20 de mayo de 2015

NOVELA 26


La anciana se secó suavemente los ojos con un pañuelo que había sacado del bolsito que siempre la acompañaba, aunque solo fuese para salir de su habitación a vestíbulo.
-Nada iba bien. Con cuatro años caminaba torpemente y tenía el vocabulario de una niña de dos. Todavía llevaba pañales y tenía una infección de oídos y de garganta tras otra. Tampoco había conseguido dormir y a medida que crecía su carácter se hacía más y más difícil. Le daban unos terribles ataques de rabia que no sabíamos cómo calmar. Había días en que ni siquiera parecía conocer a su madre y se pasaba las horas sentada en la alfombra, balanceándose adelante y atrás.
-¿Qué le pasaba?
-Después de recorrer los mejores médicos de Europa y alguno en Estados Unidos, al final le diagnosticaron una enfermedad muy rara, de la que apenas se sabía nada. El síndrome de Sanfilippo-terminó, mirando tristemente sus zapatos. Nunca llegó a tener el desarrollo intelectual de una niña de su edad y solo quería estar con su madre o conmigo. Algunos días que se encontraba algo mejor también aceptaba a su padre, pero no era frecuente. A los diez años murió. Irene se quedó desolada. Sabía que su hija nunca sería una niña como las demás; pero era su niña. Y nunca se recuperó de esa pérdida. Quizá esa sea la explicación de que no fuese cariñosa contigo. Creo que le recordabas demasiado a Elena.
Amanda estaba totalmente impactada. Nunca se hubiera imaginado algo así. Pero ahora tenía muchas preguntas. ¿Quién era el padre de la niña? ¿Y cómo pudo mantener en secreto en el pueblo que era madre? Además, Vera le había hablado de médicos en el extranjero y eso costaba mucho dinero. ¿Su tía ya era rica entonces? Atropelladamente le formuló a Vera todas sus dudas.
-El padre de Elena era un tal Paul Knight, el único hombre al que amó en toda su vida. Aquí no sabían de la existencia de la niña porque en ese momento tu tía vivía entre Paris y Londres, a veces también pasaba temporadas en Hamburgo. No tenía un lugar fijo, al menos durante mucho tiempo. Y tenía mucho dinero, pero el padre de su hija todavía mucho más.
-Ha dicho usted el padre de su hija, no su marido.
-Nunca fue su marido. No podía serlo puesto que ya estaba casado y nunca se divorció de su mujer.
Amanda necesitaba procesar toda la nueva información que Vera le había dado. Dejó la limpieza en manos de Carmen y antes de volver a la recepción recogió en casa las cartas que la tía Irene había escrito. Esperaba encontrar en ellas alguna información más que le ayudase a desvelar el misterio.

Querida Inés:
Entiendo tus miedos y te agradezco los consejos, pero creo que ha llegado la hora de que haga mi vida e incluso de que me equivoque si tengo que hacerlo. Yo a veces también tengo miedo y casi siempre muchas dudas. Pero me he enamorado de ese hombre y le necesito. Prefiero una vida de incertidumbre a su lado que la certeza sola o con alguien que no sea él.
No temas; me trata como a una reina y sobre todo me hace muy feliz. Lo único que ocurre es que…me parece que en su vida hay muchos misterios. Cuando hace unos días le pregunté por la pistola que siempre lleva encima me contestó con evasivas al principio y luego, cuando yo insistí me dijo claramente que era mejor por mi propia seguridad que no supiese nada ni hiciese preguntas. Le hice caso, pero sigo teniendo dudas que me encantaría resolver. A veces le llaman por teléfono a las tres o a las cuatro de la madrugada y se va durante horas, sin decirme adonde. Me ha insistido en que debo aprender a conducir y así, como su casa está en las afueras, tendré mayor independencia si él no está y podré usar uno de sus coches. Y ahí me tienes, aprendiendo a conducir. Hay otra novedad más, que quizá debería alegrarme pero que más bien me produce algo entre el asombro y la duda, de nuevo la duda. Me ha regalado un reloj de oro con la esfera rodeada de lo que creo que son brillantes auténticos. Aunque entiendo poco de joyas estoy segura de que es muy caro. Eso, la enorme casa en la que ahora vivo y los coches de lujo que guarda en el garaje me hacen sospechar que o bien sus negocios son más productivos de lo que yo pensaba o que está inmerso en algo más que no me ha contado. Y tengo tanto miedo de que ese “algo” sea ilegal, que prefiero no pensarlo.
Pero a pesar de todo, no me digas que le deje, porque no puedo hacerlo. Creo que aunque supiese que se trata de un ladrón o de un asesino, seguiría a su lado. Trata de no preocuparte; con que lo haga una de nosotras es suficiente. Y esta vez me ha tocado. Te quiere
Irene.

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