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NOVELA 11



-Y eso supongo que te parece normal-la acusó con voz calmada pero no por ello menos enojada con esa actitud que ella calificaba de infantil e irresponsable. Tu hijo tiene derecho a tener un padre y ese hijo de puta también tiene el derecho y desde luego el deber de saber que vas a tener un hijo suyo. Porque lo vas a tener ¿no?
-Desde luego que si-le contestó Inma, cerrando los ojos y reposando la cabeza contra el respaldo. Mira, ahora mejor déjame que descanse y tú atiende a la carretera, que buena falta te hace. Conduces fatal; y no es momento de que nos matemos. Luego, cuando lleguemos a tu casa y hayamos dormido, es decir, mañana, frente a una buena taza de café, permitiré que me sermonees a tu gusto. Ahora haz el favor de dejarme en paz. Darte la noticia y soportar tu manera de conducir es más de lo que puedo aguantar en un solo día.
Apenas hablaron durante el trayecto, ni siquiera al llegar a la casa de Amanda; las dos estaban demasiado cansadas para eso. Fue a la mañana siguiente, a la hora del desayuno, cuando frente a un café caliente y unas tostadas decidieron enfrentarse a la situación. Inma tenía ya mejor aspecto, después de haber descansado y sobre todo después de su confesión. La noche anterior estaba tan agotada; física y emocionalmente, que apenas se fijó en la casa ni en su entorno. Pero ahora sí pudo darse cuenta de la belleza del paisaje que se divisaba desde la ventana de la cocina, así como que ésta era cálida y acogedora. El cuarto que Amanda le asignó le había gustado; se veía el mar y las casitas coloreadas del puerto. La cama era mullida y cómoda y alejada de los ruidos de la ciudad había dormido toda la noche de un tirón. Quizá fuese el descanso lo que ahora hacía que estuviese tranquila y pudiese enfrentar el interrogatorio al que sabía que su amiga la iba a someter. Se sirvió otra taza de café con leche y el contacto con la porcelana caliente la hizo estremecerse de placer; le pareció que si fuese una gata estaría empezando a ronronear.
-No deberías tomar tanto café, no es bueno para el niño-le aconsejó Amanda.
Inma la miró de reojo y no se dignó contestar. Ya se imaginaba algo semejante. Las dos tenían la misma edad pero a pesar de eso Amanda siempre la había tratado con cierta condescendencia mezclada con instinto de protección. Nunca se explicó el motivo por el cual su amiga tenía tanta afición a hacerle de madre a todo el mundo.
-En fin, ayer no me dejaste que te regañase como hubiese querido y no insistí porque no estabas bien, y yo también estaba demasiado cansada, tengo que confesarlo. Pero hoy no te librarás de que te diga que has actuado como una verdadera inconsciente. Tienes que hablar con Lucas y contarle lo del niño. Tendrá que ayudarte económicamente y reconocer a su hijo.
-Ni lo sueñes. No quiero saber nada de él, en ningún sentido. Puedo mantener sola a mi hijo y no quiero darle armas con que atacarme a ese hijo de puta.
-Pero aunque no necesites su ayuda económica, criar a un niño sola no es nada sencillo. ¿Quién se ocupará de él si tú estás enferma? ¿Tomarás tú sola todas las decisiones en cuanto a su educación? Me parece algo egoísta por tu parte.
-¿Egoísta? Aquí el único egoísta que hay se llama Lucas Prado; él si ha sido un cabrón egoísta.
-Cuando hablo de egoísmo-puntualizó Amanda-me refiero más bien a que tu hijo también tiene derecho a saber quién es su padre y a relacionarse con él. ¿Quién eres tú para privarle de su padre?
-Estará mejor sin saber nada de ese cabrón-dictaminó Inma untando de mermelada otra tostada. Me basto sola para criarle y educarle.
Amanda no se dio por vencida y pasó la siguiente media hora intentando convencerla de la conveniencia de hablarle al denostado Lucas de su próxima paternidad. Pero Inma no estaba dispuesta a dejarse convencer y al final tuvo que reconocer que en el fondo no era asunto suyo y ya no podía hacer nada más.
Estaban recogiendo la mesa cuando sonó el timbre de la puerta. Amanda se sobresaltó, no esperaba a nadie a aquellas horas ni estaba presentable para recibir visitas, con un pijama azul algo deshilachado y ositos bordados en el pecho. Pero a pesar de todo, abrió la puerta, no le quedaba más remedio. Una mirada fría y burlona la recibió del otro lado y sin mayor miramiento una mano grande la apartó ligeramente para pasar.
-¿Usted a qué hora se viste? Ya son las diez de la mañana-la acusó Javier Valdés.
-Perdón, ¿habíamos quedado? No recuerdo haberle llamado. Y me visto a la hora que me da la gana.
Pero apenas pronunció esas palabras se dio cuenta de que había metido la pata y una vez más se había dejado llevar de la furia que la dominaba cuando este mentecato la provocaba. Una vez más había caído en su trampa.
-No, no habíamos quedado. Pero hay cosas que tengo que ver antes de tomar ciertas decisiones de cómo actuar. Y como usted tiene mucha prisa, no me ha quedado más remedio que acercarme esta misma mañana, a pesar del mucho trabajo pendiente-le dijo, como vendiéndole el favor. Por cierto, me vendría bien un café. No he tenido tiempo de desayunar.
Amanda se dio la vuelta para mirarle, con la boca abierta por la sorpresa. ¿Es que este desgraciado pensaba que podría venir a desayunar a su casa todas las mañanas? Pero pudo más la educación de su madre, quien opinaba que una buena anfitriona sabe disfrazar sus sentimientos hacia los invitados indeseados, y le invitó a que se sentase; algo tarde según se dio cuenta, pues él ya lo había hecho y tabaleaba con los dedos encima de la mesa de madera. Tuvo que morderse los labios para no decirle que dejase de hacer ese molesto ruido. Se dio cuenta de que Inma había desaparecido, sospechaba que a arreglarse. Volvió diez minutos más tarde, cuando ya el arquitecto estaba dando cuenta de una taza de café, un zumo de naranja y cuatro tostadas generosamente untadas de mantequilla y mermelada de naranja. Ella, por tener algo entre las manos, se había servido también otra taza de café.

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