo.
-Yo no soy muy diplomático y cuando hablo con alguien no suelo hacerlo por mera cortesía o para llenar silencios, sino porque me interesa escuchar lo que la otra persona dice. Y parece ser que en este largo invierno, apartados de todo y de todos, tendremos ocasión de contarnos muchas cosas, ¿no?
Me encogí de hombros, sin saber bien qué contestar. ¿Estaba hablando en serio, o simplemente se estaba burlando de mí? Creo que él se dio cuenta de que su comentario me había dejado algo aturdida.
-De todos modos la casa es grande y no nos molestaremos mutuamente. No es que yo sea de esas personas que no se pueden mantener calladas; así que no te preocupes; me parece que no nos agobiaremos el uno al otro.
-Me gusta hablar de vez en cuando; y callar cuando hay que callar. Y además, supongo que estaremos ambos muy ocupados. Apropósito, ¿has pedido ADSL? Porque la casa solo tenía línea telefónica.
Se echó a reír.
-El ADSL es un lujo que todavía no ha llegado a estos parajes. Lo que me ofrecieron fue una conexión a Internet de antes del Diluvio, de esas que no te permiten conectarte y hablar por teléfono a la vez; y he preferido traerme el módem del móvil. Funciona bien. Te aconsejo que hagas lo mismo.
-Si, lo haré. Necesito Internet para hablar con mi hija todos los días.
-¿Le has dicho ya que te vas a mudar aquí?
-No, esperaré a que llegue la semana próxima, para pasar la Navidad, y entonces se lo contaré. No sé cómo se lo tomará.
-Ya es mayor, ¿no? Lo entenderá.
-Si, supongo, solo espero que no me culpe. Siempre ha estado muy unida a su padre.
-¿Y por qué había de culparte? Cuando dos personas se separan no suele haber culpables; o lo son los dos.
-Yo también pienso así, pero los hijos a veces son muy duros a la hora de juzgar a los padres. Lo digo por experiencia; yo nunca me llevé bien con mi madre, y ahora que ya ha muerto es cuando empiezo a perdonarle algunas cosas que en vida no fui capaz de olvidar.
Se levantó para servirse más café.
-No es fácil perdonar; pero hay que hacerlo. El que no aprende a perdonar nunca consigue vivir en paz.
Me pareció, por la expresión de su mirada y el tono de su voz, que hablaba de algo que conocía bien. Me llamaba la atención este hombre; parecía que se ocultaba de algo o de alguien, que huía, pretendiendo dejar atrás alguna mala experiencia o quizá una relación equivocada. Ya la primera vez que le vi me sorprendió esa barba tan poblada que le daba un aspecto fiero que sus ojos grises, dulces y a la vez chispeantes, desmentía. Pero también me fijé en una cicatriz bastante grande que tenía en la frente, justo encima de la ceja derecha; era como un costurón de color mucho más claro que el resto de su piel, que era también bastante blanca, y con la carne arrugada. A pesar de que era horrible, como todas las cicatrices, a él no le afeaba; parecía más bien como si añadiese carácter a sus rasgos, ya duros de por sí; con aquellos ojos rasgados que le daban cierto aspecto de un gato salvaje al acecho de su presa.

Dos días antes de que me marchase de nuevo a Madrid Diego se presentó en casa sin avisar, a la hora de comer. Me dijo que no podía quedarse mucho tiempo porque esa misma tarde tenía consulta. Daniel no estaba en ese momento y hablamos en la cocina.
-Elena, tienes que operarte lo más rápido posible. Y es casi seguro que tengamos que quitar el pecho; es la única manera de asegurarnos de limpiar bien la zona y evitar que se expanda el mal.
Cerré los ojos un momento para que mi hermano no me viera demasiado afectada. Todo lo que pienso o siento se refleja en mi mirada, y necesitaba evadirme un minuto tan solo, pensar en otra cosa, respirar hondo. Sentí que Diego me tomaba la mano y me la apretaba. Le miré.
-Está bien. Ya me lo imaginaba. No te diré que me encante la idea, pero si es la única solución, podré resistirlo. O eso creo.
-Lo resistirás, porque además no estás sola, ya lo sabes. ¿Cuándo quieres que fijemos la fecha?
-Después de Año Nuevo.
Puso cara de pocos amigos, pero no le dejé que continuase.
-No, Diego, eso no es negociable. No voy a estropear más las vacaciones de Ursula. Me parece suficiente con que se entere de que me separo de su padre; no necesita además saber que tengo cáncer.
-¿Y no se lo vas a decir?
-Si, claro que se lo diré, pero después de que todo haya pasado. Cuando me haya operado, cuando sea un hecho ya consumado, se lo diré.
-No es bueno que pretendas protegerla de todo, ya lo sabes.
-Me da igual lo que pienses. Ya he tomado una decisión.
Suspiró. Supongo que pensaba que era muy testaruda, y quizá estuviese en lo cierto. Pero no me gustaba la idea de ver sufrir a mi hija.
-Entonces lo haremos el 3 de enero-me dijo sacando su agenda. Tendrás que ingresar el día anterior. Te prepararé el billete para que llegues a primera hora el día 2, y como no me fío de ti, te iré a recoger al aeropuerto y te llevaré a la clínica directamente.
-Está bien. No me imaginaba que tener un hermano mayor fuese algo tan pesado-bromeé.
Pero me quedé muy sorprendida cuando me abrazó bien fuerte contra su pecho, y al separarnos vi que tenía los ojos llenos de lágrimas.
-No te dejaré sola-me dijo. Vas a tener que soportarme muchos años.
-Ojala sea así y sigamos sacándonos de quicio mutuamente.
En ese momento oímos la puerta de la calle. Era Daniel que regresaba. Entró en la cocina y al ver a Diego se quedó parado en la puerta.
-Lo siento-dijo. No sabía que tuvieses visita.
Le tomé por un brazo e hice que entrase de nuevo.
-Pasa, te presentaré a mi hermano. Daniel, este es Diego. Y este es Daniel Mendoza, mi inquilino, aunque ahora debería decir mejor compañero de casa.
Se estrecharon la mano y se midieron mutuamente con la mirada. Diego estaba sopesándole, calificándole, supongo que decidiendo si le daba el visto bueno. Por su sonrisa, creo que se lo dio.
-Diego, ¿por qué no te quedas a comer? Tenemos sopa de verdura y pescado al horno. Y tarta de manzana de la que te gusta.
-No, lo siento. En una hora tengo consulta. Hoy creo que me saltaré la comida. No te olvides de lo que te he dicho. Te llamaré para darte el número de vuelo, y estaré esperándote en el aeropuerto.
Me besó al salir, y no quiso que le acompañase a la puerta.

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