9 de mayo de 2015

NOVELA 14


-¿Y qué hiciste?
-Marcharme sin decirle adiós-respondió, muy seria. Creo que se quedó algo extrañado. Supongo que esperaba que me enfadase o que protestase. Pero me limité a recoger mi ropa, vestirme en el baño y salir. No le dejé siquiera que me acompañase a la puerta.
-Lo cierto es que ahora va a ser un problema el veros cada día para lo de la casa-dictaminó Inma.
Ella negó con la cabeza mientras, de espaldas a su amiga, iba colocando los platos sucios en el lavavajillas.
-Por mi parte no habrá problema. No te niego que hoy me siento dolida porque hace apenas unas horas que ha pasado. Pero dentro de unos días Javier Valdés ni siquiera será un recuerdo en mi vida.
-¿Así, tan fácil?
Asintió en silencio. No era demasiado propensa a enamorarse; y cuando lo había hecho no había dado ella el primer paso. Más bien se había dejado llevar y se había enamorado cuando la habían cortejado y estaba segura de que había amor. Cuando Ricardo se marchó estuvo unos días como en trance; no podía comer ni dormir, adelgazó bastante y toda ella se quedó como sin vida, simplemente vegetando. Pero al poco tiempo se dio cuenta de que era una tontería penar por alguien que ya no la amaba. A veces se preguntaba si de verdad había estado enamorada o se había dejado querer, pero el caso es que le resultaba complicado seguir amando a alguien que no le correspondía; con lo cual en este caso el arquitecto había comenzado a ser historia en el momento en que ella salió de su cama y empezó a vestirse. Era algo semejante a quien lleva días sin comer y siendo un gourmet cena, por necesidad, una sopa de sobre.
Y tal como había hablado con Inma, no tuvo el menor problema en encontrarse a los tres días con Javier Valdés para decidir algo relativo a la pérgola del jardín. Era él en realidad quien estaba levemente avergonzado y a la par daba la sensación de temer que ella le hiciese algún reproche. Contra todo pronóstico Amanda se encontraba más cómoda que antes; como si al darse cuenta de que no se había equivocado y ese hombre era un grosero, ello le diese una posición de privilegio. Ahora ya no tenía la capacidad de ponerla nerviosa; más bien era él quien se encontraba incómodo en su presencia. Cuando ya estaba al lado de su coche para marcharse se volvió hacia ella con una media sonrisa y advirtió con estupor que también con algo de miedo reflejado en sus ojos marrones.
-Quizá te deba una disculpa por lo del otro día.
-¿A mí? ¿Por qué deberías disculparte? Estuvo bien. No es que fuese algo que me hiciese ver lucecitas de colores, pero estuvo bien.
Él pasó, nervioso, las llaves del coche de una mano a la otra.
-Quiero decir que quizá fui algo brusco al preguntarte cuando te ibas a ir. Es que no estoy acostumbrado a dormir con alguien-se justificó.
Amanda rio con una risa leve y ligeramente falsa.
-No te preocupes. A mí tampoco me agrada compartir la cama. Además, ya habíamos terminado y lo normal es que después cada mochuelo se vaya a su olivo.
La respuesta le hizo sentirse todavía más incómodo y cuando se quedó sola Amanda pensó en lo extraños que eran los hombres. Luchaban contra las mujeres por el temor a que ellas les pidiesen demasiado en cuestión de sentimientos, pero cuando hallaban a una que no quería más que un intercambio sexual sin más compromiso se quedaban descolocados, como esas sillas desaparejadas que parecen perdidas en la decoración de la casa.
Lo cierto era que el haberse acostado con alguien por quien apenas sentía más que una leve atracción física, aunque al principio la llenó de incertidumbre y hasta cierto punto la avergonzó, puesto que nunca lo había hecho; le estaba permitiendo confiar un poco más en sí misma y cerrar un capítulo de su vida que deseaba dejar atrás. Ahora tenía que centrarse en que el proyecto en que se había embarcado resultase un éxito. La antigua bodega estaba ya totalmente acondicionada para mudarse a vivir allí y después de haber limpiado los estropicios de las obras con la ayuda de una callada muchacha que subió desde el pueblo, pudo por fin pensar en ir colocando sus cosas. Lo primero que hizo fue comprarse una cama de forja, con intrincados dibujos vegetales y de color blanco. La cubrió con un edredón de flores y muchos cojines y en la pared colgó cuadros hechos con fotos de los viajes que había hecho con sus padres en la infancia. Una mañana que estaba ultimando detalles se acordó de que su tía tenía algunas cosas que podrían servirle. Estaba pensando en un viejo juego de tocador de porcelana y cristal, una mesita baja que pondría en un rincón de la sala, junto al sofá, y quizá se traería también algunas cosas para la cocina y la vajilla de porcelana azul para colocarla en el aparador. Y cuando decidía hacer algo, lo hacía inmediatamente.

No hay comentarios:

Publicar un comentario