18 de mayo de 2015

NOVELA 23



Durante la cena se rompió entre ellos la pequeña barrera que mantenían todavía levantada. Empezaron a tutearse y hablaron del pasado. Amanda fue totalmente sincera con él, como siempre lo era. Le habló del vacío que la muerte de su madre le había dejado, de la difícil y distante relación con su padre y con su esposa; del abandono de su novio. Lo único que no le contó fue que había tenido una aventura de una sola noche con Javier Valdés. No quiso hacerlo porque no era algo que ella considerase demasiado importante, pero sobre todo porque en el fondo se avergonzaba un poco, aunque no quisiese reconocerlo. Tenía más prejuicios de los que quisiera, y todavía tendía a pensar que una muchacha decente, como diría su madre, no se acostaba con un hombre por el que no sentía nada. Había sido un arrebato, un deseo carnal, la necesidad de una piel que rozase la suya, sin más…Y además, a Michael acababa de conocerlo, por más que le atrajese. Tampoco era estrictamente necesario que le contase su vida con detalles. Él también habló mucho, pero Amanda sabía que le había contado tan sólo vaguedades. Le dijo que sus padres eran ingleses, pero que él había nacido en Estados Unidos, en Virginia concretamente. Que su madre había muerto cuando él tenía quince años y su padre diez años más tarde. Y al igual que ella era hijo único.
Amanda se divertía con él. Aunque al principio diese una impresión de seriedad, cuando dejaba de lado el trabajo era un hombre con un sentido del humor siempre presente y extrañamente burlón. Durante la cena le acarició varias veces la mano, como al descuido, y al ver que ella enrojecía, lejos de disimular o hablar de otra cosa le preguntó directamente si le molestaba.
-No, no es eso-se azaró Amanda. No siguió hablando; no sabía qué decir. Se sentía perdida, como una niña pequeña; y eso le molestaba.
-Te aseguro que lo hago sin malicia-le dijo, con una sonrisa franca que sin embargo a ella le hacía pensar que no era del todo sincero. Te acaricio la mano con el mismo cariño que acaricio a Kay.
-¿A quién?-preguntó ella con un hilo de voz.
-A mi perrita. Lleva conmigo ya diez años y la adoro.
Y ella suspiró, aliviada; aunque no supiese muy bien cómo interpretar que la comparase con una mascota.
-Te aseguro que te estoy haciendo una especie de homenaje al decir esto-le confesó, como si leyese su pensamiento. Para mi Kay es algo más que una perra. Es parte de mí mismo y quizá el único ser al que quiero.
Y ella se quedó callada. Le miró a los ojos, y vio a un solitario. Quizá como ella misma. Solos los solitarios aman profundamente a los animales y a los niños. Y aquella misma mañana le había sorprendido en el puerto como levantó con cuidado a una niñita de apenas dos años que se había caído en la calle. Le limpió la rodilla y la llevó de la mano a donde estaba su hermano mayor; un chico de unos diez años que se había descuidado jugando con sus amigos y la había dejado sola. A ella también le encantaban los niños, y su gato Tom la había acompañado durante doce años, hasta que se murió de viejo y le dejó un gran vacío. Sacudió la cabeza, intentando volver al presente. No quería dejarse impresionar por este hombre, porque en un par de días se marcharía y era probable que nunca volviese o que lo hiciese solo de tarde en tarde.
Después de aquella cena en la que intimaron más, siguieron tres días en los que pasaron juntos mucho tiempo con el pretexto de que Amanda se pusiese al corriente en el tema de la conservera. Una noche en la que volvían de allí, al llegar a la finca en lugar de ir directamente a su casa al fondo del jardín pasó a la habitación de Michael para retirar unos papeles que había que llevar al notario. No habían vuelto a mantener ningún contacto físico desde la cena, pero como si la familiaridad del dormitorio les hubiese desinhibido a los dos, les pareció del todo normal avanzar el uno hacia el otro hasta que con una pasión que tenía mucho de hambre adolescente, sus labios se unieron, sus lenguas se buscaron y cuatro manos ávidas rompieron todas las barreras, desabrochando botones, bajando y tironeando de cremalleras rebeldes. Él le susurraba al oído palabras en inglés que ella no lograba entender del todo y que tampoco se molestaba en interpretar. Lo que importaba no era lo que se decía, sino la ternura susurrante de su voz que la acariciaba con más lentitud que esas manos que, voraces, parecían correr sobre su carne abriendo surcos, como lo hace el arado en la tierra que se ha mantenido estéril durante mucho tiempo. Fue un acto en el que, a partes iguales, como en un plato creado por un buen cocinero, se mezclaban ternura y brutalidad descarnada. Cuando todo acabó Amanda tenía los labios magullados, varios morados en el cuello y el alma plena. Para ambos había sido un acto salvaje y fiero pero a la vez tremendamente tierno. Se quedaron dormidos abrazados el uno al otro.
Él tenía que marcharse al día siguiente muy temprano. Amanda le despidió en el jardín, con el todavía frío aire de finales de marzo cortándole los labios ya heridos. Michael la besó con suavidad.
-Volveré en una semana. El viernes, para ser exactos.
-¿Volverás?-no quería parecer una niña perdida, que era cómo se sentía realmente.
-Lo haré. Siempre cumplo mis promesas. Una cosa…-dudó antes de seguir, pero al final continuó hablando. Tienes mi teléfono, pero te agradecería que no me llamases a menos que sea algo muy urgente que no pueda esperar. No me gusta hablar por teléfono.
Ella se quedó callada, como a la expectativa. No quería parecer ansiosa ni decepcionada, pero la advertencia le parecía fuera de lugar. Así que no dijo nada. Permaneció a la espera, mirándole fijamente, tratando de atisbar en sus ojos azules algo que le diese la clave de un hombre que, ahora lo sabía, le traería problemas.
-Estaremos en contacto-dijo para consolarla, pellizcándole ligeramente la mejilla.

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