15 de mayo de 2015

NOVELA 20


Amanda se quedó desconcertada, sin saber qué decir. La respuesta la había tomado por sorpresa y para disimular su azoramiento echó un vistazo a su reloj y anunció que se le había hecho tarde y tenía que marcharse. Apenas había terminado de hablar cuando otro contratiempo vino a estropearle la mañana. Javier Valdés se acercaba a grandes zancadas y sin que nadie le invitase se acercó a la mesa donde ellos estaban y se sentó, saludando rápido, como de pasada.
-Perdona, pero tienes que decirme si en las nuevas habitaciones va el color vainilla también.
-Buenos días Javier-le cortó ella, con mirada fría. Y se dirigió a su acompañante. Es Javier Valdés, el arquitecto que me está haciendo la reforma de la casa; y un tanto impaciente, como puede ver. Te presento al señor Michael Field.
Se estrecharon la mano y ambos se midieron en silencio, como sopesando quien era de verdad el otro. Javier se preguntaba quién podía ser aquel hombre pálido, con aspecto de extranjero y ojos claros pero penetrantes, que parecían taladrarle.
-Perdón por la intromisión, pero tengo cierta prisa por saberlo.
-Ya le he dicho al pintor esta misma mañana que usase el tono vainilla de la planta baja-zanjó Amanda, dando por terminado el asunto. Y ahora, si nos perdonas, ya nos íbamos.
Mientras se encaminaban a la plaza Michael la tomó ligeramente del codo, como ayudándola a cruzar la calle y ella le dejó hacer, consciente de que el arquitecto les estaba observando. En circunstancias normales se habría desprendido de su brazo con suavidad, pero en este momento necesitaba, y no sabía bien por qué, dejarle claro a Javier que lo ocurrido entre ellos era agua pasada y que no volvería a ocurrir. Agradeció que Michael ni siquiera mencionase al inopinado intruso y por eso cuando le ofreció llevarla en coche a su casa, se lo agradeció con la mirada.
-Y espero que pueda ya instalarme-aventuró él.
-Bueno… sí ya quiere hacerlo ahora. Tendré que revisar que todo esté a punto en la habitación. Es que no esperábamos huéspedes ya-se justificó.
Él la miró de reojo.
-¿Por qué habla en plural? ¿Vive con alguien?
-Ahora mismo está en mi casa Inma, mi mejor amiga. No está pasando un buen momento y a mí también me conviene algo de compañía.
Y sin saber por qué, Michael sonrió, como aliviado. Tampoco sabía por qué se había sentido molesto cuando llegó el arquitecto y se sentó sin haber sido invitado. No tenía motivos. Acababa de conocer a esa mujer que ahora estaba sentada a su lado en el coche y que de vez en cuando le miraba de soslayo. Quizá fuese demasiado menuda, y desde luego su aspecto era inusual, con esa mata de cabello pelirrojo y rizado que amenazaba con esconder su cara de rasgos aniñados. Pero no podía apartar la mirada de sus ojos verdes, grandes y como hambrientos de vida. No era una mujer hermosa en el más estricto sentido de la palabra, pero había algo en ella que le atraía como un imán y que le hacía perder su proverbial calma, aunque se esforzaba porque no se le notase. Y como era la primera vez que se veían, estaba seguro de que ella no se había dado cuenta. Al llegar sacó la maleta del coche y siguió a Amanda hasta el interior de la casa. La habitación estaba casi igual que como él la recordaba. En todo caso, los pequeños arreglos la habían mejorado. El color cálido de las paredes le daba una sensación de intimidad que antes no tenía; y el color lavanda del edredón proporcionaba paz. Los tenues visillos no impedían la vista del puerto ni de los barquitos amarrados, que se mecían suavemente. Siempre le había gustado aquella casa y aunque temió la vuelta, ahora ya sin Irene, se daba cuenta de que la casa, de alguna manera, seguía conservando su impronta. Era como si su espíritu se hubiese quedado al resguardo de aquellas viejas paredes. Hasta cuando abrió el armario le acarició la cara el mismo olor de antes; a hierbas silvestres, romero, tomillo y lavanda.
-Esto es lo más parecido a volver a casa. Estoy harto de hoteles.
Amanda se apoyó en el quicio de la puerta y sonrió.
-Esto es un hotel. O al menos eso es lo que pretendo.
-Quiero decir…bueno-se azoró-para mí es como si el tiempo no hubiese pasado. Estoy esperando oír la voz de Irene o sus pasos…
-Por lo que veo, apreciaba mucho a mi tía.
-Sí, puede estar segura. Era una gran mujer.
Y se giró de espaldas, con el pretexto de buscar algo en la maleta. Amanda se dio cuenta de que estaba emocionado y que no quería seguir hablando del tema, y se disculpó diciendo que tenía cosas que hacer.
-Le dejo que se instale tranquilamente. Si no le importa comer algo sencillo, puede venir dentro de una hora a la casita del fondo del jardín. Inma y yo le daremos algo de comer.
-No quiero molestarlas.
-No lo hará-le aseguró ella.
Y él la creyó. Hasta pensó que puede que ella buscase su compañía.
Mientras Amanda preparaba unos sencillos espaguetis a la marinera y un bizcocho de frutas y se enfrentaba al interrogatorio y curiosidad insaciable de su amiga, Javier Valdés rumiaba su rabia frente a una cerveza en la tasca del puerto donde solía comer casi a diario. La llegada de Miguel Tagle no le devolvió el buen humor aunque le permitió despotricar en compañía.
-Estamos de mala leche, para no variar-se burló el vendedor de coches.
Javier le miró con un gesto rayano en el desprecio pero apartó una silla para que se sentase a su lado y le hizo un gesto al camarero, que acudió con cara de pocos amigos y como de mala gana a tomar nota del pedido de Miguel.
-Esa estúpida niñata acabará conmigo-le confesó.
-Cuando te confieses a ti mismo que te gusta, que metiste la pata con ella y que no sabes cómo solucionarlo, empezarás a encontrarte mejor.
-No digas idioteces, tío. Es verdad que está bastante buena, pero eso de que me gusta…
-Claro que te gusta. A rabiar. Y ahora me imagino que estás enfurecido porque ella pasa de ti.
-Si he de ser sincero…como de la mierda-escupió, más que dijo.
Miguel se rio de buena gana.

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