25 de mayo de 2015

NOVELA 31



Pero todos estos pensamientos positivos no le impidieron llorar cuando él se marchó. Le dijo adiós en la puerta; un adiós breve porque ya había aprendido que él odiaba las despedidas; y fue al quedarse sola, al dejar de ver su coche, cuando se retiró a la oficina y con furia se limpió las lágrimas que le mojaban las mejillas. Detestaba este sentimiento de soledad y de impotencia que le dejaba su marcha. Por suerte para ella no tenía demasiado tiempo para lamentaciones. El pequeño mundo que había creado le exigía sus cinco sentidos y la mayor parte de su tiempo. Cuando llegaba la noche caía rendida en la cama y cuando sonaba el despertador a las siete de la mañana le parecía que apenas había dormido un par de horas.
Aquella mañana la primavera estaba en todo su esplendor y Vera desayunó en el patio acristalado. Era la primera siempre en levantarse y la mayoría de los días le rogaba a Amanda que desayunase con ella. La joven ya no se hacía de rogar. Había descubierto que le gustaba compartir el primer café con la amiga de su difunta tía. Tenía un sentido del humor muy agudo y no se le escapaba nada.
-¿Ya se ha marchado tu amigo?-le preguntó, saboreando el café.
-Sí, se fue ayer-le contestó Amanda, mirando hacia el jardín. Parecía como si de repente le fuese la vida en contemplar las adelfas, los geranios y los rosales. Se fijó también en que estaban brotando los bulbos que había plantado. Pronto tendría calas y gladiolos. Junto con los rosales ya en flor, la proveerían de flores frescas para el mostrador de la recepción.
-Haces bien en disfrutar de la vida, Darling, eres muy joven. Diviértete con él, acuéstate con él, pero no te enamores de él-la aconsejó la anciana, dando otro sorbo al café y mirando también hacia el jardín. De repente ese trozo de tierra parecía haberse vuelto tremendamente importante para las dos.
-¿Por qué me dice eso? Mi tía me advirtió de lo mismo en esa carta que me dejó. La que usted me dio-le recordó. Ella le conocía, ¿Usted también le conoce?
-No demasiado-adujo Vera, limpiándose los labios suavemente con la servilleta. Le veía alguna vez cuando estaba visitando a tu tía, pero no he intercambiado con él más que saludos de cortesía. Pero conozco a los hombres como él.
De repente Amanda se estremeció de frío. Era como si la agradable temperatura del patio hubiese bajado diez grados.
-¿Qué quiere decir? ¿Qué clase de hombre es?
-Eres muy joven, Darling. Y yo tengo demasiados años y quizá me he vuelto muy desconfiada. Ese muchacho tiene mucho parecido, y no sólo físico, con Paul. Y son la clase de hombres de los que no es difícil enamorarse pero que te destruyen si lo haces.
-¿Era una mala persona Paul?-le preguntó Amanda directamente.
-No exactamente. Más bien era una especie de iluminado, un hombre atado a muchos juramentos y obligaciones. Ese tipo de personas nunca pueden hacer felices a quienes les aman.
-¿Por qué?
-Porque siempre pondrán por delante lo que ellos piensan que es su misión a la mujer que tienen al lado. Paul hizo infeliz a su mujer, y también a Irene. No supo querer a ninguna de las dos.
-Pero no se separó de su esposa.
-No, no podía hacerlo. Era una persona que no huía de las obligaciones. Y la esposa de Paul tuvo un accidente de coche que la dejó imposibilitada, en una silla de ruedas. Él era quien conducía y jamás se lo perdonó.
De repente Amanda sintió una compasión tan profunda por su tía que se le llenaron los ojos de lágrimas.
-¿Usted cree que Paul amó a mi tía?
-La amó-asintió Vera, mientras pelaba una manzana. No tanto como ella a él, pero a su manera, la amó hasta el día de su muerte.

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