10 de mayo de 2015

NOVELA 15



Buscó una caja de cartón y fue colocando las cosas que se iba a llevar debidamente embaladas para que no se rompiesen en el corto trayecto. Y mientras iba guardándolo todo se fijó en un baúl antiguo a los pies de la cama. Estaba pintado de color vainilla y le llamó la atención una rosa amarilla también pintada, justo debajo del cierre. No pensaba que su tía fuese una romántica a la que le agradasen ese tipo de muebles. Pero al parecer no la conocía apenas, pues no dejaba de sorprenderla. Pensó que quedaría bien en su propia habitación y lo abrió con la idea de vaciarlo y llevarlo hasta su casa. Fue sacando viejos chales medio apolillados, un par de bolsos negros de piel y un sombrero de fieltro de color marrón que se había vuelto verde por la humedad. Lo guardó todo en una bolsa para tirarlo a la basura y ya iba a cerrar la tapa cuando al fondo vio una vieja muñeca de trapo, exactamente igual a una que ella misma había tenido de pequeña y a la que llamaba Agatha. La cogió en la mano y mientras alisaba su vestido de cuadros escoceses se preguntó qué hacía esa muñeca en el baúl de su tía. Sabía que no se trataba de la suya porque se había roto hacía muchos años. La guardó en la caja con la idea de lavarla y conservarla. Aunque no fuese la suya, era exactamente igual y le apetecía conservar un recuerdo de su infancia. Al lado de la muñeca había una bolsa de tela de color rojo y cuando la abrió descubrió un fajo bastante abultado de cartas. Le sorprendió ver que la primera de ellas estaba escrita por su madre. Reconocería en cualquier lado su letra redonda y un poco infantil, con aquellas mayúsculas como dibujadas con extremo cuidado. Abrió despacio el papel y lo acarició, pensando que su madre lo había tocado también. Olía levemente al perfume de lavanda que ella siempre usaba y que la precedía antes de entrar en cualquier habitación. Iba dirigida a su tía.

Querida hermana:
Te devuelvo todas las cartas que me mandaste mientras estabas fuera, hace ya tantos años. Conmigo han estado seguras todo este tiempo, pero ahora es mejor que las tengas tú. El médico me ha dicho que no me queda mucho tiempo ya y no quiero que cuando yo falte todo esto caiga en manos de quien no debe. Sabes que yo a nadie le he contado nada, ni siquiera a mi marido ni a mi hija. Se trata de tu vida, de tus secretos, y yo me limité a escucharte, a ser tu confidente y a tratar de ayudarte, aunque no creo que lo haya conseguido. Era difícil hacerlo, dadas las circunstancias. Y si te vale de algo, creo que hiciste siempre lo correcto y que no tienes nada que reprocharte. Ya sabes que aunque uno haga planes, luego la vida se encarga de romperlos y siempre nos lleva por caminos que nunca habíamos pensado recorrer.
No sé si volveremos a vernos a menos que tú te decidas a venir a la ciudad, y ya sé que la odias. Yo ya no tengo fuerzas para ir al pueblo. Me cuesta lo indecible simplemente levantarme cada mañana y hay días en que ya no soy capaz. Si no nos vemos en esta vida, quiero que te quedes con la idea de que has sido la mejor hermana del mundo. Cuídate mucho y trata de no pensar demasiado en el pasado. Lo hecho, hecho está.

Inés.

Sacó la primera de las cartas del fajo y la abrió. Era la letra de su tía.

Querida Inés:

Apenas llevo unas semanas en esta pequeña ciudad del sur donde todo es tan distinto a lo que siempre hemos conocido que me parece que en lugar de unos cientos de Kilómetros he atravesado el mundo entero. Aquí los amaneceres son blandos y el sol siempre está presente.
La empresa en la que trabajo me ha dejado un piso pequeño, con un cuarto que más bien parece un trastero pero que me gusta porque tiene una ventana pequeña y redonda, de esas que la gente llama, no sé por qué, ojo de buey, desde la que se ve el puerto. Hay también una cocina minúscula en la que apenas puedo moverme, un baño también diminuto y el vestíbulo, que tiene que hacer las veces también de sala de estar. Solo la luz que entra a raudales le salva de ser un lugar triste. Es imposible verlo así porque desde el amanecer el sol baña la madera rubia del suelo y le arranca destellos polvorientos que luego van a morirse en los cristales; alguno de ellos un poco resquebrajado y con extrañas manchas amarillas, como si el sol hubiese derretido en ellos trozos diminutos de sus rayos.
El domingo me dedicaré a limpiar a fondo este cuchitril. Ahora no tengo tiempo, pues debo adaptarme a las novedades de mi trabajo. La oficina está en el puerto y me paso allí la mayor parte de la jornada. Rafael, el único compañero que tengo, es un hombre de unos treinta años, moreno, bajito y con bigote engominado que solo aparece en la oficina a las nueve, al principio de la jornada. Desde el primer día ha dado por hecho que una de mis funciones es prepararle el café; y aunque no me guste demasiado, lo hago. Supongo que eso es lo que se espera de mí. Se toma dos tazas, una detrás de otra, y luego se marcha al puerto y ya no vuelve hasta las dos de la tarde, a dejarme la mesa llena de papeles. Cuando regreso a las cuatro él ya está allí, pero vuelve a marcharse quince minutos después y ya no le veo hasta el día siguiente. Él es quien se ocupa de todas las gestiones que hay que hacer en Aduanas y en el resto de las administraciones, y quien trata también con cargadores y estibadores. Mi jefe, don Luciano, tiene alrededor de cincuenta años y es calvo y barrigón, con unos ojos negros que brillan en su cara porcina como dos gotas de azabache. Siempre se sabe cuándo va a llegar porque le precede el humo del apestoso puro que siempre le cuelga entre los labios. Pero, contra todo pronóstico, es bastante amable conmigo y me trata con cortesía. Mi trabajo consiste en preparar todo el papeleo que luego Rafael tiene que tramitar en la aduana, atender el teléfono y a los posibles clientes que de vez en cuando entran en la oficina. Antes de esto se ocupaba una cuñada de don Luciano, pero al parecer ha tenido que hacerse cargo de su madre enferma y además estaba el ligero problema de que nadie en esta oficina tiene la más mínima idea de inglés, y cada día se hace más necesario saber al menos unos rudimentos, dado que hay muchos clientes ingleses y americanos. Supongo que por eso me han contratado. No puede haber sido por mi experiencia, que es nula, ni por mi rapidez al escribir a máquina, pues aunque voy mejorando día a día, todavía soy bastante torpe.
El caso, hermana, es que estoy contenta de tener por fin la libertad que tanto deseaba y de poder mantenerme a mí misma. Ayer al salir de trabajar pasé por un colmado para comprar una barra de pan y un poco de jamón para el bocadillo que me servirá de cena, y cuando abrí el monedero y pagué tuve la íntima satisfacción de decirme a mí misma que era dueña de mi vida. Ahora te dejo, estoy rendida de sueño y tengo que madrugar. La próxima semana te daré más novedades. Cuídate mucho y cuéntame cómo va todo por la casa.
Irene.

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