27 de mayo de 2015

NOVELA 33



Amanda e Inma se miraron, en silencio. Cada carta de Irene que leían las asombraba más, y en el caso de Amanda se daba cuenta de que, inexplicablemente y con muchas diferencias, su tía y ella, Paul y Michael, parecían cortados por el mismo patrón. ¿Cuánto sabía su tía sobre Michael? Por lo menos algo debía de sospechar, teniendo en cuenta que la había prevenido sobre él. Sacó otra carta del todavía abultado fajo y empezó a leer. Inma escuchaba, ensimismada.

Querida Inés:
Hace unos días regresé del trabajo a casa de Paul antes de lo previsto. Se ha muerto la suegra de mi jefe y nos dieron la tarde libre. Cuando llegué vi dos coches desconocidos aparcados en el camino que lleva a la piscina y no supe qué hacer. Al fin y al cabo, no es mi casa, y puede que mi presencia incomodase a Paul delante de las visitas. Sé tan poco de su vida que ando dando palos de ciego en mi conducta. Confieso que tengo miedo de hacer algo mal que dé al traste con nuestra relación. Es como cuando te han confiado un tesoro y temes que alguien te lo quite. Me quedé parada a medio camino y ya me iba a dar la vuelta cuando se abrió la puerta principal y salió Paul con tres hombres de mediana edad, perfectamente trajeados y con aspecto de extranjeros. Ya era demasiado tarde para marcharme; sería ridículo, así que intenté sonreír, más que nada para darme ánimos a mí misma. Paul se acercó y tomándome ligeramente del codo me atrajo hacia donde estaban los visitantes, que como un solo hombre inclinaron la cabeza ante mi cuando él me presentó diciendo que era una amiga de la familia que estaba pasando unos días de vacaciones en su casa. Intenté que no se me notase en la cara la decepción que me había causada esa manera de presentarme, como si se avergonzase de mí, y por eso no recuerdo los nombres que él pronunció. Sólo sé que debían de ser ingleses, o americanos.
Cuando se marcharon entramos en la casa y yo, molesta, iba directa al dormitorio para recoger mis cosas y volver a mi pequeño pisito cuando Paul me agarró del brazo e hizo que le mirase. Me dijo que entendía mi enfado, pero que lo había hecho por mi bien. Yo no podía dar crédito a lo que estaba oyendo. ¿Era bueno para mí tener una relación clandestina con un hombre del que apenas sabía nada y que me presentase como una simple amiga de vacaciones en su casa? Nunca me había visto tan enfadada, y por un momento atisbé en sus ojos una sombra de duda sobre qué debía hacer; él que está siempre tan seguro de sí mismo. Me rogó que nos sentásemos ante un café en el salón que da al jardín para que pudiese explicarse. Voy a intentar transcribirte la conversación que mantuvimos con la mayor fidelidad. Ya sabes que mi memoria es muy buena.
-Entiendo tu enfado, Darling, pero lo hago por tu bien. Confía en mí. Es mejor que nadie sepa cuál es exactamente nuestra relación.
Me revolví como si me hubiese picado una víbora.
-No entiendes nada. Me he sentido humillada, me has tratado como si fuese una cosa, como a una fulana. Y soy una persona, tengo sentimientos. Tú lo sabes todo de mí, no te oculto nada. Y sin embargo tú eres un pozo de misterios. No puedo saber por qué demonios llevas una pistola, ni porqué sales de madrugada de casa, ni porqué ese gigante rubio con pinta de matón me vigila constantemente. Y ahora encima me ocultas, como si te avergonzases.
Me atrajo hacia su pecho y a pesar de que empecé resistiéndome, al final sucumbí y me avergüenza confesar que acabé empapando su camisa con mis lágrimas.
-No me avergüenzo de ti. Eres lo mejor que me ha pasado. Pero mi vida es complicada y no quiero causarte problemas innecesarios ni que corras riesgos.
-No entiendo qué me quieres decir.
-Además de los negocios de mi familia, que son reales y por supuesto perfectamente legales, me dedico a otras cosas.
-¿Cosas malas?-le pregunté, sabiendo que era una pregunta estúpida. Ya sé que puede parecer una locura, pero te amaré igual si me confiesas que eres un ladrón o incluso un asesino.
-No soy ni una cosa ni la otra, aunque he hecho cosas de las que no estoy precisamente orgulloso. Voy a intentar contártelo de la manera más simple posible, pero has de mantenerlo en secreto.
Asentí con la cabeza. Y me lo contó, Inés. No sé si hubiese preferido permanecer en la ignorancia. Pero me lo contó. Ahora estoy muy cansada; seguiré en otro momento. Creo que necesito digerir todas las novedades. Te quiere
Irene

Tuvieron que dejar la lectura de las cartas. El trabajo las llamaba, a cada una de una manera diferente, pero durante lo que quedaba de día ambas pensaron, cada una a su manera, en lo que habían leído. Inma temía por su amiga. No era ninguna idiota ni había nacido ayer y encontraba similitudes entre Paul y Michael. Amanda hizo su trabajo mecánicamente, como un robot o como una persona que en el camino se hubiese dejado el alma a mejor recaudo. Lo tenía todo para ser feliz y era cualquier cosa menos eso. Dejó a un lado el pedido que tenía pensado hacer a la empresa que les suministraba los artículos para los baños porque de repente el olor a lilas del muestrario le había recordado a su madre. Su presencia era tan nítida en ese momento que le parecía sentirla a su lado, acariciándole el pelo como solía y hablándole en voz queda. Su madre nunca elevaba el tono, aunque estuviese enfadada. Era la paciencia en persona y siempre tenía la palabra adecuada para cada momento. Le vino a la mente una tarde de cuando ella tenía diecisiete años. El que entonces pensaba que sería su amor para toda la vida la había dejada tirada como a una colilla porque al instituto había llegado una chica nueva y sobre todo, con dos o tres tallas más de sujetador que ella. Se sentía desolada y cuando su madre entró en su cuarto a dejar la ropa planchada y la encontró llorando se limitó a sentarse en la cama, a su lado, y la acercó a su pecho. Mamá nunca preguntaba; más bien consolaba, decía esas palabras sin sentido que queremos oír cuando el mundo se nos hace demasiado grande; y acariciaba, sobre todo acariciaba. Era entonces cuando Amanda sentía la necesidad de vaciar su alma en el regazo de Mamá. Cuando ya se lo hubo contado todo, ella le secó las lágrimas e hizo que irguiese la cabeza.
-Sé fuerte, mi niña. Sé fuerte siempre y piensa que tú eres importante, porque vales mucho y porque tu madre te quiere y desea que seas feliz. Y tu felicidad no ha de depender de nadie más que de ti misma. Cuando todo se vuelva oscuro, cuando te parezca que el mundo se hunde bajo tus pies y no encuentres nada a lo que aferrarte, acuérdate de que yo te he traído a este mundo para que luches mil batallas con valor. Ganarás unas, perderás otras, pero nunca te quedarás con la duda de que hubiera pasado si…Para las mujeres de nuestra familia no existe el “qué hubiera pasado si…”. Vienes de una raza de mujeres quizá infelices, pero luchadoras. Lucha, mi vida, lucha, y nunca te arrepentirás de lo que no has hecho.

No hay comentarios:

Publicar un comentario