14 de mayo de 2015

NOVELA 19


-Entiendo que no conocía mucho a Irene.
-No demasiado, si he de serle sincera. Era hermana de mi madre y ellas estaban muy unidas, pero…a mí me resultaba una mujer tan seca, tan adusta… De niña solía pasar aquí temporadas, sobre todo en verano, pero en cuanto fui mayor dejé de venir. Mi madre tampoco me obligaba.
-Irene Cuesta era una mujer fantástica. Muy inteligente, curiosa por el mundo que la rodeaba, siempre con la pregunta adecuada, o con la respuesta, si era el caso. Solo puedo decirle que sentí mucho su muerte. Creo que después de la pérdida de mis padres, ha sido la peor noticia de mi vida.
Amanda se sorprendió de su respuesta, sobre todo cuando se dio cuenta de que la voz le había cambiado al hablar de su tía y durante un momento le pareció que se había emocionado.
-¿Y cómo ha llegado usted a ser su socio? Si le digo la verdad, esperaba a un anciano.
Él se rio, con una risa franca y abierta. Y ella sonrió también.
-Bueno…cosas de la vida. Hace ya bastantes años que la mitad de la conservera pasó a mis manos.
Y se quedó callado. Amanda pensó que tras su máscara amable había un personaje extraño que no le contaría nada más que lo que quisiese y en el momento que él lo desease. Pero entre sus muchos defectos no estaba el de ser una persona insistente. Había un punto íntimo dentro de ella que cuando recibía una negativa, por pequeña que fuese, lo entendía como un desaire y se retraía, como una ostra en su concha. Se irguió dignamente en la butaca y movió la mano derecha, como restando importancia a su pregunta.
-Bien. En todo caso lo importante es siempre el presente, no el pasado. Y el futuro, claro está. Si le parece, puede presentarme al encargado.
-Sí, desde luego. Vamos ya, estarán en el tiempo del bocadillo. Le presentaré también a Magdalena, que lleva la contabilidad, para que le entregue la última cuenta de resultados y le eche usted un vistazo. No voy a quedarme mucho por aquí y sería bueno que antes de irme usted quedase al tanto de todo.
Salieron juntos y se despidieron del notario. Michael estaba sorprendido y decepcionado al mismo tiempo. Había previsto más insistencia por su parte después de la educada negativa, y no sabía cómo tomarlo. Por una parte se alegraba de no tener que contarle una mentira o incluso de negarse por segunda vez a contar más de lo que estaba dispuesto a contar; pero también estaba ligeramente enfadado, aunque no quisiese reconocerlo del todo…Aquella mujer era demasiado controlada y distante y no sabía si le agradaba.
La visita a la fábrica fue breve pero provechosa. El encargado era un hombre de unos cincuenta años, serio y parco en palabras y Magdalena resultó ser una sesentona adusta pero con cierta simpatía, que llevaba la parte administrativa con la mano férrea de una maestra de escuela de antaño; de esas de gafas, moño y vara en la mano para meter en cintura a los que intentan, aunque solo sea para probar, sacar los pies del tiesto. Michael la invitó a tomar un café en una tasca del puerto, de las que abren a las cuatro o cinco de la mañana para que los que llegan del mar puedan calentarse el cuerpo con un café o incluso a veces con algo más contundente. A aquella hora estaba casi desierto. Era ya tarde para el café y demasiado pronto para comer. Solo estaba el dueño detrás de la barra, frotando los vasos con un trapo bastante lleno de mugre, y mirándoles con cara de pocos amigos.
-¿Le apetece una cerveza? La pediré en la barra, porque no parece que ese buen hombre vaya a acercarse.
Amanda dudó; no solía tomar alcohol con el estómago vacío; pero al final asintió con la cabeza y Michael volvió al poco rato con dos cervezas y unos pinchos de tortilla.
-Me han dicho que está restaurando la casa de Irene para convertirla en un hotel
-Bueno…no creo que hotel sea la palabra adecuada. Es demasiado pequeño para eso. Pero si, intento reconvertirla en un alojamiento agradable para quien quiera conocer el pueblo.
-¿Y podría alojarme a mí? No me quedaré muchos días y no le causaré molestias
Amanda se quedó sorprendida y con la jarra de cerveza a medio camino hacia la boca. Los obreros todavía andaban por la casa, aunque ya quedaba muy poco para terminar.
-No hemos terminado todavía las obras. Han acabado de pintar hace un par de días, pero todavía estamos colgando cortinas, limpiando, poniendo los muebles que faltan…No creo que se encontrase cómodo.
-Alguna habitación habrá que esté medio terminada. Cuando venía antes Irene siempre me alojaba en una pintada de azul pálido que da al mar. Con una cama enorme de madera de teca y una colcha blanca hecha a mano.
-Sé a cuál se refiere. Esa en concreto no se ha tocado, tan solo la hemos repintado.
Dudó un momento pero al final accedió a alojarle, aunque le avisó de que probablemente los obreros empezarían a las ocho de la mañana a trabajar en donde antes estaba el desván.
-No me importa. Suelo madrugar. Y no soy demasiado exigente, sobre todo después de ver la otra opción de alojamiento del pueblo
-Sí, yo pasé allí una noche, cuando llegué-contestó Amanda, poniendo los ojos en blanco. Fue un incentivo para intentar hacer algo decente con la casa de mi tía. Por cierto…estoy pensando en los desayunos. Tendrá que venir a mi casa, en el antiguo garaje. Todavía no han terminado las obras en la cocina.
-Tampoco quiero molestar-dijo él. Yo con cualquier cosa me apaño y también podría venir aquí al puerto.
-Tonterías-zanjó ella el asunto, con resolución. Cuando las obras estén terminadas daré desayunos, así que no hay problema. La única diferencia será que tendrá que caminar unos metros por el jardín. Por cierto, ¿Qué suele desayunar?
Se encogió de hombros.
-Zumo, tostadas, café…cualquier cosa.
-No me importa prepararle huevos, salchichas, jamón…lo que sea que tome normalmente.
-Normalmente tomo lo que le he dicho.
-Pues pensé que todos los ingleses desayunaban algo más consistente.
Él sonrió con sorna y se ajustó las gafas.
-¿Le he dicho yo que era inglés?

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