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NOVELA 32



Después de la conversación con Vera Amanda se quedó pensando en lo que habían hablado durante toda la mañana, mientras le ayudaba a Carmen a dejar preparadas las habitaciones y atendía al teléfono de la recepción. Cuando se reunió con Inma para comer estaba triste y taciturna, y en pocas palabras le contó la conversación que habían mantenido. Necesitaba desahogarse y hablar con Inma era un poco como hacerlo consigo misma.
-¿Tú crees, como tía Irene, que las mujeres de mi familia tenemos la maldición de elegir a los hombres menos adecuados?
-Yo no soy de tu familia y, si te sirve de algo, tampoco es que haya elegido muy bien-le contestó, acariciándose el vientre, cada día un poco más abultado.
Las dos se echaron a reír y de repente Amanda se dio cuenta de que, en el fondo, era muy afortunada. Los hombres iban y venían, pero las amigas de verdad eran para siempre. Si, era afortunada, y mucho. Tenía la vida solucionada económicamente, un negocio que le estaba reportando satisfacciones y beneficios, y unas cuantas personas que la querían. No se fiaba del todo de Michael, a pesar de que ya se había dado cuenta de que le amaba. Pero cada día estaba más segura de que le ocultaba muchas cosas. A pesar de todo, eso no le impedía desearle a cada momento y estremecerse tan sólo con pensar en él. Una vez había oído hablar a su madre y a su tía Irene y se le quedó grabada una frase que su tía había dicho mirando al vacío. “En una pareja siempre hay uno de los dos que pone más, aunque no quiera. Y eso, a la larga, pasa factura y lo destruye todo. Al final el que lo ha dado todo se queda vacío por completo. Y lo peor es que queda imposibilitado para amar de nuevo. Como un globo deshinchado”. En el fondo de su corazón elevó una silenciosa oración a no sabía qué Dios, tal vez al que protege a los que aman, para que cuando las flechas del dolor se clavasen en su corazón, no la dejasen sin fuerzas para volver a amar, y sobre todo, para volver a confiar. Era muy triste no poder fiarse de nadie. Vivir siempre con una coraza puesta al final terminaba por ahogar a quien la llevaba.
-¿Sabes una cosa?-le preguntó a su amiga mientras retiraba los platos de la mesa
-No, sorpréndeme
-Si no estuvieses embarazada y a pesar de que son las tres de la tarde, te pediría que te emborrachases conmigo. Necesito como agua de mayo algo fuerte que me haga olvidar un montón de cosas.
Inma soltó una risa floja.
-Pero si tú con tres copas de vino ya no eres persona.
-Pues por eso. Hoy no quiero ser persona. Quiero olvidarme de todo. De ese gilipollas de Ricardo, del arquitecto, de Michael, de mi tía…
-¿Sigues pensando en Javier?
Amanda se quedó callada, pensativa.
-Algunas veces-dijo después de un rato.
Y el decirlo en voz alta la liberó de un peso pero también le hizo sorprenderse. Era cierto que en ocasiones pensaba en él. Desde la fábrica se veía su casa y cada vez que iba a recoger algún papel o a hablar con el capataz, de manera instintiva sus ojos se dirigían allí. Otras veces veía su coche aparcado al lado de la taberna del puerto. A él no le había vuelto a ver desde aquella ocasión en que estaba con Michael. Juraría que se había sentido molesto, aunque eso no quería decir nada. Era muy propio de hombres sentir una especie de celos posesivos aunque hubiesen pasado solo una noche con una mujer y ella no hubiera significado nada en su vida. Michael era mucho más cariñoso, más detallista y la hacía sentir infinitamente mejor. Nada más oír su voz al teléfono, miles de mariposas se paseaban por su estómago. Con Javier nunca le había pasado eso; y sin embargo, su parte racional le decía que el arquitecto era alguien quizá brusco y con mal carácter, pero que iba de frente y no le contaría nunca mentiras. Quizá lo que le dijese no fuese agradable, pero la verdad era algo inherente a Javier Valdés. Ojala pudiese pensar lo mismo de Michael. Era lo suficientemente inteligente para darse cuenta de que había una parte de él a la que nunca llegaría. Y sin embargo, por esas cosas absurdas que tiene la vida, no podía dejar de pensar en él.
Se había quedado ensimismada y la voz de Inma la devolvió a la realidad.
-Oye, no podemos emborracharnos, pero nadie nos impide darnos un festín de bombones y leer alguna carta más de tu tía. Me siento como una cotilla, pero es que me puede la curiosidad. ¿A ti no?
Amanda no contestó. En lugar de eso terminó de recoger y luego las dos se aposentaron en sendos sillones con una caja de bombones y el fajo de cartas de Irene Cuesta.

Querida Inés:
Paul me ha pedido que deje mi trabajo en la agencia y que me dedique a él por completo. Ya sé que eso sería el sueño de muchas chicas humildes como yo, pero a mí me da miedo aceptar. Es verdad que los días se me hacen eternos hasta que llegan las siete de la tarde y vuelvo a casa con él. Algunas veces va a la agencia con una disculpa y se ha convertido en una especie de juego dedicarnos miradas cómplices delante de los demás. Incluso en alguna ocasión en que estaba sola no he podido evitar que me llevase al cuartito trasero donde preparo el café y…ya sabes. Cuando recuerdo cómo nos educó nuestra madre me sonrojo de vergüenza y pienso que ella se moriría si supiese en lo que me he convertido. Porque aunque me ruega que le dedique todo mi tiempo y que viaje con él, no puedo obviar, por más que le ame, que no me ha pedido que nos casemos. Y eso me hace pensar que me oculta demasiadas cosas, y no me refiero sólo a su trabajo. Es extranjero, con lo cual en esas noches en que sale de casa y está fuera hasta bien entrada la madrugada y yo no puedo dormir, se me ha dado por pensar que es posible que tenga en su país una esposa y unos hijos y yo sea tan solo un pasatiempo sin importancia. Pero luego, cuando regresa a la cama y me abraza, siento latir su corazón junto al mío y me consuelo a mí misma diciéndome que es imposible que alguien a quien siento tan cercano y tan parte de mí me esté engañando.
Ay, Inés, yo que siempre he sido la fría, la juiciosa, la distante, y ahora mismo me arrojaría sin pensarlo dos veces al vacío si él me asegurase que iba a estar allí para recogerme.
Otra cosa que me extraña es que aunque en la casa hay teléfono, me ha prohibido que si suena atienda la llamada. Y cuando se ha dado cuenta de que esa orden me sentaba mal se ha apresurado a explicarme que solo llaman personas en relación con su trabajo y que prefiere ser él siempre quien conteste las llamadas. La casa es muy grande pero no hay servicio fijo. Viene una señora del pueblo vecino todos los días a limpiar, pero es sordomuda y por lo tanto me resulta imposible comunicarme con ella. Hay otra persona, un hombre de edad indefinida que mide casi dos metros y tiene una cicatriz enorme en la cara que está siempre en la casa. Cuida del jardín, de la piscina, se ocupa de los coches y parece ser la mano derecha de Paul. Se llama Sven, es sueco y no habla español, o por lo menos es lo que pretende que yo crea; pero a veces lo he dudado y estoy casi segura de que al menos entiende perfectamente el idioma. Lo único que le he escuchado decir en nuestro idioma es un servicial “señora”, cada vez que se topa conmigo en el pasillo, al tiempo que inclina la cabeza como si yo fuese la reina de Inglaterra.
Ya sé lo que estás pensando, y te doy la razón. Puede que esté como una cabra por seguir al lado de este hombre, pero es que no quiero imaginarme la vida sin él. Aunque supiese con certeza que estar a su lado sería mi ruina…te aseguro que no me iría. No lo haré nunca, a menos que él me abandone. Y ruego a Dios que eso no pase nunca.
No me juzgues, hermana, y por favor, no cuentes esto a nadie, y menos a nuestra madre. Te quiere

Irene

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