6 de mayo de 2015

NOVELA 12



Javier Valdés no estaba acostumbrado a sentirse intimidado por nadie, menos por las mujeres. Era siempre él quien llevaba la voz cantante. Y esta chica de pelo ingobernable y ojos claros en unos rasgos como de niña inocente le estaba ganando la partida. Aunque al principio había pensado que todo estaba bajo control, lo cierto era que no hacía falta ser un portento para darse cuenta de que bajo su apariencia aniñada y tímida se escondía todo un carácter que no sería fácil doblegar.
Los días siguientes transcurrieron de manera tan rápida que Amanda no tuvo tiempo a pensar demasiado. De común acuerdo Inma decidió quedarse con ella por un tiempo. Trabajaba para una editorial, traduciendo libros y textos del alemán y del italiano; pero casi siempre había hecho el trabajo desde casa y con ir a la oficina una vez cada dos semanas era bastante. Cuando estuvo instalada la línea de teléfono y tuvieron internet de nuevo se sintieron conectadas con el mundo sin perder la sensación de estar viviendo en el confín de la tierra. Los trabajos de acondicionamiento de la vieja bodega marchaban a buen ritmo. Tenía que reconocer que el arquitecto sabía cómo hacer las cosas y una vez que ella se dio cuenta le dejó un poco más a su aire, con lo cual el ambiente se hizo algo menos tenso. Solía dedicar las tardes a ordenar armarios y tratar de decidir qué cosas de su tía deseaba guardar y cuáles no. Como nunca habían estado muy unidas no tuvo que padecer el sentimiento de deshacerse de objetos que le trajesen demasiados recuerdos. El guardarropa de Irene Cuesta no era demasiado extenso. Un par de abrigos buenos, aunque pasados de moda, y los consabidos vestidos oscuros y aburridos con que solía vestirse. Lo empaquetó todo y lo dejó al lado de la puerta para llevarlo al día siguiente a la parroquia.
Se entretuvo mucho más con los cajones de la cómoda y rebuscando en los muebles del salón. Encontró el testamento de sus abuelos y de sus bisabuelos, y le dio un ligero pálpito tocar aquellos viejos papeles que de alguna manera guardaban la historia de su familia. De sus abuelos apenas tenía recuerdos. Los dos habían muerto cuando ella era pequeña y de todos modos su madre nunca había tenido con ellos una relación fluida. No sabía muy bien el por qué, aunque sospechaba que no habían aprobado que se casase con su padre. Su tía se lo dejó entrever en una ocasión, aunque cuando ella empezó a hacer preguntas pronto le dejó meridianamente claro que las niñas bien educadas no se inmiscuían en las cosas de los mayores. Contestar que era ella misma quien había empezado la conversación le valió a la pequeña Amanda un tirón de orejas y ser calificada de niña impertinente.
Una noche después de cenar estaban sentadas las dos, Amanda e Inma, al calor de la chimenea de la sala; tomando una taza de té antes de irse a la cama y mirando un viejo álbum de fotos que habían encontrado en uno de los armarios de la ropa blanca. Aparecían los abuelos, su tía, su madre, sus otras tías y el tío Amador, que se había muerto muy joven, en un terrible accidente de coche. En casa se hablaba poco de él. Era el más joven de los hermanos y el único varón, y sus abuelos se quedaron muy tristes con su muerte. Habían depositado todas las esperanzas de la familia en ese hijo. Quizá debido precisamente a la muerte prematura del heredero, la casa había ido a parar a manos de la única hija soltera. Se suponía que las demás ya tenían hecha su vida y además la tía Irene había cuidado a sus padres.
-¿Tu tía vivió siempre en este pueblo?-le preguntó Inma
-Creo que no. Alguna vez le oí comentar a Mamá que estuvo trabajando fuera un tiempo, creo que en el sur, aunque no recuerdo seguro donde era. Mi tía había estudiado secretariado y hablaba inglés correctamente; lo cual en aquellos tiempos era todo un logro para una mujer.
-¿Y cómo vino a enterrarse aquí?
Amanda se encogió de hombros. Ella también se lo había preguntado alguna vez, aunque pronto dejó de hacerlo, quizá porque Irene Cuesta era tan callada, tan huraña y malhumorada que no parecía estar hecha para la vida de una ciudad. Allí, en aquella colina apartada de las demás casas del pueblo parecía encontrarse en su elemento.
Inma la miró de reojo al tiempo que servía para las dos otra taza de té.
-Espero que tú no acabes igual que ella.
-¿Igual que quien?
-Que tu tía. No te hagas la tonta. Sabes bien por qué te lo digo.
Amanda lo sabía. Pero no quería que nadie se inmiscuyese en su vida. Estaba presente cuando Javier la invitó a cenar en su casa al día siguiente; y ella no había contestado nada en concreto.
-¿Qué ganas con quedarte todas las noches encerrada en casa? No seas tonta y vete a cenar con él. No pierdes nada.
-La paciencia, tal vez. No sé ni siquiera por qué me ha invitado. Es obvio que nos caemos mal, no tenemos nada en común y siempre acabamos peleándonos.
-Bueno, él ha dicho que era para comentar unas dudas sobre la casa. Aunque yo no me lo creo. Eso podría hacerlo aquí. Yo creo que le gustas.
Sacudió la cabeza en un gesto que quería ahuyentar esos pensamientos.
-No digas tonterías. Me detesta.

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