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NOVELA 29



Amanda se separó ligeramente para poder mirarle a los ojos, chispeantes de risa. Y entonces también ella se rio. Eso era lo mejor de estar con él, que la risa siempre estaba presente.
-Yo si te he echado de menos-le aseguró él, sentándose y atrayéndola a sus rodillas.
-Pues no se ha notado. Tres correos en casi un mes no puede decirse que sea el colmo de la locuacidad. Y encima…breves como telegramas.
Él se encogió de hombros, con displicencia, como quitándole importancia al comentario.
-No me gusta el teléfono.
-Y por lo que veo tampoco eres muy locuaz escribiendo.
-No tengo mucho tiempo-se justificó él, con una sonrisa.
Pero Amanda, aunque contenta y aliviada de verle de nuevo, no estaba satisfecha con estas despreocupadas explicaciones.

-Si te parece podemos ir a la fábrica y hablamos juntos con el encargado.
-No hace falta. Me fío de ti.
-Pues no sé si yo podría decir lo mismo de ti.
Y en ese momento Amanda dudó si hablarle de la advertencia que su tía le había dejado en aquella carta. Decidió que no. Eso debía quedar como un secreto entre mujeres. Para evitar seguir sentada en sus rodillas puso como disculpa que tenían que desayunar. Rápidamente preparó café, zumo y tostadas, y se lo tomaron allí mismo, en la oficina.
-Prefiero que vayamos a la fábrica. Ahora mismo puedo hacerlo porque Carmen se queda a cargo de todo. A las dos en punto tengo que estar aquí para atender la recepción, y además, esta tarde llegarán más huéspedes.
-Entiendo que entonces el negocio va bien-le contestó él poniéndose ya en pie. Le abrió la puerta y dejó que saliese ella primero.
-Vamos en mi coche-anunció él, ayudándola a que se acomodase.
Amanda se sentó un tanto rígida. No le gustaba ese deportivo tan llamativo que atronaba por las calles estrechas del pueblo y hacía que todas las cabezas se girasen a mirar. Los niños y los chicos jóvenes solían rodearles cuando aparcaban en cualquier sitio, como si fuesen dos estrellas de cine. Eso ocurrió cuando Michael aparcó justó delante de la oficina de la conservera. Los trabajadores que estaban descargando camiones se volvieron y les miraron con un gesto rayano entre la envidia y el desprecio. Amanda se encogió un poco más todavía y su cuello quedó medio invisible entre el abrigo y la bufanda. Michael parecía no darse cuenta del efecto que ejercía, y ella se imaginó que estaba ya acostumbrado. Pero no sabía por qué había algo incongruente en este hombre. Decidió que si seguía dándole vueltas a todo acabaría con dolor de cabeza, así que entraron juntos en la oficina y hablaron primero con el capataz y luego Magdalena les mostró las cuentas del último mes; cuentas que Amanda ya conocía pero que le pareció oportuno revisar de nuevo con su socio. Al fin y al cabo, ella era la recién llegada.
Mientras estaban hablando con la contable Amanda no dejó de mirar a Michael de reojo. Una idea absurda iba tomando forma en su cabeza, pero se negaba a seguir pensando en ello. Solamente tenía unas cartas de su tía en las que le había contado a su madre acerca de sus amores con ese tal Paul Knight, y aunque en lo esencial coincidía su descripción con el hombre que ahora veía ante sí, no podía ser el mismo por evidentes razones de edades. A no ser que Michael hubiese hecho un pacto con el diablo, se dijo a sí misma.
Se dejó llevar de vuelta al coche pero no se dejó convencer por la invitación de comer fuera. Ella tenía un negocio que dirigir y no podía permitir que la llegada de este hombre que era apenas un desconocido, por más que se hubiese acostado con él, la apartase de su trabajo. Al final él entendió que su negativa era firme y le pidió si podría darle de comer, ya que no quería acompañarla.
-Por supuesto que puedes quedarte. Comerás conmigo y con Inma.
-¿Sigue aquí tu amiga?
-Sí. Y puede que se quede una larga temporada, al menos hasta que tenga el niño y se encuentre un poco más fuerte para enfrentar su nueva vida. Su trabajo puede hacerlo desde cualquier lugar y a mí me viene bien tener compañía.
No había hecho el comentario con doble intención, pero se dio cuenta de que Michael fruncía el ceño y se ponía serio, como si fuese un reproche en su contra. Pero no dijo nada. Se limitó a seguir conduciendo con la vista fija en la carretera. Amanda empezó a hablar un tanto atropelladamente. No tenía previsto preguntarle nada sobre su tía, pero lo cierto es que tenía mucha curiosidad, y al fin y al cabo él la había conocido.
-¿Tú sabías que Tía Irene había tenido una hija?
-No, no lo sabía-le contestó con voz neutra, atento al escaso tráfico de la carretera secundaria. ¿Y cómo es entonces que eres tú su heredera?
-Murió con diez años. ¿Tampoco te habló nunca de un tal Paul Knight?
Michael redujo de marcha al entrar en el estrecho camino que conducía a la casa. Su rostro seguía manteniéndose impasible.
-No, nunca. ¿Por qué habría de hacerlo?
-Fueron amantes muchos años.
-Pero es que tu tía no me contaba secretos sentimentales-le aclaró mientras le abría la puerta del coche y la ayudaba a salir. Éramos socios, solo eso.

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