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NOVELA 22



-¿Has pensado lo que harás con las joyas que están en el banco?
-Dejarlas allí, supongo-le contestó mientras servía te para las dos.
-Pues es una pena.
Se encogió de hombros.
-No puedo hacer otra cosa. No necesito dinero, con lo cual venderlas queda descartado.
-Podrías ponerte alguna.
-Sí, para atender la recepción cuando el hotel esté abierto, o mejor, para ir al mercado. Inma, baja a la Tierra. Si no llevo siquiera un mal anillo, ¿cómo podría ponerme esos pedruscos que parecen salidos de las revistas del corazón que leía mi madre?
-Tienes razón. Pero digo yo, ¿por qué las tendría tu tía?
-Eso estoy yo preguntándome desde que me enteré de la existencia de las dichosas joyas. Hay tantas cosas en la vida de mi tía que no entiendo…
-¿Y tu madre nunca te contó nada?
Ella negó con la cabeza. Y eso era algo que le dolía, aunque intentase no pensar mucho en ello. Siempre había creído que su madre y ella tenían una relación especial y que no había secretos entre ellas. Una prueba más de que no conocía a las personas de su familia tanto como ella pensaba. Y en el fondo, si había de ser sincera, se daba cuenta de que nadie es ajeno a los secretos. Todos, de una manera o de otra, guardamos cosas para nosotros mismos.
-¿Qué te vas a poner esta noche?
La pregunta de su amiga la sacó de sus pensamientos. Volvió a encogerse de hombros, quitándole importancia a la pregunta.
-Cualquier cosa. No es una cita ni nada parecido, así que no pienso pasarme una hora decidiendo qué ponerme.
-Con esa actitud no llegarás muy lejos.
-Con llegar al pueblo de al lado, cenar y volver…me conformo.
Y con un gesto dio la conversación por terminada. Además, providencialmente sonó el teléfono, lo cual evitó que Inma insistiese.
Cuando colgó estaba desconcertada y su amiga le hizo un gesto interrogante al ver su mirada.
-Era una señora llamada Vera Ravenscroft, que al parecer era muy amiga de mi tía. Ha visto la página que hemos hecho del hotel y ha reservado una habitación para la próxima semana.
-¿Y qué tiene eso de extraño?
Amanda extendió las manos, con las palmas abiertas, como para dar a entender su sorpresa, su desconcierto y sobre todo su miedo.
-Todo esto me resulta aterrador.
-¿Aterrador?
-Sí, aterrador-repitió. Crecí con la idea de que tía Irene era algo así como la oveja negra de la familia, la solterona aburrida y amargada que no conocía a nadie, que no tenía amistades y que vivía recluida en este pueblo perdido. Y ahora resulta que era rica, tenía un montón de joyas, al parecer un amante secreto y que todo el mundo la echa de menos y habla de ella como de la Virgen Santísima. Michael me ha dicho que sintió su muerte casi tanto como cuando perdió a sus padres. Y me he dado cuenta de que cada vez que habla de ella se emociona.
-Puede que fuese una persona encantadora.
-Pues lo disimulaba muy bien. Recuerdo como una pesadilla los pocos días que pasé a solas con ella. Creo que yo no le gustaba en absoluto.
Inma se levantó del sofá para estirar un poco las piernas. El embarazo, que ahora empezaba a hacerse evidente, la hacía sentirse algo pesada, como si fuese un globo inflado de aire. Además, siempre se encontraba cansada y con sueño.
-Pues si no le gustabas no sé por qué te dejó todo lo que tenía. ¿Acaso no tenía más sobrinos?
-Sí, cinco más. Por eso no daba crédito cuando el notario me llamó por lo de la herencia. Y supongo que me estoy portando como una desagradecida cuando me ha salvado literalmente la vida con esta casa, el dinero y la conservera.
-Y además te ha proporcionado un socio al que miras con ojos de carnero degollado.
-No inventes, que te encanta inventar-la amenazó con el dedo.

Pero Amanda era siempre sincera consigo misma, y como analizaba cada pensamiento y cada paso que daba como el forense que disecciona cadáveres intentando buscar la causa última de la muerte, sabía que en el fondo su amiga tenía razón. Le gustaba Michael; le atraía su personalidad, y también su físico. Y le gustaba su olor; ella se dejaba guiar mucho por el sentido del olfato y la piel pálida de aquel hombre desprendía un aroma que provocaba en ella que cientos de mariposas le revoloteasen en el estómago. Y su voz le removía cosas por dentro que pensaba que ya estaban dormidas.

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CONFÍO

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PALABRA

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tan solo una,
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