12 de mayo de 2015

NOVELA 17



Por qué lo dices?
-Bueno, mi madre le habla de un secreto, de algo que mi tía le contó y que no sabe nadie más. Aunque conociéndolas a las dos, y sabiendo cómo eran, lo más posible es que se trate de cualquier tontería. De todos modos le he pedido a uno de los chicos que está trabajando en la reforma que nos traiga el baúl esta tarde. Como parece que lloverá y no podremos salir a pasear, estaremos entretenidas leyendo las cartas de mi tía.
-Pues no sé si yo debo leerlas. Al fin y al cabo, son cosas de familia.
Amanda chascó la lengua en un gesto de displicencia.
-No digas tonterías. Siempre nos lo hemos contado todo tú y yo. No creo que el supuesto secreto de mi tía sea algo tan terrible.
Al cabo del tiempo, recordando aquella conversación Amanda se decía a sí misma que nunca se deben lanzar juicios precipitados ni juzgar a los demás sin conocer. Entonces ella desconocía que las cartas de Tía Irene le cambiarían profundamente no sólo la vida, sino incluso su concepto del mundo y de lo que estaba bien o mal. Las primeras cartas que leyeron estaban en la misma línea que la primera. La joven que había sido su tía le contaba a su hermana cómo era su día a día y se entretenía en anécdotas sobre la pequeña ciudad, el trabajo o cómo pasaba su tiempo libre. Pero luego el tono empezó a cambiar un poco; sobre todo cuando apareció en la vida de Irene Cuesta un hombre cuando menos extraño.

Querida Inés:

Hoy, para variar, no te contaré cosas cotidianas. Aquí, que nunca pasa nada, ha pasado algo. Ha entrado en la oficina un hombre que desde el principio me ha fascinado. Es sueco, aunque parece ser que su padre era inglés. Se llama Paul Knight. Lo primero que me fascinó de él fueron sus ojos. Nunca he visto unos ojos tan azules y menos en un hombre. No sé exactamente la edad que tiene, pero calculo que ya no cumplirá los cuarenta, porque aunque su pelo es muy rubio, empieza a platearse ya en las sienes. Tiene una voz, hermana, cómo nunca he oído…grave, fuerte, profunda, parece como si en vez de hablar, unas veces susurrase y otras disparase ráfagas de ametralladora. Habla español bastante bien, aunque con un extraño acento que le hace todavía más interesante. Parece ser que tiene negocios en distintos lugares de Inglaterra y de los países nórdicos y está pendiente de un contenedor que se está retrasando porque en el puerto de Las Palmas se han equivocado al embarcarlo. Me ha llamado la atención que cualquier otra persona, ante un error así que le hará perder dinero, se hubiese mostrado enfadado, quizá hasta furibundo. Pero este hombre parece la calma en persona y en los tres días que hace que le conozco nunca le visto alzar la voz. Ayer coincidí con él cuando salía de la oficina para irme ya a casa. Eran más de las ocho de la tarde y las calles cercanas al puerto estaban llenas de gente paseando o tomando unas tapas en las terrazas. Nos saludamos y cuando ya pensé que cada uno se iría por su lado, me invitó a que nos sentásemos en una cafetería. Me tomó por sorpresa y realmente no supe qué decirle. Es más, creo que no le dije nada, y él lo tomó como un asentimiento; así que me agarró suavemente del brazo y yo me dejé llevar. Ya sabes que yo no soy tímida y nunca me faltan palabras, pero cuando me senté enfrente de él…sólo me preguntaba qué pensaría de mí. Seguramente que soy una pueblerina y una estúpida. Ya me imagino que él estará acostumbrado a tratar con mujeres mayores que yo, con mucho vivido a sus espaldas y que saben cómo conducirse en cualquier circunstancia. A pesar de todo, poco a poco me fui soltando y pude articular algunas frases como una persona normal. Supongo que para que no estuviese incómoda me contó algo de su vida. Parece ser que su madre es sueca y su padre inglés, aunque ninguno de los dos vive ya. Tiene varios hermanos; pero es él quien se ocupa del negocio que heredó de sus padres. Nos quedamos en aquella terraza casi una hora y cuando ya íbamos a marcharnos me sorprendió que se ofreciese a acompañarme a casa. Accedí, y durante el trayecto me preguntó si mañana podría recogerme a la salida de la oficina e invitarme a cenar. Gracias a Dios que no pude verme la cara, porque me imagino que me quedé con la boca abierta como una tonta. Le dije que sí, claro. Mañana te contaré como me ha ido en la cena. Temo aburrirle y al mismo tiempo no dejo de preguntarme por qué me ha invitado. Deséame suerte, hermana, voy a necesitarla.
Irene

Las dos amigas se miraron, sorprendidas, al acabar de leer la carta.
-Pues igual tú estabas equivocada y resulta que sí ha habido amoríos en la vida de tu tía.
-Puede-reconoció Amanda. Lo que pasa es que eso no me cuadra nada con la imagen que tengo de ella. Si siempre me pareció una mujer seca y amargada.
-Tampoco es que la conocieses mucho-aventuró Inma.
-No, no demasiado. Mi madre venía al pueblo con frecuencia, pero la verdad es que lo hacía sola. Mi padre y yo nos quedábamos en casa. Nunca me pregunté por qué…

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