5 de mayo de 2015

NOVELA 12



Javier alzó la mirada cuando Inma entró en la cocina, y se levantó de la silla. Amanda hizo las presentaciones y contra lo que cabría pensar, él se portó bien y charló con la recién llegada amigablemente. Al parecer, sus ademanes de gañán quedaban exclusivamente reservados para ella y con el resto de la humanidad se comportaba con normalidad. La constatación de este hecho solo hizo que se pusiese de peor humor del que estaba. ¿Con qué derecho se permitía ese desgraciado tratarla como si ella fuese tonta? Pensó en pedirle que saliese de su casa para no volver a pisarla, pero el sentido común pudo más, y pensó que acabar pronto las obras bien valía tragar algo de bilis para no partirle la cafetera en la cabeza.
Tan violentos deseos quedaron frustrados por el timbre de la puerta, de nuevo. Era Miguel que le traía su flamante coche, otro paso adelante en su nueva vida. Le mandó pasar y le sirvió un café. Su presencia fue como un soplo de aire fresco que entrase en la cocina. El ambiente estaba ligeramente caldeado, como siempre que el arquitecto y ella compartían un espacio reducido, aunque Inma había intentado sacar algo de hierro al asunto. Pero era imposible estar cerca de Javier Valdés y no sentirse intimidada y furiosa, a partes iguales. Mientras repartía café para los cuatro y aprovechando que él estaba bromeando con el recién llegado, le miró con más detenimiento. Era un hombre atractivo, de buen porte e inteligente. Pero había algo más en él que aunque la atraía peligrosamente también la asustaba. Una dureza en su mirada y en sus labios que le advertían de que podría ser muy peligroso traspasar ciertas fronteras. Se detuvo mirando sus manos; eran grandes y fuertes, con las uñas muy cortas y cuadradas. Por un momento se estremeció imaginando como sería que esas manos que ahora sostenían la taza de café la acariciasen. Boqueó como un pez al que acaban de sacar del agua ante tal dislate. Ciertamente, llevaba demasiado tiempo sin acostarse con un hombre y eso estaba haciendo mella no solo en su cuerpo sino también en su cerebro. Tendría que remediarlo, pero no con el arquitecto, desde luego, por más que no podía negarse a sí misma que la atraía. ¿Y Miguel? Le miró de refilón pero a pesar de que era guapo y le parecía un chico estupendo…no le hacía sentir mariposas en el estómago; ni siquiera un leve aleteo. Se enfadó consigo misma al darse cuenta de que seguía imaginando tórridas escenas en brazos de Javier y quizá por eso retiró su taza con furia y derramó algo del café que le quedaba encima de la mesa. El la miró con una mueca burlona en sus ojos castaños; y esa media sonrisa que ella tanto detestaba. Si no supiera que era totalmente imposible diría que sabía perfectamente cuales habían sido sus pensamientos hacía apenas unos momentos.
Pero evidentemente eso era del todo imposible, lo cual la devolvió a la realidad. Se disculpó para ir a ponerse al menos unos vaqueros y un jersey y después de lavarse la cara y atusarse el pelo salió al exterior a ver su flamante coche nuevo. Era rojo, tal y como lo había pedido, y pequeño. Parecía manejable y le dio seguridad darse cuenta de que poco a poco iba encaminando su vida. Esto era como empezar de nuevo desde cero y ese sentimiento la hizo sentirse feliz. Recordó de pronto, mientras despedía a Miguel, cómo a Ricardo, su antiguo novio, le molestaba lo que él llamaba su faceta lunática. Y se dijo que si tenía que ser totalmente sincera consigo misma, tenía bastante razón. Era un poco ciclotímica, y podía estar en un momento arriba del todo para bajar a los infiernos en un segundo. Pero ahora mismo estaba contenta y decidió que había que aprovechar el momento. Se detuvo en el jardín, pensando en plantar algunos bulbos y unas hortensias al lado de la cerca que daba a la carretera. No sabía mucho de jardinería, pero algo había aprendido al lado de su madre y le gustaban mucho las flores. Pensó que en verano podría poner una pequeña pérgola a la sombra del castaño para desayunos o cenas. Quería ofrecer a sus futuros clientes un lugar acogedor que les hiciese olvidar que estaban en un hotel. Anotó mentalmente comentar lo de la pérgola con el indeseable de arquitecto. Y por cierto…hablando del ruin de Roma, aquí llegaba.
-He pensado que será mejor empezar por las obras para acondicionar la bodega para que pueda usted mudarse allí cuanto antes y no me estorbe con las obras de la casa.
-Querrá decir que no me estorben ustedes a mí.
Él la miró con esa risa torcida y burlona.
-Dígalo como usted quiera, pero eso es lo que haré. Hay que elegir el suelo que quiere poner y los muebles de cocina, así como el color de la pintura.
-Lo tengo todo pensado.
Javier la miró asombrado. Estaba acostumbrado a tratar con clientes que no pensaban por sí mismos, que dejaban que él los guiase; y esta señoritinga de ciudad quería llevar siempre la voz cantante en todo.
-Sorpréndame.
-Quiero suelo de tarima. La madera es cálida y un material vivo.
-Pero no en todo. No se puede poner madera en la cocina.
-Claro que se puede. Y así lo haré. Hay una madera más dura, resistente al agua. Esa pondré. En cuanto a los muebles de cocina, algo de color cálido; quizá madera rubia combinada con muebles lacados en naranja o salmón.
-Naranja o salmón-repitió él mirándola como a una loca.
-Sí. Quiero alicatar solo la parte donde vaya la vitrocerámica y el fregadero. Lo demás irá pintado en color vainilla.
-¿Quiere dejar de darle nombres de comida a cada color? Me revuelve el estómago.
Amanda le sonrió con fingido aire angelical.
-Me da igual cómo le siente a su estómago. Yo pago, yo elijo. Y yo llamo a los colores cómo me da la gana. Mañana mismo iré a encargar los muebles de cocina, la pintura y la madera del suelo. Usted simplemente tenga las medidas preparadas y dígame qué cantidad de pintura voy a necesitar.
Y le dejó con la palabra en la boca, mientras él la miraba, asombrado y enfadado a partes iguales.

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