24 de mayo de 2015

NOVELA 30


-Cuando nos conocimos me dijiste que la habías querido mucho y que su muerte fue una pérdida para ti-fue la rápida contestación de Amanda.
-Y la quise mucho, eso es verdad. Pero Irene Cuesta no me hablaba de su vida privada. Por cierto, ¿por qué será que tengo la ligera sensación de que me estás interrogando?
Amanda se dio cuenta de que, aunque lo disimulase, estaba nervioso. Cuando algo se escapaba de su control se le marcaba más el acento extranjero. Era de las pocas cosas de las que se había percatado en su breve relación.
-No te estoy interrogando
-Pues lo parece.
-¿Por qué eres tan susceptible?-le preguntó ella. Estoy descubriendo muchas cosas de mi tía que desconocía y no tengo a nadie a quien preguntar. Creo que en muchos aspectos tú la has conocido mejor que yo y por eso te pregunto. ¿Qué hay de malo?
-No hay nada de malo, baby-le dijo. Sólo que yo de la vida privada de tu tía apenas sé nada. La conocí hace unos diez años y aunque conectamos muy bien y es cierto que llegué a quererla mucho, no me hablaba de sus cosas. Era muy reservada.
Amanda se dijo que eso era cierto. Irene Cuesta había sido siempre una mujer muy callada. Pensaba que solamente con su hermana Inés se había sincerado, pero por desgracia su madre no estaba para preguntarle, y aunque viviese, dudaba de que hubiese contado algo de Irene que ella no desease que contase. Su madre tenía un acendrado sentido de la lealtad, igual que ella.
Aquella noche Amanda y Michael durmieron juntos. A ella le parecía extraña la manera tan natural en que sus cuerpos se acoplaban en el sueño, como esas parejas que llevan juntas muchos años y cuando uno se gira en la cama, el otro aún en sueños lo hace también. No solamente era que el sexo con él fuese estupendo y que le proporcionase sensaciones que ni siquiera sabía que existían, sino que se daba cuenta, muy a su pesar, de que se estaba enamorando de él. Y llevaba grabadas las palabras que su tía le había escrito en aquella carta. Era como si quisiese prevenirla de algo; pero ese algo le parecía ya inevitable.
Por la mañana ella se despertó antes y se mantuvo quieta y callada para no turbar su sueño. Michael la había tenido abrazada toda la noche y ahora su cabeza descansaba en el pecho de él. Sentía su corazón latiendo acompasadamente y no quiso pensar en que probablemente se iría ese mismo día. No lo pensó porque eso también significaría pensar en que volvería a estar pendiente del correo o del whatsapp y nuevamente le maldeciría en silencio por los pocos mensajes o por sus escuetas palabras. Y durante un instante se odió a sí misma por dejarse enredar por alguien de quien lo desconocía todo. ¿Quién le garantizaba que no estuviese casado y en algún lugar del mundo hubiese una señora Field y dos o tres adorables niños de ojos azules y pelo rubio? Pero cuando él abrió los ojos y le deslizó los dedos por la espalda hasta hacerla sentir una descarga eléctrica, se olvidó de todas las dudas y simplemente se dejó caer en ese pozo sin fondo de sensaciones maravillosas que él le daba. Lo último que pensó fue que no siempre se podía analizarlo todo y darle vueltas a las cosas. Por eso se entregó como si no hubiese un mañana. Hoy era hoy y ella estaba viva.

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