8 de mayo de 2015

NOVELA 13



-Pues más a mi favor. Si tanto te detesta no intentará nada y por tanto nada tienes tampoco que temer.
-Yo no tengo miedo de cenar con ese mentecato pueblerino.
-Pues yo creo que si-la desafió su amiga.
Y Amanda, sin darse cuenta siquiera, cayó en la trampa de la provocación. O quizá quería caer. El caso es que a la noche siguiente acudió a la cena en la casa del arquitecto. Decidir cómo vestirse había sido motivo de una encarnizada discusión con Inma. Al final ella ganó y se puso algo discreto; un vestido azul que tenía ya unos cuantos años, recto y sencillo, adornado tan solo con un cinturón dorado, que hacía juego con sus pendientes. Se lavó el pelo con esmero y, contra su costumbre, se lo recogió en lo alto de la cabeza para poder lucir mejor los pendientes de oro de su tía. Observó con placer que Javier también se había esmerado en vestirse para la ocasión. Le dio de cenar una ensalada de canónigos y pescado asado a la parrilla.
-Cocinas bien-le dijo ella apenas hubo probado el pescado. Habían decidido tutearse desde hacía apenas dos días.
Él torció el gesto con displicencia.
-Solo he hecho la ensalada. El pescado me lo han traído de la taberna que está en el puerto. Suelo comer allí a menudo y me gusta como hacen el pescado. Yo no cocino. Me parece una pérdida de tiempo.
Ella no supo qué decir. Cada vez que iniciaba un leve acercamiento él entraba de nuevo en su caparazón. No llegaba a ser grosero pero siempre estaba rozando esa delgada línea que separa la grosería de la educada indiferencia.
A la mañana siguiente, durante el desayuno, no pudo escaparse de la curiosidad de su amiga, a pesar de que lo intentó firmemente. Pero al final decidió que si no le contaba lo que había pasado Inma la perseguiría sin cesar durante días y días y no se veía con las fuerzas necesarias para soportarlo. Y no dejaba de reconocer que ella, en el fondo, quería contárselo. Estaba tan dolida que necesitaba hablar con alguien para intentar restañar las heridas. Y nadie mejor que Inma, que era como su otra mitad, y en quien confiaba plenamente.
-¿Os acostasteis?
-Si-contestó escuetamente, recogiendo de la mesa las tazas de café y los vasos de zumo.
Prefería estar haciendo algo y mejor de espaldas a su amiga, para que no pudiese verle la cara. No era pudor, sino más bien el deseo de que ella no la mirase a los ojos para que no pudiese adivinar el dolor que había en ellos. Aunque luego se dio la vuelta, pensando que la conocía tan bien que solo con oír su voz se daría cuenta de que algo iba mal.
-¿Y qué? Ya sabes que no pienso contentarme con esa respuesta. ¿Fue un desastre?
-Creo que no, al menos si nos atenemos al sentido estricto de lo que es acostarse con alguien una noche y ya está.
-Supongo que a tus años, y dado que no eres una virginal doncella, no esperarías una petición de matrimonio.
Amanda soltó la bayeta con la que frotaba la mesa, sin ninguna necesidad, puesto que estaba perfectamente limpia, y la miró a los ojos. En los suyos había un atisbo de algo que no llegaba a ser dolor pleno, pero se le parecía bastante.
-Imagino que la culpa ha sido mía. Es la primera vez que me acuesto con alguien por quien apenas siento nada. Es decir, me gusta físicamente, me atrae como hombre, pero como persona me parece detestable. Y me he sentido…usada-dudó al emplear la palabra.
Inma se quedó confusa, dando vueltas en la muñeca a una pulsera de azabache de la que nunca se desprendía porque era un regalo de su madre poco antes de morirse.
-Me parece un poco fuerte lo que dices.
-Puede que tengas razón. Es que…ni yo misma entiendo demasiado bien lo que quiero decir. Pero así es como me sentí. Ya sé que ninguno de los dos tenemos quince años, que no nos hemos prometido amor eterno y que al fin y al cabo en estos tiempos hombres y mujeres disfrutamos del sexo sin tapujos. Pero…hay algo en ese hombre tan duro como el pedernal. La verdad es que no estuvo mal del todo, pero al acabar, apenas quince minutos después, me preguntó sin tacto alguno a qué hora pensaba volver a casa, porque hoy él tenía que madrugar.
Inma se quedó callada. Seguía girando la pulsera en su muñeca. No sabía muy bien qué decir para tratar de consolar a su amiga; pero sabía perfectamente cómo se sentía.
-¿Tú querías quedarte a dormir?
-Pues no-contestó Amanda con sinceridad. Pero tampoco esperaba que fuese tan brusco. Y pensó que era una suerte tener una amiga de confianza a quien contárselo. Un hombre nunca lo entendería. Pero otra mujer sí. Una cosa era que ella no quisiese compartir con Javier toda la noche, y otra que él prácticamente la hubiese echado de su cama sin contemplaciones después de terminar. Para ser honesta consigo misma, tenía que confesarse que se trató de un mero intercambio carnal sin ningún sentimiento por medio, ni siquiera el de la leve amistad o la simpatía. Y no volvería a repetirse. Se había quedado vacía, sin fuerzas, como un globo deshinchado.
Inma asintió en silencio. La entendía demasiado bien.

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