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NOVELA 18



Se sobresaltó cuando sonó el teléfono. Era la secretaria del notario. Hablaron durante apenas uno segundos. Es decir, ella se limitó a escuchar y asentir.
-Tengo que ir mañana a las once a la notaría.
-¿Ha pasado algo?
Amanda negó con la cabeza.
-Nada preocupante, o al menos eso espero. Ya te conté que mi tía tenía una conservera con otro socio. Pues parece ser que ese misterioso hombre, que vive fuera, ha venido a conocer a su nueva socia al saber de la muerte de la antigua.
Inma asintió y luego sonrió para sí misma.
-Oye, estoy pensando… ¿Y si el socio fuese el hombre del que tu tía habla en las cartas?
-No seas absurda; sería Matusalén entonces. Mi tía decía que ya no cumpliría los cuarenta…
-Bueno…si rondar los ochenta años te parece que le hace ser Matusalén…
Amanda le hizo un gesto de burla, pero lo cierto es que se pasó lo que quedaba de tarde pensando si podría ser cierto que el socio fuese ese antiguo pretendiente de la tía Irene. Quizá por eso al día siguiente llegó a la notaría con más de veinte minutos de antelación. Se había vestido con la idea de causar buena impresión; la de una mujer de negocios seria y decidida. Se puso uno de los trajes de chaqueta que rara vez usaba; en un tono gris perla que combinó con una blusa de seda rosa y un pañuelo. Hasta se caló las gafas a pesar de que solo las necesitaba para ver la televisión y conducir. Pero su montura de pasta negra le daba un aire de rígida institutriz que juzgaba adecuado para encontrarse con un provecto anciano que seguramente desconfiaría de su juventud.
Aquel día la sala de espera estaba totalmente vacía y se entretuvo mirando algunas revistas jurídicas, aunque poco entendía de aquella jerga que hablaba de protocolos, decretos y leyes refundidas. Estaba ya empezando a arrepentirse de haber llegado con tanta antelación cuando irrumpió en la sala un hombre que se acercaba a los cuarenta años, alto y algo corpulento, con pelo rubio ligeramente rizado y vestido con traje y corbata. Saludó al llegar y se sentó enfrente de ella, lo cual le dio ocasión para observarlo. Llevaba gafas y un maletín del que sacó papeles y se entretuvo en echarles un vistazo. Amanda pensó, tontamente, que se parecía al retrato que su tía había hecho del misterioso Paul Knight. También él tenía los ojos azules, de un azul cálido y luminoso…Sus erráticos pensamientos quedaron interrumpidos por la secretaria del notario que con un gesto les hizo pasar a los a la vez. Ella se quedó durante un momento sorprendida. ¿Sería este su socio? Sin embargo él permanecía silencioso e inmutable.
Él, galantemente, le hizo un gesto para que entrase antes. Los dos saludaron al notario y se sentaron. Amanda estaba rígida, sin apoyar la espalda en el respaldo de la silla. Algo en la mirada de aquel hombre la desasosegaba; pero se mantuvo en lo que ella esperaba que fuese un silencio digno, como si todos los días surgiesen nuevos socios de negocios que hasta hacía poco le eran desconocidos.
-Señorita Navarro, le presento al señor Michael Field, su socio en la industria conservera que acaba de heredar. Fue él quien se puso de acuerdo conmigo porque, como es lógico, deseaba conocerla. Y hasta aquí llega mi cometido. Si lo desean, puedo cederles la habitación contigua a mi propio despacho para que hablen lo que tengan por conveniente.
-Gracias, sería estupendo-contestó el nuevo socio en un perfecto español, aunque con ligero acento que Amanda no sabía cómo definir.
De nuevo le cedió el paso y se acomodaron en una pequeña salita, amueblada tan solo con dos butacas tapizadas con una deslucida tela de cuadros y algo desvencijadas, y una pequeña mesa de centro con las consabidas revistas y textos jurídicos, como si el notario quisiera aprovechar los ratos de espera de sus clientes para aleccionarlos en el proceloso mundo de las leyes, los contratos y las herencias. Su recién adquirido socio sacó del maletín varios documentos y se los entregó.
-Aquí está la escritura fundacional de la sociedad, en el momento en que se constituyó y también sus estatutos más recientes. Es una copia autorizada; he pensado que sería conveniente que usted la tuviese. Puede enviarla a sus abogados para que le echen un vistazo, aunque le aseguro que todo está en orden.
Amanda asintió. Ella no tenía abogado, pero no pensaba decírselo. Aquel hombre parecía muy seguro de sí mismo y no deseaba dar la imagen de alguien que no sabía por qué camino circulaba, que era exactamente lo que sentía en esos momentos.
Michael siguió hablando. Tenía una voz grave, profunda, pero al mismo tiempo no exenta de un timbre de aterciopelada suavidad.
-La conservera no es demasiado grande, ahora mismo tenemos treinta empleados. Pero está dando unas respetables ganancias cada año y el trabajo de llevarla tampoco es demasiado. Hay un encargado, Pablo Reina, en el que se puede confiar con los ojos cerrados. Aprendió de su padre, que fue el primer capataz, y él es un hombre honesto y que sabe hacer bien su trabajo. Si lo desea, se lo presentaré cuando salgamos de aquí. Entiendo que usted vive en el pueblo, así que será la que lo vea con más frecuencia. Yo viajo bastante y aunque vengo de vez en cuando, lo cierto es que paso mucho tiempo fuera y estoy deseando tener a alguien en quien poder descargar parte del trabajo. Antes su tía se ocupaba de la mayor parte de las cosas, al menos hasta que su salud se lo permitió.
Amanda se removió en la butaca, algo inquieta. Tenía muchas preguntas que hacerle, seguramente aquel hombre sabía mucho más de su propia tía que ella misma.
-¿Podría hablarme de mi tía y de cómo ha llegado usted a ser su socio?
El la miró a los ojos, larga y profundamente.

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