11 de mayo de 2015

NOVELA 16


Amanda guardó la carta en su sobre y cerró el baúl. Cuando lo tuviese en su casa seguiría leyendo. Ahora mismo no tenía tiempo ni ganas. Siempre había pensado que la tía Irene había nacido vieja y amargada. Y ahora estaba descubriendo, con una sola carta, que estaba equivocada. Había sido joven, probablemente atractiva, y había sido valiente y tenido sueños. No era tan distinta a ella misma. Y eso la asustaba. ¿Acaso acabaría sus días como la tía, sola en una casa alejada de todo? Pocas veces se lo confesaba a sí misma, pero temía a la soledad. Deseaba tener a su lado a alguien que la amase, que le diese seguridad, confianza…y lo cierto es que estaba más sola que nunca. Quizá por eso había animado a Inma a que se quedase por un tiempo, aunque lo disfrazase bajo la pátina de hacerle un favor, dado su embarazo y su estado de confusión por todo lo que había tenido que soportar. Pero ella era honesta consigo misma y tenía que reconocer que lo había hecho por puro egoísmo; porque no soportaba estar sola en este pueblo apartado de la mano de Dios.
Suspiró, pensando en lo inútil que siempre resulta llorar por la leche derramada. Después de todo, gracias a su tía tenía la parte económica solucionada. Y con la ayuda de Inma había creado una atractiva página web para ir dando a conocer su pequeño hotelito. No esperaba sacar grandes rendimientos al principio; se contentaba con cubrir gastos. Pero era una manera de probarse a sí misma y de hacer algo diferente. Pensaba que en menos de dos meses podría tenerlo todo preparado para recibir a los primeros clientes. De momento solo contrataría a una chica del pueblo para que la ayudase con la limpieza. De todo lo demás se ocuparía ella. Sólo serviría desayunos; aunque le gustaba cocinar sabía que de momento no estaba preparada para embarcarse en más aventuras.
Al volver a su pequeña casita Inma la estaba esperando, sentada en una mecedora al lado de la ventana de la sala que daba directamente al jardín. Desde la cocina se atisbaba, en la distancia, el puerto. Y cuando estaba en su cama blanca de forja, nada más despertarse, podía ver el bosque que lindaba con su propiedad, detrás de la casa. Era un estilo de vida distinto y relajado, que nunca había conocido. En su antigua vida siempre estaba pendiente del reloj, de ir corriendo de un lado a otro sin detenerse a saborear las cosas buenas de la vida. Aquí el reloj apenas existía. Cierto que no tenía a mano todas las comodidades de antes, pero le bastaba una visita mensual a la ciudad para quedar saciada de calles atestadas de gente, tráfico endiablado, atascos y prisas.
-Has tardado mucho-le dijo su amiga nada más entrar.
Se sentó en otra mecedora a su lado y se fijó en cómo su aspecto había mejorado en los pocos días que llevaba allí. Ya no tenía aquella cara afilada, con los pómulos queriendo taladrar su piel y los ojos sin vida. Ahora la cara se le empezaba a redondear un poco, suponía que por efectos del embarazo pero también porque dormía y comía bien. Y ella misma se encontraba mejor, más tranquila y dueña de sí misma.
-He encontrado unas cartas de mi tía.
-¿A un antiguo novio?
-No, claro que no-se rio ella. A mi madre. Ella se las devolvió cuando supo que su enfermedad no acabaría bien. No creo que mi tía haya tenido muchos amoríos en su vida. Aunque nunca se sabe.

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