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NOVELA 24


Y se marchó hacia el coche, dejándola en medio del jardín, con las manos hundidas en los bolsillos del abrigo y un frío helador instalado en medio del pecho. ¿Se había equivocado al ceder a sus impulsos? Esto no tenía nada que ver con lo ocurrido con Javier Valdés. Si él no la llamaba o no volvía…le haría daño. Aunque se conociesen tan poco, ese hombre extraño, serio y divertido a la vez, tierno y distante al mismo tiempo, le había calado muy hondo. Vio como el coche giraba al salir por el portón de la finca y lentamente caminó hacia la casa, silenciosa todavía. Por suerte Inma se levantaba tarde y ella pudo ducharse con tranquilidad y prepararse luego zumo y un café. Tenía una sensación muy extraña, una mezcla de plenitud y vacío que la hacía sentirse desconcertada. Por suerte, había muchas cosas qué hacer. La misteriosa señora Ravenscroft llegaría al día siguiente y había que supervisar la habitación. Le había destinado la que había sido de su tía. Era la más grande de la casa y había conservado la cama, alta y enorme, de la tía Irene. El cabecero era de bronce, con intrincados dibujos vegetales. Repasó el edredón floreado hasta que no quedó ninguna arruga y arregló también el embozo de las blanquísimas sábanas bordadas y los almohadones. Había puesto cortinas nuevas en un suave tono rosado que hacían juego con la alfombra y destacaban en la tarima rubia. Mañana a primera hora pondría flores frescas. Comprobó que en el baño las toallas estuviesen en su sitio, colocó hojas secas en un cuenco y una cestita con varios jabones minúsculos de lilas y lavanda. Eran los pequeños detalles los que hacían que un hotel no pareciera serlo del todo. Quería hacer de su casa el lugar del que el huésped se va con el deseo de regresar pronto.
Cuando todo estuvo en su sitio volvió a su casa y se encontró con Inma en la cocina, tomando un vaso de cacao y trabajando con el ordenador. Cuando la escuchó llegar levantó la cabeza y se quedó mirándola fijamente. Ella apartó la vista. Quería mucho a Inma pero en ese momento hubiese preferido estar sola. No deseaba que nadie se inmiscuyese en su vida ni le hiciese preguntas. Y quizá su amiga se diese cuenta porque aunque la notó distinta, puede que porque también la veía distante, no le comentó nada. Siguió trabajando mientras Amanda la saludaba brevemente y se preparaba una taza de café. Era ya la tercera de la mañana y sabía que al final del día el estómago le pasaría factura. Pero necesitaba un estímulo. Se sentó para tomar el café con calma y cuando ya estaba terminando Inma le dijo que había encontrado algo curioso en el baúl de la tía Irene.
-Cuando ayer me pediste que retirase todo lo que había se me ocurrió revisar esa especie de bolsillo lateral y encontré esto-le dijo tendiéndole un envoltorio.
Amanda deshizo el lazo blanco, amarilleado ya por los años, y descubrió con asombro una pulsera muy pequeña, de oro, de esas que antaño se ponía a los niños y a los bebés con su nombre grabado. Aquí todavía podía leerse “Elena”. También había una foto de un bebé en un carrito alto y pasado de moda y varias chaquetitas muy pequeñas, tejidas a mano, una de color rosa, y otras en distintos tonos de amarillo pálido. Miró a su amiga con la sorpresa pintada en el rostro.
-¿Tu tía tenía hijos?
-Claro que no. Bueno, creo que no-dudó. Ya no me atrevo a negar nada, visto lo visto. Esta mujer está resultando ser una caja de sorpresas. Pero…en el caso de que haya tenido hijos, ¿dónde están y por qué me dejó a mí todas sus posesiones?
-Puede que esto sea de alguna sobrina.
-Yo era su única sobrina. Los demás son todos chicos. Y además, ¿qué sentido tendría guardar recuerdos de sobrinos cuando ella era una persona despegada de toda la familia, excepto de mi madre?
Vera Ravenscroft resultó ser una señora de unos setenta años muy bien llevados, con los pómulos altos y todavía definiendo el resto del rostro, y con un moño bajo de un sospechoso color negro que Amanda atribuyó a los milagros de la química. Le sobrepasaba en media cabeza y al menos en veinte kilos. Hablaba español con bastante corrección, aunque arrastraba ligeramente las erres y tendía a hacerse un lío con algunos verbos irregulares. Llegó en un taxi con dos pesadas maletas y una sombrerera. Amanda la miró sorprendida; pensaba que esas cosas solo pasaban en las películas. ¿La gente todavía viajaba con sombrereras? Al parecer esta señora, sí. La recibió con la mejor de sus sonrisas a pesar de que no había pegado ojo en toda la noche. Estaba preocupada no solo por su llegada, sino porque se preguntaba si Michael la llamaría. Le había dicho que estarían en contacto pero también que odiaba el teléfono; así que no sabía a qué atenerse.
Cuando dejó acomodada a su huésped se dijo que no tenía sentido seguir haciéndose preguntas estúpidas que nadie le podía contestar. Había mucho que hacer y no estaba dispuesta a seguir como un alma en pena esperando una llamada de su amante de una noche. Quizá precisamente para él solo se había tratado de eso, y a ella no le quedaría más remedio que aceptarlo. No hablaron de qué había entre ellos, tan solo se dejaron llevar por el momento y ahora mismo se arrepentía profundamente de haberlo hecho.
Durante la noche había estado a punto varias veces de echar un vistazo al whatsapp de Michael para ver cuándo se había conectado por última vez, pero se mantuvo firme y no lo hizo. En cierto modo le parecía una bajeza similar a espiar por una puerta que se ha quedado abierta. Pero ahora, a las doce del mediodía, cansada y nerviosa después de una noche en vela, sucumbió a la tentación con la misma facilidad con la que se rompe una dieta ante un pastel de crema. Vio que se había conectado hacía quince minutos. Y no había tenido ni siquiera la decencia de saludarla. ¿También odiaba los mensajes? Aunque ella era una persona bastante tranquila y que rara vez perdía la calma, se sentía muy enfadada, estafada y defraudada a partes iguales. Con gusto hubiese estrellado el teléfono contra la pared recién pintada del pequeño despacho que había acondicionado al lado de la recepción. Hervía de ira por dentro y como sabía que la mejor medicina para intentar olvidar era el trabajo, encendió el ordenador y decidió comprobar en la cuenta del banco si un par de clientes de la conservera habían hecho los pagos. Pero sólo ver el nombre de Michael como cotitular de la cuenta la obligó a cerrar la pestaña. No podía ver su nombre allí, hiriéndole los ojos, como burlándose de ella. Pensó en echar un vistazo a su correo. Llevaba varios días sin hacerlo y estaría lleno de mensajes de publicidad y propaganda. Hizo una limpieza y a punto estuvo de desechar uno que le había llegado de un remitente desconocido. Lo abrió con algo de miedo pero también con cierta curiosidad. Se llevó las manos a la boca en un gesto de incredulidad y se puso a dar saltos como una quinceañera en un concierto. Era de Michael. Solo le decía “te echo de menos”. Pero esas cuatro palabras fueron como un bálsamo. Sin embargo, cuando se calmó un poco y su mente volvió a funcionar de nuevo se preguntó cómo había conseguido su dirección. Quizá a través de Magdalena, o del notario. Ya se había dado cuenta de su facilidad para averiguar cualquier cosa que le interesase.
Durante los dos días siguientes no hubo más correos y por tanto siguió el jueguecito de “echo un vistazo o no a su whatsapp”. Amanda hacía todo lo posible por resistirse; sabía que no era algo sano, pero al final siempre acababa claudicando y viendo que aunque debía pasarse el día entero mandando mensajes, ninguno era para ella. A medida que se acercaba el fin de semana se iba poniendo más y más nerviosa. ¿Le vería de nuevo?
El viernes por la mañana se levantó muy temprano; apenas se veía porque el día había amanecido haciendo juego con su ánimo: gris y nublado, con una ligera llovizna que lo empapaba todo, como las lágrimas vertidas a solas. Vagó por la casa sin hacer ruido para no despertar a Inma y a las ocho ya estaba en la recepción del hotel. De momento solo estaba ocupada la habitación de la señora Ravenscroft, pero el lunes llegaría una pareja de mediana edad para quedarse una semana entera. Cambió las flores de la entrada, descorrió las cortinas y entreabrió las ventanas del saloncito para ventilar. Tenía todavía un par de horas antes de servir el desayuno y de que llegase Carmen, la chica del pueblo que le ayudaba con la limpieza. Encendió el ordenador y envió un par de mensajes. Uno a Magdalena en relación al pago del personal y otro de confirmación de una reserva de dos habitaciones para la semana siguiente. Se sentía contenta de que el hotel comenzase a funcionar. Cuando ya estaba a punto de irse a la cocina le llegó un correo de Michael con dos frases escuetas en donde le decía que le había surgido un problema y no podría venir. Nada más. Se quedó en silencio mirando la pantalla y luchando por retener las lágrimas que le quemaban los ojos. Se las limpió con el dorso de la mano y respiró profundamente. Se obligó a contestarle con asepsia y frialdad. Borró la frase varias veces y al final se decantó por darle las gracias por avisar y decirle que ningún problema, que entre ellos no había compromisos. Sin embargo, apenas lo había enviado se arrepintió. Aquello del compromiso sonaba a reproche.

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