16 de mayo de 2015

NOVELA 21



-No me parece mal que alguien te dé un poco de tu medicina. Ahora sabrás como se sintió la pobre Carla.
-Tío, ocúpate de tu puta vida-le contestó de malas maneras. Acabo de verla tomándose una caña tan ricamente con un tipo de lo más raro, con pinta de guiri. Y se han ido juntos-añadió, ofendido.
-¿Y qué? ¿Es que no tiene derecho a irse con quien le dé la gana? No eres su dueño, Javier, ni tiene por qué darte explicaciones.
El arquitecto se removió en la silla mientras le pedía por señas al camarero otra cerveza. La actitud indiferente de Amanda le resultaba mucho más hiriente de lo que nunca había podido llegar a imaginar. Estaba bastante acostumbrado a llevar siempre la batuta, a que las mujeres le fuesen detrás y a él le tocase espantarlas como si se tratase de moscas molestas que le impedían sestear en una tarde de verano. Y ahora llegaba una chica que no solo había conseguido llevar la voz cantante y hacer su santa voluntad en la reforma de la casa, sino que desde la primera noche, a pesar de su patético intento de quedar como el macho alfa de la manada, le había puesto en su sitio sin que le temblase una pestaña. Era demasiado para su ego y no pensaba permitirlo.
En la casita de Amanda, al fondo del jardín, el almuerzo se desarrollaba de manera bastante distinta. Allí no había malas caras ni gestos airados. Inma se había mostrado encantada de conocer a Michael y ambos habían congeniado de manera inmediata. Cuando se marchó con la disculpa de que tenía que organizar el trabajo del día siguiente se despidió de ambas cordialmente y las invitó a cenar al pueblo vecino, que era algo más grande y contaba con al menos dos restaurantes bastante aceptables. Inma declinó la invitación diciendo que se encontraba muy cansada pero por debajo de la mesa le dio una ligera patada a su amiga como dejándole claro lo que le esperaba si no aceptaba; así que Amanda dijo lo que en principio tenía ya pensado decir: que si, que iría encantada.
Después de dejar la cocina recogida las dos amigas se sentaron en la sala y siguieron leyendo las cartas de la tía Irene a su hermana Inés. Amanda estaba descubriendo a una nueva mujer y tenía la extraña sensación de que nunca había conocido realmente a su tía.
Querida Inés:
Estoy bastante asustada y desconcertada a la vez. Todo se debe a ese hombre del que te hablé, Paul Knight. Nos hemos estado viendo casi todos los días y a ti que nunca te he ocultado nada tampoco puedo ahora negarte que me gusta mucho. Quizá me esté enamorando, no lo sé. Sabes que nunca he estado realmente enamorada. Lo que sentí por Pedro no fue amor, sino más bien rutina…Nos conocíamos desde niños y parecía normal que nos hiciésemos novios; pero aunque sentí mucho su muerte no puedo decir que me quedase derrumbada, ya lo sabes. Así que no podría asegurarte que ahora ame a este hombre, pero si amar es pensar en él todo el día o que la piel se me erice con solo escuchar su voz, o recordar cuando se va cada una de las palabras que me ha dicho…entonces supongo que sí, que me estoy enamorando de él. Y me preocupa. Tengo miedo y por muchos motivos. El primero de ellos se debe a que es un hombre de más edad que yo y desde luego más experimentado; pero también porque es extranjero, no sé nada de su vida y…creo que me oculta cosas. Aunque el primer día me contó su procedencia y orígenes, habla poco de sí mismo y cuando le he hecho alguna pregunta se ha ido por las ramas, aunque siempre con mucha elegancia y educación.
Ahora quiero contarte dos cosas y te ruego que no me juzgues. La primera es que…me he acostado con él. Ya, ya sé que es algo bastante incongruente porque acabo de decirte que estoy casi segura de que me oculta cosas. Podría decirte que me sedujo, que me engañó…pero no sería verdad. Lo hice porque quise, porque lo deseaba y lo necesitaba, y no me arrepiento en absoluto. Volvería a hacerlo mil veces más. Fue maravilloso y nunca, por mal que luego vayan las cosas, diré que fue un error. Lo segundo es que sin querer me di cuenta de que va armado. Me di cuenta de manera accidental; pero siempre lleva consigo una pistola. Y no me atrevo a preguntarle por qué. Puedes decirme que soy una cobarde o que soy absurda. Creo que un poco de las dos cosas. Si esto me lo hubiesen contado hace un par de meses hubiera huido despavorida; y sin embargo, aquí me tienes, viéndome cada día con él en una casa que tiene en las afueras de la ciudad. Algunas noches cuando me acuesto me pregunto qué dirían nuestros padres si se enterasen. Supongo que Papá me daría una somanta de palos y me encerraría de por vida en el desván de la casa.
Te seguiré contando en otra ocasión, hermana. Ahora mismo se me cierran los ojos y mañana debo madrugar. Alguna noche no he vuelto a casa a dormir; he ido a trabajar directamente desde la casa de Paul. Él me lleva al trabajo, aunque a petición mía me deja una calle más allá de la entrada del puerto. No quiero que mi jefe se entere de que tenemos una relación, o lo que sea que tengamos; porque ni yo misma sé cómo llamarle.
Te quiere

Irene
Ambas se miraron al terminar de leer la carta y Amanda la dobló pulcramente y la guardó de nuevo en su sobre. Se levantó para preparar un té y mientras ponía al fuego la tetera y buscaba el azúcar y la leche volvió a pensar en las joyas que su tía guardaba en la caja de seguridad del banco. Se preguntaba si serían un regalo de ese hombre. Por un momento pensó en hablarle a Michael de las cartas pero enseguida se arrepintió. Aunque apenas le conocía estaba segura de que si sabía algo de su tía nunca se lo diría. Había tantos misterios en la vida de Irene Cuesta que a veces le parecía que se trataba de dos personas distintas; la Irene que ella conoció y la que empezaba a atisbar como entre brumas. Como si le hubiese leído el pensamiento Inma se refirió a las joyas de su tía.

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